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En Primera LíneaJavier Junceda

Teletrabajo

La casa está concebida para descansar. Y la oficina, para trabajar. Del mismo modo que no se puede estar teletrabajando, no se puede estar tampoco 'telecaseando', valga la expresión. Se trata de ocurrencias muy de esta época, en la que no hemos dejado de darle la vuelta a cuestiones de cajón

Siempre renuncié a tener un despacho en casa. Me sigue pareciendo que ese espacio sobra donde vives y debes ocuparte de otras cosas. Cierto que a veces la autoexplotación de la sociedad del rendimiento en la que insiste Byung-Chul Han me fuerza a utilizar el sofá o la mesa del comedor para acabar de terminar algún asunto. Pero, desde que me independicé de mis padres, he tratado de preservar mi hogar para mi principal empresa, la familia, concentrando en mi centro de trabajo los afanes y preocupaciones de esa naturaleza.

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El Debate (asistido por IA)

Se hizo viral aquella entrevista en directo en la BBC en la que el periodista James Menéndez conversaba con Robert Kelly, un profesor norteamericano en Corea del Sur, mientras los críos de este irrumpían una y otra vez en la habitación donde el docente hablaba. Sus gestos, a medio camino entre la vergüenza ajena y el trágame tierra, lo decían todo. Seguro que Kelly hubiera dado lo que fuera por ser contactado por James en cualquier otro lugar, porque ha de recordarse que cada sitio sirve para lo que sirve.

La oficina es donde se trabaja, como refiere la etimología y resulta evidente. Desde la pandemia, sin embargo, cuando he tenido que desplazarme por la ciudad a cualquier lugar en mi horario profesional, me he topado cada vez con más personas en activo en sus empleos. A algunos les he preguntado si estaban de permiso o vacaciones, y no pocos me confiesan que están teletrabajando. Me he enterado, también, que en algunos clubes deportivos han aumentado las reservas de canchas durante la semana, a mitad de mañana o tarde. A los jubilados, niños pequeños, inmigrantes o vagabundos, se han sumado de un tiempo a esta parte en el paisaje urbano estos currantes en la distancia con peculiar sentido de la integridad, que seguro que consideran a sus paseos callejeros como preparatorios de sus tareas cotidianas, aunque no lo parezca.

Que, por motivos sanitarios, se ingeniaran estas modalidades de desempeño laboral, puede encontrar su justificación. O en casos complicados de conciliación de la vida familiar. Pero que alguien me explique despacio la razón por la que se debe perpetuar tal modalidad con carácter general, de la que sabemos además que provoca a diario mermas notorias en la productividad de negocios y administraciones públicas. Está demostrado que, en la oficina, el empleado es mucho más eficiente, aparte de potenciar las relaciones entre compañeros, lo que redunda bastante en un aumento de la calidad y la cantidad de las faenas encomendadas. Por eso las grandes multinacionales han pasado página hace años del teletrabajo, exigiendo a sus empleados retornar a sus sedes los días laborables. Es más: han acabado incluso con esas dependencias diáfanas donde unos se veían con otros, favoreciendo las distracciones y la pérdida de eficacia. La tendencia actual aconseja volver a levantar paredes donde trabaja el personal, dejando que cada uno cuente con su propio ambiente cerrado que le permita centrarse en lo que toca.

Este asunto, en su vertiente relativa al empleo público, adquiere tintes especiales. Se tiende a olvidar el carácter singular de esos trabajadores, seleccionados y destinados al servicio de las necesidades ciudadanas. Como sucede con la infumable cita previa para simples tramitaciones administrativas, el receptor de esos cometidos suele ser habitualmente ignorado, primando unas condiciones laborales que nadie dice que no mejoren, pero sin perder nunca de vista al cliente final, que es el administrado.

Es obvio que un funcionario teletrabajando no está disponible para la gente que precisa su ayuda, sobremanera cuando se trata de una asistencia presencial. Y algo me dice que tampoco del todo en prestaciones de carácter no personal, al existir datos que confirman, como en las empresas privadas, una acusada pérdida de productividad en ese formato.

La casa está concebida para descansar. Y la oficina, para trabajar. Del mismo modo que no se puede estar teletrabajando, no se puede estar tampoco 'telecaseando', valga la expresión. Se trata de ocurrencias muy de esta época, en la que no hemos dejado de darle la vuelta a cuestiones de cajón, en un cómico adanismo que ha transitado hacia lo patético. Los sesudos estudios sobre obviedades son innecesarios para iluminar lo que no precisa candil, por más que nos empeñemos.

  • Javier Junceda es jurista y escritor
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