Críticas al Papa
La crítica feminista tiene otro perfil. Unas son tan antiguas como quienes las escriben, que si es una iglesia machista, que si Dios es un hombre, que si no hay una diosa (sic), que excluye a las mujeres del sacerdocio
Con retraso, como las setas tras la lluvia tardía, aquí y allá emergen críticas aisladas a la visita y palabras del Papa.
León XIV habló Suaviter in modo, fortiter in re y lo hizo tal y como propuso que hicieran los políticos: «La firmeza no exige desprecio. La discrepancia no conlleva humillación», algo que está en lo opuesto de la práctica política actual.
Las críticas que ahora aparecen con pretensión de 'amanita muscaria' tienen sobre todo dos orígenes: los escribientes adscritos al pensamiento liberal ilustrado y el feminismo. Esto y El País, que sigue encerrado con su solo juguete de la «Pederastia del 0,4 %».
Los liberales tienen «su» razón para la queja. Consideran inadmisible que León XIV hablara como Papa en el Congreso de los Diputados. En todo caso –afirman– podría haber intervenido como jefe de Estado. El problema es que el propio León XIV les privó de esa coartada desde el primer minuto. Lo dejó claro de forma cristalina:
«Vengo ante todos ustedes como obispo de Roma y pastor de la Iglesia Católica, consciente de que la misión confiada al sucesor del Apóstol Pedro como principio y fundamento de unidad de los obispos y de los fieles coloca a la Santa Sede de modo peculiar en diálogo con los pueblos y con los estados». Ninguna duda: es la autoridad del Papa quien les habla. Incluso, algunos han reparado en ello, defendió el secreto de confesión. La referencia fue indirecta, pero dejó clara la petición de que el marco legal no margine la conciencia religiosa y de que la convivencia democrática proteja ese espacio de confesión.
También criticaron que se entrometiese en cuestiones reguladas por las leyes españolas. Es decir, que descalificara el aborto y la eutanasia y reafirmara la primacía del derecho de los padres en la educación moral y religiosa de sus hijos. Como si alguien pudiera sorprenderse. Son exactamente las mismas posiciones que desarrolla en su encíclica Magnifica Humanitas, donde afirma que el derecho a la vida desde la concepción hasta el final natural de la existencia es el primero de todos los derechos humanos y condena el aborto y la eutanasia como «decisiones gravemente ilícitas». (n. 55).
La crítica feminista tiene otro perfil. Unas son tan antiguas como quienes las escriben, que si es una iglesia machista, que si Dios es un hombre, que si no hay una diosa (sic), que excluye a las mujeres del sacerdocio. Un prototipo de esta actitud lo representa Laura Freixas, especialista desde hace años en despotricar obsesivamente contra los hombres, o en otro tono, Elvira Lindo. Lo del Papa en el Congreso parece haberles dolido en el alma. Quizás porque el problema no era lo que dijo, sino el hecho mismo de que fuera escuchado y aplaudido.
Otras se inclinan por la línea monográfica de El País de la pederastia del 0,4 %, que es la proporción aproximada de este tipo de delitos cometidos por personas –no solo curas– vinculadas a la Iglesia (La pederastia en la Iglesia y la sociedad. El gran chivo expiatorio).
Máriam Martínez–Bascuñán se quejaba excitadísima porque el Papa no había tratado de los 1.621 acusados –en realidad «señalados» por El País– y «sus» 3.000 víctimas, que es el máximo que han conseguido reunir retrocediendo hasta mitad del siglo pasado. Qué lástima que no le provoque igual indignación las 9.339 victimizaciones de menores que hubo solo en el 2024 en España, según el Ministerio del Interior, y su 'Informe sobre delitos contra la libertad sexual 2024'. Los menores representan el 41% de las víctimas cuando solo son el 15% de la población. ¡Qué brutal escándalo, año tras año, sobre el que el Gobierno guarda un riguroso silencio! Pero todo eso a Martínez-Bascuñán no le importa, porque son de los suyos y no afecta al ámbito católico.
Hace años que están en lo mismo. Y, ante la incapacidad eclesial para responder con eficacia y presentar la realidad completa, han conseguido fijarla bajo el foco de la pederastia. Se cumple una vez más lo que Thomas Childers explica en El Tercer Reich. Una historia de la Alemania nazi, donde citando al propio Hitler y su obra Mein Kampf refiere: «Debido a la simplicidad primitiva, las grandes masas del pueblo caen más fácilmente como víctimas de una mentira grande que de una pequeña, ya que ellos mismos mienten en pequeñas cosas, pero se sentirían avergonzados de las mentiras demasiado grandes. Tal falsedad nunca se les pasará por la cabeza. Y no podrán creer en la posibilidad de semejante descaro monstruoso.» «Los judíos y sus organizaciones marxistas de lucha opinan según este sano principio y, en defensa propia, también deberían hacerlo los nacionalsocialistas» (p. 129). Pues se ve que muchos todavía siguen aquel consejo, y, si no, que le pregunten a la Iglesia en Canadá sobre «Las tumbas de los niños indígenas», atribuidas a instituciones católicas. Aquella acusación incendió iglesias y destruyó reputaciones. Después llegaron las excavaciones y las pruebas no aparecieron, pero los grandes medios y el propio primer ministro Trudeau se olvidaron de la rectificación. La mentira había cumplido ya su función. Y porque, para muchos, los hechos solo son importantes cuando confirman aquello que previamente desean creer.
- Josep Miró i Ardèvol es presidente de la Corriente Social Cristiana (e-C) 'La Corriente'