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En Primera LíneaJavier Junceda

'Cientéficos'

Los dineros que nos cuesta la investigación debieran revertir con mayor éxito en nuestro futuro. Y ayudarnos a crecer en lo que precisamos. Así lo están haciendo países de nuestro entorno y nivel. E incluso otros que no lo son, pero no paran de innovar

El Índice Global de Innovación (GII, en sus siglas en inglés), clasifica a los países por sus niveles de conocimiento, creación y tecnología. Auspiciado por la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual, el GII elabora cada año una lista de las principales economías, valorando desde el capital humano disponible para la investigación hasta las infraestructuras destinadas a eso. España, que se sitúa entre las diez naciones con más publicaciones científicas, con cientos de miles de citas en revistas y libros, se ubica, sin embargo, en el último GII en el puesto veintinueve, detrás de Chipre o Malta, que no son precisamente unas superpotencias. Solo superamos en Europa a Portugal, Grecia y a varias repúblicas del este del continente.

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A la vista de estos datos, parece existir cierto desajuste entre el rendimiento de nuestros investigadores y sus resultados llevados a planes o proyectos concretos. Lo que se ha venido denominando I+D+i (investigación, desarrollo e innovación) no avanza aquí como sería deseable en lo referido a la última letra. Ni a la del medio. Es decir: publicamos una barbaridad, sobre todo en humanidades y ciencias sociales, aunque no sé si nos está sirviendo demasiado en términos de utilidad.

Ni que decir tiene que esa colosal sobreproducción está potenciada por las necesidades de promoción del personal docente, pero sería cabal cuestionarse cómo es posible evaluar para tales procesos a unas obras que, a la luz de las estadísticas, no logran materializarse en muchos adelantos tangibles. Se me dirá que hay ciencias puras insusceptibles de aplicación práctica, y es verdad, pero incluso en esos terrenos nunca debieran dejar de medirse los progresos, como se ha hecho a lo largo de la historia.

Tampoco tengo claro que este problema se arregle inyectando más recursos al sistema educativo superior. La proliferación de centros universitarios y la multiplicación de plazas laborales en ellos ha posibilitado, sin duda, que contemos con tantísimas ediciones científicas. Más bien de lo que se trata es de profundizar en esa producción, de abrir una serena reflexión acerca de su contenido y objetivos, que siempre tendrían que estar enfocados a resolver las cuestiones que esperan solución y fomentan el desarrollo en los diferentes sectores.

Esa divergencia entre nuestra ciencia e innovación que revelan las cifras contrasta con la falta de modestia que, en ocasiones, aqueja a algunos singulares cultivadores de estos saberes especulativos, encantados de haberse conocido. No son la totalidad, por supuesto, pero hay quienes desenvuelven sus afanes en un ensimismamiento alejado de las elementales necesidades reales, encerrándose en cómicos bucles creados solo para saciar sus egos. El pisto que se dan acostumbra a guardar relación con la parca relevancia de sus quehaceres, orientados exclusivamente a alimentar una soberbia o pedantería inmunes a cualquier mínima equivocación o desacierto.

La tarea científica, sin frutos contantes y sonantes, no pasa de un mero divertimento intelectual. De hecho, hasta el propio diccionario la define como el conjunto de conocimientos obtenidos tras la observación y el razonamiento, de los que se deducen principios comprobables o previsibles en la praxis. Sin esa meta, dudo que la ciencia pueda merecer tal nombre, por más que insistan en lo contrario quienes se gastan la vida ocupándose de asuntos intrascendentes a costa del presupuesto.

Una cuenta en las redes sociales inactiva desde hace tiempo, que solía visitar a menudo por la gracia que me hacía, se titula como esta columna. Incluía frases cortas con monumentales faltas de ortografía y una foto de su supuesto autor, un caballero con gafas y pinta de no salir de un laboratorio. Me divierte la sorna de poner en boca de un aparente erudito auténticas chorradas fatal escritas y con tonillo de superioridad. Desde entonces, me gusta llamar con mala leche 'cientéficos' a aquellos académicos que, como hablan en México, «se creen la divina garza». Y también a los que, como dijo el doctor Letamendi de determinados colegas, «solo saben de medicina y ni medicina saben», como repetía mi querido padre.

Los dineros que nos cuesta la investigación debieran revertir con mayor éxito en nuestro futuro. Y ayudarnos a crecer en lo que precisamos. Así lo están haciendo países de nuestro entorno y nivel. E incluso otros que no lo son, pero no paran de innovar.

  • Javier Junceda es jurista y escritor
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