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Educar en la tormentaJuan Antonio Gómez Trinidad

Vacaciones, ocio y escuela

El verbo latino 'vacare', del que procede 'vacatio', significaba estar libre, disponible para algo verdaderamente valioso. Los romanos hablaban de 'vacare philosophiae', 'vacare litteris', 'vacare Deo': quedar libre de otras ocupaciones para dedicarse a la filosofía, a las letras o a Dios

Ya estamos en vacaciones. Los supuestos 175 días lectivos –menos de la mitad del año– que establece la normativa básica han concluido. Dejemos para otra ocasión el debate sobre si un periodo vacacional tan prolongado es conveniente o no. Sea cual sea la respuesta, la verdadera pregunta es otra: ¿vacaciones para qué?

La primera respuesta es evidente: para descansar, para tener tiempo de ocio. Sin embargo, escuela y ocio tienen un mismo origen histórico, como nos demuestra la etimología. Cabe preguntarse qué es lo que les une y, en segundo lugar, cómo aprovechar tanto tiempo sin actividad lectiva.

La palabra ocio proviene del latín otium, cuyo significado no era un tiempo ocioso, en el sentido moderno de la palabra, tiempo para no hacer nada o divertirse, sino el tiempo libre dedicado al crecimiento personal, a las funciones intelectuales y sociales: meditar, dialogar sobre el bien común, etc. Su sentido se ve más claro si recordamos su antónimo: negotium, la negación del ocio, el tiempo propio de los trabajos y necesidades, más propio de esclavos que de hombres libres.

El ocio, el tiempo libre, es lo que nos hace semejantes a los dioses, «quienes les han concedido a los hombres las fiestas para alivio de las fatigas propias del trabajo», según Platón. Por su parte, Aristóteles nos dice: «Trabajamos para tener ocio».

No andaban escasos de días de ocio quienes nos precedieron: los hombres libres en Roma tenían 132 días de ocio. En la sociedad preindustrial había unos 50 días de fiestas religiosas, además de la fiesta dominical. Estas fiestas tenían el sentido de potenciar la vida familiar, social y religiosa.

El concepto de ocio se decía en griego σχολή (scholḗ), cuyo significado es tiempo libre, tiempo para aprender, de donde pasó a significar el grupo de personas que debaten en su tiempo libre formando escuelas –por ejemplo, la Escuela Estoica– y de ahí pasó finalmente a designar el espacio físico donde se reunían para dialogar y aprender.

Paradójicamente, la escuela ha terminado convirtiéndose en lo contrario de aquello que le dio nombre. Hoy se percibe más como una carga que como un espacio de ocio creador; más como una enseñanza obligatoria destinada a obtener títulos oficiales que como un aprendizaje orientado al conocimiento de uno mismo, de la sociedad y del sentido de la vida.

Por ello, la escuela debería hacer un esfuerzo para recuperar su sentido primigenio y enseñar a vivir el ocio, cuya pérdida de sentido ha dado lugar a una nueva esclavitud. La industria del entretenimiento ha levantado uno de los negocios más rentables de nuestro tiempo. Nunca hubo tanta oferta para llenar el tiempo libre y, sin embargo, pocas generaciones han tenido tantas dificultades para estar a solas consigo mismas. El entretenimiento que consumimos de manera incesante nos ha sacado fuera de sí, nos evita el encuentro creativo con nosotros mismos y con los demás.

Por el contrario, un adecuado uso del ocio nos permite el mayor crecimiento interior: es el momento de cuidar el cuerpo a través del descanso o el ejercicio adecuado, pero también de cultivar el espíritu, encontrarse consigo mismo, tarea ardua y casi imposible por las prisas, el ruido y el consumo. Es el tiempo propicio para la contemplación tanto de la naturaleza como de las creaciones artísticas en sus múltiples expresiones, una de las actividades más excelsas del ser humano.

El ocio es, además, el tiempo más idóneo para cultivar las relaciones personales, especialmente con la familia y los amigos, algo que la vida ordinaria, sobre todo en las grandes ciudades, cuesta cada vez más. Es el momento de «perder tiempo con las amistades y no amistades con el tiempo».

Además, el ocio es el tiempo más propicio para abrirse a la trascendencia y poder encontrarse, los que lo deseen, con Dios. Ya hemos señalado el origen religioso de todas las fiestas, como lo demuestra la historia de todas las religiones.

Las vacaciones, largas o cortas, son la mejor oportunidad para recuperar el auténtico sentido del ocio. La propia etimología lo recuerda. El verbo latino vacare, del que procede vacatio, significaba estar libre, disponible para algo verdaderamente valioso. Los romanos hablaban de vacare philosophiae, vacare litteris, vacare Deo: quedar libre de otras ocupaciones para dedicarse a la filosofía, a las letras o a Dios. Nunca entendieron las vacaciones como un simple paréntesis para no hacer nada.

Quizá la escuela debería recuperar ese mismo horizonte y enseñar a vivir creativamente el ocio y las vacaciones. Mejoraría la gratitud hacia la propia escuela y el quehacer ordinario durante el periodo lectivo. Porque, en definitiva, una educación que no enseña a vivir el ocio, difícilmente enseñará también a vivir la libertad.

  • Juan A. Gómez Trinidad es catedrático de Filosofía en Instituto y expresidente del Consejo Escolar del Estado
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