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Editorial

Contra el Rey

El ataque de Óscar Puente no es un hecho aislado y supone un aviso infame del gobierno

Esta semana, entre las múltiples escenas indecorosas de un presidente y un gobierno consagrados al ocio y al dispendio pese a la crisis de Ceuta y el cúmulo de problemas, escándalos y negligencias que arrastra, ha dejado una imagen lamentable y peligrosa: la de un ministro de Pedro Sánchez, el pendenciero Óscar Puente, acusando al Rey de cometer una ignominia por saludar y retratarse, en un acto público en Colombia, con un comunicador polémico que se le acercó.

Fue un gesto educado e inevitable de Su Majestad, que no tenía otra opción obviamente que atender la petición, por lo demás rutinaria en este tipo de acontecimientos, que sin embargo fue utilizada para arremeter contra él con la burda excusa de que en realidad se le intentaba proteger de supuestas malas compañías.

Como si don Felipe necesitara los consejos y la protección de un grotesco político que, a sus malos modos proverbiales, le añade una incompetencia visible en la tragedia de Adamuz y una turbia relación con el condenado Ábalos, al que sometió a una auditoría exculpatoria no mucho antes de que el Tribunal Supremo lo condenara a 24 años de prisión por graves delitos de corrupción.

Es imposible que un ministro ataque así al Rey sin el permiso de su superior, que se ha caracterizado por padecer un complejo de inferioridad ante el Monarca, por imponerle una ejemplaridad que nunca le ha faltado mientras se saltaba con estrépito la propia y por querer silenciarle en la medida de lo posible, consciente de la abismal distancia que hay entre ambos en términos de autoridad y de aprecio de los españoles.

Señalar al Jefe del Estado después de que recibiera al presidente de Ceuta y le diera permiso para anunciar su próxima visita a las dos ciudades autónomas acosadas por Marruecos no es, pues, una casualidad ni una torpeza: responde a la incipiente tentación de Sánchez de buscar tal vez en la crisis de la Corona una especie de comodín con el que asegurar su nefanda alianza con el separatismo y movilizar a sus alicaídas huestes.

Porque si Sánchez depende de quienes quieren acabar con el Estado y Felipe VI es quien lo simboliza, es previsible que de una manera paulatina avance por la senda de la reformulación de la idea constitucional de España, sustentada en la unidad y la igualdad, justo los dos valores que quieren demoler quienes han hecho presidente al líder socialista.

Y si con esa propuesta, enunciada de otra manera y a sabiendas de que fracasará, el denostado presidente encuentra una bandera más para incrementar la crispación y el enfrentamiento entre bloques, nadie puede descartar que lo haga llegado el caso.

No le ha tocado al Rey reinar en un buen momento, con un Gobierno populista y extremo que además ataca a los poderes del Estado mientras lo trocea, y seguramente sobrevivir a esta etapa sea su mayor y mejor contribución a la estabilidad de España, sometida desde dentro a un vapuleo incesante y sin precedentes, pues procede nada menos que de su propio gobierno.

Pero ese es su reto histórico, saber proteger el legado de la Corona y su valor en la España moderna, que es el que le dan los españoles al custodiar una idea de país abierto, histórico, cohesionado y sin agravios cantonalistas ni ideológicos. Es evidente que el Rey lo sabe perfectamente y, por eso, con su buen hacer y formación, enfrenta el desafío ya en marcha: la amenaza a España y a la Corona.

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