Guardar los planes para el nuevo año en un cajón
Creo que Dios nos contempla y sonríe; que 'disfruta' desbaratando nuestros planes, para regalarnos la humildad y para que nos demos cuenta de que el Espíritu sopla por donde quiere, y nadie sabe de dónde viene ni adónde va
Me gusta ver a tantos analistas exponiendo las más variadas teorías de por qué se está dando esta suerte de resurgir de la fe entre los jóvenes. Se habla de Rosalía, de «Los domingos», de jóvenes que lo dejan todo para entrar en el seminario, de Hakuna, Emaús, de Life Teen… y surge la pregunta: ¿Qué está pasando? Se apunta al vacío que sienten, a la búsqueda, al no sentirse satisfechos con lo que el mundo les ofrece. Sin duda, todo eso es cierto, y constituye el abono donde puede brotar la semilla de la fe.
Pero creo que el motivo principal es otro, y es mucho más sencillo que todo eso: es porque Dios quiere. Alguno quizás arquee las cejas y piense: «Pues menuda obviedad». Es cierto. Pero es que, muchas veces, despreciamos las obviedades y nos empeñamos en buscar causas mucho más intrincadas y elaboradas, esas que encajan mejor con nuestra complejidad personal y, en el fondo, con nuestra falta de sencillez. Elaboramos planes de pastoral pormenorizados; actividades, congresos, encuentros, conferencias… y, de repente, Dios sale por donde no nos esperábamos. Nos cuesta reconocerle en esa iniciativa pobre, en ese grupo concreto, en esa actividad «que no estaba en el programa», en lo que han organizado esos «que no son de los nuestros», en ese iniciador soso y con poco carisma que, sin embargo, obtiene frutos. O, peor, aún, que nuestros celos nos nublen y nos lleven, como a Caín, a querer acabar con Abel, porque sus obras son bendecidas y las nuestras no.
Creo que Dios nos contempla y sonríe. Él sabe de nuestra terquedad, de nuestra ceguera para ver su rastro donde menos lo esperamos. Creo que Dios 'disfruta' desbaratando nuestros planes, nuestras iniciativas en las que hemos puesto toda nuestra confianza y que hemos planificado al milímetro, para regalarnos la humildad y para que nos demos cuenta de que el Espíritu sopla por donde quiere, y nadie sabe de dónde viene ni adónde va.
El secreto lo entendió bien Don Oreste Benzi, como nos recordaba recientemente Religión en Libertad: «No hacer planes... dejárselos a Dios, pero ir con Él». Hagamos eso en el nuevo año que ya comienza: estemos más prestos a escuchar y a observar que a ejecutar; maravillémonos de cómo el Señor hace sus planes y secundémoslos con sencillez; no busquemos cumplir a rajatabla lo que hemos previsto, disgustándonos cuando las cosas no salgan según lo programado. Hagámoslo así, aunque nuestros planes queden guardados en un cajón.