Fundado en 1910
En primera líneaGustavo de Arístegui

La máquina soviético-rusa de destruir naciones lleva setenta años en marcha

La incoherencia entre esta realidad militar y el discurso público de un gobierno que se muestra más hostil a Washington que a Moscú es exactamente el tipo de fractura que el Servicio A –y su heredero «la Compañía»– sabe explotar con maestría

En 1984, un antiguo agente del KGB llamado Yuri Bezménov se sentó ante las cámaras de un periodista californiano y pronunció una de las frases más lúcidas de la Guerra Fría: «El mayor error de Occidente es creer que el KGB roba planos de aviones supersónicos. El espionaje sólo ocupa el 10-15 % del tiempo y los recursos. El 85 % es subversión». Cuarenta años después, ese 85 % tiene dirección IP y nombre en clave: Fancy Bear, Sandworm, Cozy Bear, Operation Ghost Stories. El manual no ha cambiado. Ha cambiado el software.

ep

El Debate (Asistido por IA)

Bezménov había servido como agente de influencia del KGB disfrazado de periodista de la TASS en la India antes de desertar a Canadá en 1970. Sabía de qué hablaba. El modelo que describió articulaba cuatro etapas: desmoralización y destrucción de las sociedades occidentales desde dentro –quince o veinte años para corromper una generación en sus valores, atacando la religión, la educación y las instituciones–; desestabilización –dos a cinco años de radicalización sistemática de todas las relaciones sociales–; crisis sistémica profunda –el colapso funcional del Estado; y normalización de la izquierda radical– la toma del poder por fuerzas afines al Kremlin, seguida de la eliminación de los mismos activistas e idiotas útiles que hicieron posible el proceso.

Lo que Bezménov no podía saber es que, décadas después de su muerte, sus palabras se verificarían operación por operación, departamento por departamento. Porque eso que él describía no era teoría política: era el organigrama institucional de varios departamentos especializados del KGB y GRU cuya continuidad directa opera hoy, con otros nombres, en los servicios herederos del Estado ruso.

La fábrica de la desinformación tenía un nombre preciso: primero el Departamento D –creado en 1959 bajo el mando del general Ivan Agayants– y después el Servicio A de la Primera Dirección Principal. Su metodología era industrial: fabricar un contenido falso, insertarlo en un periódico izquierdista de un tercer país, amplificarlo a través de una publicación comunista internacional y finalmente publicarlo en Pravda como fuente independiente. La Operación Denver de 1983 –la mentira de que el VIH era un arma biológica fabricada en el laboratorio estadounidense Fort Detrick– llegó a circular en ciento cuatro países. Hoy ese mismo ciclo se completa en horas, en lugar de meses, con el algoritmo de Twitter o de TikTok haciendo el trabajo que antes hacían los corresponsales del Servicio A.

Los tres servicios que heredaron al KGB se repartieron el negocio. El FSB se quedó con el espacio interior y el «extranjero cercano»: su Quinto Servicio es el que diseñó la operación ucraniana de 2022 con las estimaciones que resultaron ser catastróficamente erróneas. El SVR heredó la Primera Dirección Principal y el Servicio A: hoy controla una red de operaciones de influencia –conocida internamente como «la Compañía» o Politology– que opera en docenas de países con más de cincuenta gestores de proyectos en San Petersburgo, bajo supervisión directa del general Dmitry Faddeev, número dos durante años de Naryshkin. Y el GRU, la Inteligencia militar que siempre fue independiente del KGB, es hoy el brazo cinético de la guerra híbrida: sus Unidades 26165 (Fancy Bear), 74455 (Sandworm) y 29155 forman una trinidad de sabotaje digital y físico que el Gobierno del Reino Unido, la OTAN, la Unión Europea y los Estados Unidos han sancionado formalmente y cuyas operaciones incluyen desde el ataque NotPetya de 2017 –que causó más de 10.000 millones de dólares en daños globales– hasta el envenenamiento con Novichok de Skripal en Salisbury y el asesinato del piloto desertor Kuzminov en un aparcamiento de Villajoyosa, España, en febrero de 2024.

El número de ataques de sabotaje físico rusos en Europa se triplicó entre 2023 y 2024, según el análisis del 'Center for Strategic and International Studies'. James Appathurai, adjunto del secretario general de la OTAN, advirtió en enero de 2025 ante el Parlamento Europeo que Rusia estaba intensificando la «guerra en la sombra»: descarrilamientos de trenes, incendios provocados, cortes de cables submarinos en el Báltico, conspiraciones de asesinato contra directivos de empresas de defensa. Bezménov llamaba a esto «despertar de los durmientes»: agentes que llevan años infiltrados y que en la fase de desestabilización activan sus redes de perturbación.

El componente ideológico del modelo no ha desaparecido; se ha trasladado al dominio de las redes sociales. La doctrina soviética del «control reflexivo» –manipular la percepción del adversario para que llegue por sí mismo a decisiones favorables para Moscú sin darse cuenta de que ha sido manipulado– es hoy el fundamento teórico de la guerra cognitiva. El Centro Marshall lo describe con precisión clínica: el objetivo es conseguir que las poblaciones occidentales desempeñen el papel de los antiguos «idiotas útiles» de Lenin, haciendo el trabajo del Kremlin por ellos. Si las democracias se convencen de que apoyar a Ucrania es «meterse en una guerra que no es la suya», Rusia no necesita ganar en el campo de batalla: la victoria llega por implosión del consenso aliado.

España no es espectadora en este proceso. Las bases de Rota y Morón son parte de la arquitectura logística de la defensa colectiva occidental en el conflicto. Eso nos convierte en objetivo prioritario. La incoherencia entre esta realidad militar y el discurso público de un gobierno que se muestra más hostil a Washington que a Moscú es exactamente el tipo de fractura que el Servicio A –y su heredero «la Compañía»– sabe explotar con maestría.

Bezménov dijo algo más en aquella entrevista que conviene recordar: «Para detener la subversión se necesita fe. No convertirse en víctima. No dejar que el enemigo use el propio movimiento contra uno mismo». El antídoto a setenta años de ingeniería de la destrucción no es el secreto ni la parálisis: es la claridad sobre lo que nos une, el anclaje en los valores que nos definen y la voluntad política de nombrar lo que está pasando por su nombre. Empezando por llamar a la guerra híbrida rusa por lo que es: no una provocación, no una anomalía, sino la continuación por medios actualizados de un manual que lleva operativo desde que el general Agayants instaló su Departamento D en Moscú en 1959.

  • Gustavo de Arístegui San Román es diplomático y fue embajador de España en la India
comentarios

Más de En Primera Línea

tracking

Compartir

Herramientas