Esto no se había visto jamás. La llamada de un presidente, de Trump, al presidente de la FIFA para quejarse de una tarjeta roja a un jugador estadounidense, convertida en un escándalo mundial. Una reacción tan desmesurada como grotesca, hasta chistosa, que solo se explica por la pasión que suscita Trump. En España, el periódico más importante de la izquierda le dedicó una portada indignada que hasta ahora no ha merecido ninguno de los escándalos de corrupción del Gobierno. Y así muchos medios del planeta, como si la tarjeta roja retirada a Balogun fuera bastante más importante que los millones despistados en la corrupción política o escándalos del deporte de dimensiones incomparables a lo de Trump y Balogun.
Donald Trump y Gianni Infantino, en el Despacho Oval
La Bélgica de Courtois ha sofocado el incendio con el 1-4 a USA, pero la historia queda para los anales del despropósito en las varas de medir. Yo lo atribuyo a los efectos enloquecedores que provoca cada frase o acción de Trump. Y luego dicen que el extravagante y desmesurado es él. El problema de este Mundial para muchos es que Trump no había dado titular alguno, estaba pasando completamente del fútbol, con la consiguiente frustración en el periodismo mundial, particularmente en el de izquierdas. Y eso que comenzaron intentándolo, presentando la sede estadounidense como si se tratara de una peligrosa dictadura a la que no era muy conveniente viajar. Después, The New York Times puso en duda el éxito del Mundial hablando del fracaso hotelero, mientras los espectadores vemos los estadios a reventar cada día. Pero ahí acabó todo, hasta que a Trump le dio por hablar del Mundial y explicar que la tarjeta roja era injusta aunque en realidad él no entendía de tarjetas rojas.
Dado el equipo de abogados que puso Trump a trabajar en el caso Balogun, yo hasta entiendo que Infantino sucumbiera, pero lo que me produce auténtico asombro es que interviniera la propia UEFA para poner a la FIFA a escurrir en nombre de la «competición justa, honesta y transparente» y, aún más, para afirmar que esta tarjeta roja retirada «pone en riesgo la integridad del juego y la credibilidad de la competición».
Pero esta misma UEFA es la que no ha movido aún un solo dedo por el caso Negreira, varios años de competición adulterada, que, al parecer, no le preocupan tanto a Ceferin como la tarjeta roja de Balogun. Eso sí que es un escándalo que destruye el fútbol y no lo de Negreira, que vamos a batir el récord de varas de medir disparatadas. Dada la capacidad de Trump para sulfurar los ánimos, estaría muy bien que dijera algo a favor de Negreira, a ver si Ceferin y el planeta se indignan y le dedican su atención. Y algo parecido deben de estar pensando tantos y tantos clubes del mundo afectados por decisiones injustas que han tenido grandes repercusiones en sus resultados, y sin una sola palabra de Ceferin y ni una mísera portada. Trump, ayúdalos, por favor.