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en primera líneaJosep Miró i Ardèvol

Del cristianismo a la abominación: recuperar la 'tierra fértil'

Ser joven es, ante todo, vivir en la esperanza. Pero sin Dios y sin horizonte de sentido que trascienda a uno mismo, la han liquidado Sin ella, florece la violencia de todo tipo: de pacientes contra médicos, alumnos contra profesores, hijos contra padres y una violencia sexual imparable contra menores

El éxito histórico de Occidente no es fruto del azar ni de la simple arquitectura legal. Como se observa en el desarrollo de Estados Unidos y la Europa de posguerra, las instituciones solo funcionan cuando descansan sobre una cultura moral previa. El cristianismo ha actuado como un 'sistema operativo' silencioso que ha permitido que el hardware institucional produjera sobre todo libertad en Estados Unidos y cohesión en una Europa dividida por la guerra. Sin embargo, hoy vivimos una paradoja: nuestra cultura continúa marcada por el cristianismo en sus formas, pero ha perdido el marco que le daba sentido.

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El Debate (asistido por IA)

Como ha mostrado Tom Holland en su libro Dominio, muchos de los valores que invocamos –dignidad, derechos humanos, compasión– tienen un origen inequívocamente cristiano. Pero, como advierte Alasdair MacIntyre, vivimos de «restos éticos» desvinculados de la tradición que los hacía inteligibles. La imagen del 'tótem vacío' ayuda a comprenderlo: el símbolo sobrevive, pero la cosmovisión se ha desvanecido.

El fundamento del éxito: EE. UU. y Europa

En la tradición americana, los Padres Fundadores jamás creyeron que la Constitución fuese una máquina autónoma. John Adams lo formuló con una claridad meridiana: «Nuestra Constitución fue creada solo para un pueblo moral y religioso. Es totalmente insuficiente para el gobierno de cualquier otro». Este sistema se apoyó en una antropología realista del poder, de raíz agustiniana y calvinista: el hombre es capaz de virtud, pero está inclinado al error. Como escribió James Madison en The Federalist Papers, «si los hombres fueran ángeles no haría falta gobierno».

Por su parte, la Europa de posguerra utilizó el cristianismo para fundamentar la cohesión comunitaria. Figuras como Konrad Adenauer, Alcide De Gasperi y Robert Schuman –de profunda formación católica– buscaron evitar el retorno de los totalitarismos nacidos del nihilismo moral. Así nació la economía social de mercado, una síntesis entre el ordoliberalismo alemán y la Doctrina Social de la Iglesia, basada en los principios de dignidad, justicia social, solidaridad y subsidiariedad. El Estado del bienestar europeo no es una creación tecnocrática, sino la «institucionalización de la caridad cristiana convertida en derecho social».

El colapso: Las cinco grandes abominaciones

El problema actual radica en que este sustrato ha sido sustituido por una cultura incompatible con la visión cristiana del hombre. Esta deriva se manifiesta en lo que podemos definir como cinco grandes abominaciones que hoy se presentan como 'hiperbienes' necesarios para la realización personal:

1. La gran abominación: La normalización del aborto masivo, que consagra el principio de que quien cuida al dependiente tiene derecho sobre su vida, incluyendo criterios eugenésicos.

2. La gran apostasía: El abandono deliberado del cristianismo como fuente de verdad, reduciéndolo a una opción privada sin relevancia pública.

3. El ateísmo de Estado: Una laicidad transformada en exclusión sistemática de Dios del espacio público, cancelando cualquier referencia trascendente.

4. Las estructuras de pecado: Poderes políticos y culturales que generan marcos legales y educativos que promueven el mal de manera estructural.

5. El materialismo ramplón: Esta quinta deriva se observa en la izquierda como profesión de fe ideológica. En el ámbito de la derecha confunde el pragmatismo con la ceguera económica; organizaciones empresariales que rechazan ayudas universales a la familia –fundamentales para el capital humano y con una tasa de retorno superior a 1– alegando «gasto público», mientras aceptan las subvenciones ideológicas. Es el vuelo gallináceo con presunción de management empresarial

Como advirtió el jurista Ernst-Wolfgang Böckenförde: «El Estado liberal y secular vive de presupuestos que él mismo no puede garantizar». Al erosionarse el sustrato cristiano, la democracia se fragmenta y el Estado del bienestar se vuelve financieramente insostenible al disociarse de la responsabilidad personal, que se manifiesta en primer término en el compromiso con los hijos; tenerlos y educarlos, y en el deber hacia el prójimo.

El resultado es la sociedad desvinculada: poblada de vidas desesperanzadas, sin Dios y sin horizonte.

No es casual que crezcan las enfermedades mentales y las adicciones, que se ceban en los más débiles: los jóvenes. Ser joven es, ante todo, vivir en la esperanza. Pero sin Dios y sin horizonte de sentido que trascienda a uno mismo, la han liquidado Sin ella, florece la violencia de todo tipo: de pacientes contra médicos, alumnos contra profesores, hijos contra padres y una violencia sexual imparable contra menores. Nos destruye la pretensión de que es posible unir la procacidad y la provocación con el respeto a la dignidad del otro.

La respuesta: Preparar la tierra fértil

Ante este diagnóstico, solo hay una respuesta operante: la cristiana. Reconocer esta situación no es un ejercicio de nostalgia, sino el primer paso para recuperar la lucidez. La llamada al anuncio de la fe es la semilla, pero para que crezca necesita una tierra fértil que sustituya la 'tierra yerma' actual. Esto significa actuar para que la cultura cristiana, su antropología y su humanismo vuelvan a ser la corriente principal que impregne las instituciones políticas y sociales. Solo recuperando el sistema operativo que hizo grande a Occidente podremos reparar las instituciones que hoy están en crisis.

  • Josep Miró i Ardèvol es presidente de e-Cristians
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