El peligroso ridículo internacional de Sánchez
España no puede estar en manos de un negligente que primero desafía al eje atlántico y luego recula por razones tal vez inconfesables
Que Pedro Sánchez ha destrozado la confianza del eje atlántico en España es una desgraciada certeza: más allá del tono de Donald Trump, desabrido e improcedente pero muy útil para dejar claras sus posiciones, el silencio de la OTAN y de la Unión Europea atestigua un descontento hacia la demagógica y artera posición de Pedro Sánchez en el orden internacional.
Que nadie saliera en su defensa y que él mismo no se atreviera a repetir sus sectarios mensajes tras otras cumbres atlánticas al respecto del gasto español en defensa reflejan la soledad del líder socialista, su aislamiento y tal vez su miedo: frente a las reacciones agresivas del pasado, sustentadas en su deseo de inflar un irresponsable enfrentamiento con Washington con fines políticos domésticos; queda ahora su imagen de rendición y disposición a elevar el gasto, que es lo que atemperó al final a Trump.
Veremos qué dicen sus inestables socios, por cierto, instalados en la demagogia antiamericana y nada dispuestos a aprobar unos Presupuestos Generales del Estado clave para cumplir con cualquier compromiso internacional: Sánchez, simplemente, está inhabilitado para gobernar, por mucha propaganda que despliegue cada día para disimular el fraude que supone mantenerse en La Moncloa sin ganar en las urnas, sin mayoría parlamentaria y sin poder aprobar la ley presupuestaria, la más importante y exigible a cualquier Gobierno.
La desconfianza geopolítica ante Sánchez, cuando no el castigo directo, nace también de su incomprensible sintonía con China, de su complicidad añeja con el chavismo y de su unilateralismo facilón en cuestiones tan complejas como Oriente Medio e Israel, convertidos en excusas para lanzar soflamas de consumo interno en España.
Y la displicencia del líder declinante obedece también, probablemente, al temor a que Estados Unidos y Europa tengan ya un papel muy activo en alguna de las tramas de corrupción que acorralan al Gobierno y muy particularmente a su cabeza.
Porque las autoridades norteamericanas han sido y quizá sean clave en el esclarecimiento del papel de Zapatero en Caracas y en las sospechosas relaciones que, presuntamente, han mantenido el PSOE y la Internacional Socialista con la empresa pública petrolera venezolana, objeto de un sumario secreto en la Audiencia Nacional que investiga una presunta financiación irregular y masiva de los socialistas.
Que Sánchez sea capaz de despreciar a la OTAN y a Trump hace un año, en una cumbre en La Haya convertida en un número populista, y ahora se avenga a pagar lo que le pidan, no arregla nada y en realidad lo agrava todo. Porque es la prueba, una vez más, de que al frente del Gobierno hay un negligente que juega con los asuntos de Estado y es rehén de peajes incompatibles con el cargo: sean los que le imponen los socios, sean los que le obligan los casos de corrupción. La mera sospecha es suficiente para que ésta sea otra razón más para exigir su inmediata dimisión.