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en primera líneaJosep Miró i Ardèvol

La tragedia griega de Sánchez

España vive, así, una representación trágica en tiempo real. El desafío no es solo político, sino moral, atravesando el ciclo de hibris, ate y némesis con el menor daño posible para la polis. Porque en la tragedia clásica el héroe cae; pero la ciudad, si aprende, sobrevive

Hay gobiernos que se analizan con las herramientas ordinarias de la ciencia política y otros que exigen una lente más antigua y profunda. Casi ocho años en el poder hacen que el actual presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, ya no pueda justificarse en sus antecesores: él es su propio precedente. Y en esa realidad su forma de actuar dibuja, con una nitidez, la estructura clásica de la tragedia griega.

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El Debate (asistido por IA)

La tragedia ática no era mero entretenimiento. Como recordaba Aristóteles en su Poética (1449b), su finalidad era suscitar eleos y fobos –compasión y temor– para producir la catarsis de tales afectos. Era, en definitiva, una pedagogía moral. En ella se dramatizaba la relación entre el ser humano y el orden del cosmos: un orden no solo físico, sino moral.

El eje conceptual de esa cosmovisión es la hibris: no el simple orgullo, sino la desmesura que lleva al mortal a sobrepasar el límite que le corresponde. La hibris es transgresión de frontera ontológica y política. Implica creerse por encima del destino —la Moira—, despreciar el equilibrio que sostiene la comunidad y actuar como si el poder fuera ilimitado. En la literatura clásica abundan los ejemplos. Edipo intenta escapar de su destino y el intento lo conduce a su desgracia. Aquiles, al arrastrar el cadáver de Héctor, transforma la legítima ira en ultraje sacrílego. Y en la tragedia política por excelencia, Antígona de Sófocles, Creonte representa al gobernante que confunde ley positiva con ley absoluta, y termina destruyendo aquello que pretendía proteger: la ciudad.

También la historia ofrece parábolas morales. Heródoto narra la caída de Creso, rey de Lidia, convencido de ser el más poderoso y feliz de los hombres. El exceso precede al derrumbe. En todos los casos, la hibris genera una ceguera espiritual.

Esa ceguera tiene nombre propio en el imaginario griego: Ate, la fuerza que nubla la mente antes de la caída. No es locura en sentido clínico; es ofuscación moral. El héroe trágico no percibe que su propia conducta está socavando el orden que lo sostiene. Cree obrar con lucidez cuando en realidad se encuentra ya dentro del círculo de la autodestrucción.

Tras la hibris y la ate llega Némesis: no venganza caprichosa, sino restauración del equilibrio. Némesis encarna la justicia retributiva inscrita en el tejido del cosmos. Su función es devolver al transgresor a la condición humana que pretendió trascender. Y a esta le sigue pathos, el sufrimiento (de los espectadores; los ciudadanos), y culmina con la catarsis, la purificación colectiva que libera y permite recuperar el equilibrio destruido por quien había superado los límites.

Si observamos el desarrollo político del sanchismo bajo esta arquitectura conceptual, la analogía resulta sugestiva. La prolongación del poder ha ido acompañada de una creciente identificación entre líder, partido y Estado. La narrativa del 'yo' como eje vertebrador de la legitimidad política –el líder como único garante del progreso frente a un adversario presentado como amenaza estructural– se aproxima peligrosamente a la lógica de la hibris: la expansión sin límite del propio poder interpretativo.

La descalificación sistemática de media España como ilegítima, reaccionaria o moralmente inferior introduce un elemento adicional: la ruptura simbólica de la comunidad. En la tragedia griega, el héroe no cae solo por su error; cae porque su error rompe la armonía de la polis.

La fase de ate se manifiesta cuando el gobernante pierde la capacidad de autocrítica. El discurso de infalibilidad –la culpa siempre es ajena, la responsabilidad nunca propia– es síntoma de ceguera política. Como en Las Bacantes de Eurípides, donde el éxtasis dionisíaco conduce a la destrucción, el poder prolongado puede derivar en una lógica de autoafirmación que arrasa incluso con las estructuras que lo sostienen.

En toda tragedia hay un coro. El coro alaba, advierte y finalmente lamenta. En la escena española, el coro ha pasado de la exaltación acrítica a la incomodidad soterrada. Las voces internas que antes celebraban cada movimiento comienzan a percibir el coste acumulado. El drama no reside solo en la figura central, sino en la erosión de todo lo que la rodea, y que puede alcanzar a la más alta institución del Estado

Sin embargo, la tragedia no culmina en la destrucción pura, sino en la catarsis. Para Aristóteles, la catarsis no elimina las pasiones: las purifica mediante la experiencia controlada del sufrimiento. En términos políticos, la catarsis equivale a la restauración del equilibrio institucional. El líder desmesurado es devuelto al rango de mortal desposeído; el poder, a su límite constitucional.

La salida del poder –la pérdida de la Moncloa, del aparato, del símbolo– no sería, en esta lectura, una venganza, sino una némesis estructural: el retorno al orden común.

La cuestión decisiva no es si la catarsis llegará —siempre llega—, sino cuánto pathos deberá soportar la comunidad antes de alcanzarla. El objetivo de una ciudadanía madura no es alimentar el drama, sino minimizar su coste.

España vive, así, una representación trágica en tiempo real. El desafío no es solo político, sino moral, atravesando el ciclo de hibris, ate y némesis con el menor daño posible para la polis. Porque en la tragedia clásica el héroe cae; pero la ciudad, si aprende, sobrevive.

  • Josep Miró i Ardèvol es presidente de la Corriente Social Cristiana (e-C) 'La Corriente'
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