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Ojo avizorJuan Van-Halen

¿Y los ciudadanos?

Al parecer no cuentan. Sánchez busca que sean, y en demasiados casos sigan siendo, votantes engañados por una especie de flautista de Hamelin, que es él; la leyenda del siglo XIII recogida fantasiosamente por los Hermanos Grimm. En la leyenda no son ratas sino personas. Los ciudadanos calladitos y a la espera

Los sumisos agradecidos y los desinformados irredentos recibieron gozosos la intervención de Sánchez el pasado día 24 en el Congreso. Incumplió el objetivo de su comparecencia; lo hace siempre. Mentiras y cortinas de humo. Nunca sabe nada. Resultó más grave el día siguiente su desprecio a la democracia. El Congreso: 178 diputados, mayoría absoluta, votó a favor de que Sánchez convoque elecciones generales o, en su defecto, se someta a una cuestión de confianza, porque «debe asumir su responsabilidad política por los casos de corrupción» que solo resolverá su «dimisión». El Senado había aprobado el día anterior una moción que recordaba la «no tramitación de la Ley de Presupuestos ni la celebración del debate sobre el estado de la Nación», exigiendo que «se asuma la responsabilidad política» por las causas judiciales abiertas.

Lo ocurrido debería suponer un vuelco político histórico si fuésemos una democracia normal. La bancada socialista tras el grave resultado aplaudió enardecida a un Sánchez con risa impostada. Dio la mano al zascandil Patxi López, «miró al soslayo, fuese, y no hubo nada», recordando a Cervantes. La charlotada del presidente, de sus ministros y de los diputados socialistas fue vergonzosa y anuncia lo que debemos esperar de un conjunto de bufones, corruptos y perdedores. Caminamos a un futuro que ya es hoy; nadie debería sorprenderse.

Un lugar en el que lo que prepara Sánchez no debería soslayarse es el Palacio de la Zarzuela. Se han sucedido avisos, algunos muy evidentes. El discurso de Felipe VI el 3 de octubre de 2017 fue una intervención institucional sin precedentes tras el ilegal referéndum independentista en Cataluña. El Rey defendió con firmeza la defensa de la Constitución y la unidad de España. No lo perdonan los todavía socios de Sánchez. Su cobarde huida de Paiporta mientras los Reyes permanecían junto a los afectados, tampoco lo ha olvidado Sánchez, encaramado en su conocida egolatría, que hace tiempo entiendo que es patológica, tanto como lo es probablemente creerse sus propias mentiras. La Monarquía figura en sus planes de demolición, acaso lo que consideró el entonces ministro de Justicia, Juan Carlos Campo, en 2020, «una crisis constituyente que se suma a un debate constituyente».

Se ha escrito mucho, yo también, sobre la intención de Sánchez de perpetuarse en el poder. En un principio posiblemente fuese por mera autoafirmación personal, pero con lo que sabemos y sin duda iremos sabiendo, habría un nuevo factor, insoslayable para él: su propia defensa ante la no descartable llamada de la Justicia. «El pasado es un prólogo», escribió Shakespeare. El tremendo pasado cercano y el presente de rampante corrupción de cada día, pueden ser el prólogo de lo que pase por la cabeza de un Sánchez acorralado. Gobierna sin mayoría en el Parlamento, despreciándolo y habiéndolo cínicamente anunciado. El mismo Congreso que invistió a Sánchez le ha retirado su confianza. Le da igual.

Bordea la Constitución o deja de cumplirla, pensemos en años sin presentar Presupuestos. Acosa y desprestigia al Poder Judicial cuando sus decisiones afectan a su familia o a los suyos. Planea normas para llenar la justicia de jueces del cuarto turno cuidadosamente seleccionados. Ocupa con su gente las instituciones y grandes empresas, utilizando incluso a exministros; pensemos en el Tribunal Constitucional o en el Banco de España. Y máquina engordar el censo desde burdas manipulaciones que, en no pocos casos, por su origen, no podrán ser indubitablemente detectados; pensemos, por ejemplo, en los optantes procedentes de Cuba.

España no es hoy una democracia normal, con garantías. Desde la votación parlamentaria del jueves, sonadamente no. En cualquier democracia por muchísimo menos de lo que padecemos el presidente del Gobierno hubiese dimitido y convocado elecciones. Sánchez mira para otro lado. No sé qué pensarán sobre su futuro personal y el de su partido dirigentes intermedios en municipios y autonomías, invadidos hoy por jefecillos catapultados desde Madrid para hacer el trabajo, incluso el más sucio. Hay precedentes.

¿Y los ciudadanos? Al parecer no cuentan. Sánchez busca que sean, y en demasiados casos sigan siendo, votantes engañados por una especie de flautista de Hamelín, que es él; la leyenda del siglo XIII recogida fantasiosamente por los hermanos Grimm. En la leyenda no son ratas sino personas. Los ciudadanos calladitos y a la espera.

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