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Editorial

Sánchez, despreciado en España y hundido en el mundo

La prensa internacional pone en su sitio al decadente y peligroso presidente, una calamidad democrática sin ningún crédito

La burbuja en la que vive Pedro Sánchez, solo respaldada por su bien financiada maquinaria de propaganda mediática, no debe confundir a nadie. Su realidad se escribe en sentencias del Tribunal Supremo, en autos judiciales con incontables imputaciones al máximo nivel, en informes prolijos de la UCO o la UDEF, cual más atroz y escandaloso o en incesantes informaciones del periodismo decente, en contraste con los sicarios vestidos de informadores que emiten manifiestos «contra el golpismo judicial y mediático» para vergüenza propia y ajena.

Frente a eso, solo se contrapone una agotadora y antidemocrática letanía que responde al cúmulo de evidencias con una apelación a una oscura conspiración, cuyo origen y protagonistas jamás se detallan: produce indignación y bochorno ver de nuevo a todo un presidente aferrarse a esa paranoia artificial para tratar de esquivar la asunción urgente de responsabilidades políticas. Y pánico intuir hasta dónde está dispuesto a llegar para intentar dotarse de impunidad y aspirar a la continuidad.

Una actitud que le falta el respeto a la ciudadanía, conculca las normas y costumbres del Estado de derecho y supone un desafío a la propia democracia, amenazada por alguien que no acepta su imperio e intenta revocarlo con artes más propias de una auténtica mafia.

Nada mejor para retratar el antagonismo entre la insurgencia antisistema de Sánchez y la contundente realidad que mirar al exterior, donde este horrible presidente y sus hinchas tienen más difícil cargar las lecturas políticas de su situación a oscuras conspiraciones terraplanistas.

Y es ahí donde toda la prensa internacional y buena parte de las cancillerías coinciden en señalar el esperpento, ponen el acento en la inaceptable epidemia de corrupción y denuncian, sin ambages, el deterioro democrático que sufre España por culpa de un político que utiliza el Gobierno para intentar someter al Estado; llama conspiradores a los contrapoderes democráticos y los persigue, bien retorciendo sus atribuciones, bien con una cloaca montada y financiada desde el PSOE.

El descrédito internacional de Sánchez es absoluto, y la sospecha de que además ha alineado a España con intereses espurios, muchos de ellos encarnados en Zapatero, no deja de medrar y destroza el mantra que ha ido publicitando sobre sí mismo como una referencia progresista global que solo existe en su imaginación y en el relato de sus bien remunerados altavoces.

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