Irán: el ocaso estratégico de un régimen acorralado
La sólida y educada clase media iraní, asfixiada por décadas de opresión, aguarda su momento. A quienes comparan Irán con Libia o Irak, les convendría visitar el Bazar de Teherán, sus universidades o sus ciudades para comprender que este país, a diferencia de aquellos, cuenta con una sociedad vibrante y preparada
Por su naturaleza, el régimen iraní, mal llamado teocrático, ha sido desde 1979 un actor central en la promoción del terrorismo global y la desestabilización de Oriente Próximo. Sin embargo, en los últimos dieciocho meses, su posición estratégica se ha deteriorado gravemente, enfrentándose a un entorno regional adverso, una pugna interna feroz y un temor creciente por su propia supervivencia.
Un tablero regional transformado
Los pilares del «eje de resistencia iraní», cuidadosamente tejidos desde la Revolución Islámica, han sufrido reveses devastadores. Hamás, seriamente debilitado, lucha por sobrevivir en la guerra de Gaza. Hezbolá, descabezado tras golpes quirúrgicos de Israel, se encuentra desorientado y con sus arsenales y moral en mínimos históricos. Los hutíes, por su parte, han sido severamente golpeados por las operaciones de Estados Unidos e Israel, limitando su capacidad de hostigar el tráfico marítimo en el Mar Rojo.
Sin embargo, la pérdida estratégica más grave para Teherán ha sido la caída de su aliado clave desde 1988: el régimen de los Al Assad en Siria. La desaparición de este socio crucial ha desmantelado la capacidad de Irán para proyectar su acoso militar contra Israel por tierra o en proximidad. Sin Siria como corredor logístico y base operativa, las ambiciones iraníes de mantener una amenaza directa en las fronteras de Israel se han desmoronado.
La brutal maquinaria represiva
En el frente interno, Irán vive una pugna de poder cada vez menos disimulada entre facciones del régimen, que podrían clasificarse, con cierta ironía, como los 'muy bestias' y los 'mega-bestias'. Cualquier otra opción, incluida la moderación, está excluida de la ecuación. El pilar de los más duros es el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (Pasdarán), que depende directamente del Líder Supremo y constituye una fuerza militar atípica. Con entre 150.000 y 200.000 efectivos, los Pasdarán no solo están mejor equipados que el ejército regular, sino que están profundamente fanatizados. Su misión es doble: proteger la ortodoxia del régimen, evitando cualquier desviación de su involución fanática, y proyectar el poder y el terrorismo iraní en el exterior.
Dentro de los Pasdarán, la Fuerza Al-Quds, con unos 15.000 efectivos, se especializa en operaciones terroristas internacionales, entrenando, armando, financiando y adoctrinando a grupos aliados como Hezbolá, Hamás o las milicias chiíes en Irak. A esto se suma la milicia voluntaria Basij, teóricamente compuesta por millones, pero con unos 200.000 activos dedicados a la represión interna, la delación y el control social. Junto a la Policía (NAJA) y el temido Ministerio de Inteligencia (MOIS o VEVAK), conforman uno de los aparatos represivos más brutales del mundo.
Para agravar la situación, los Pasdarán controlan entre el 35 % y el 40 % de la economía iraní, con intereses en sectores clave como el petróleo, las telecomunicaciones y la construcción. Esta omnipresencia económica asegura que sus garras estén profundamente clavadas en la sociedad, limitando seriamente la posibilidad de cambio desde dentro, aunque no es imposible.
¿Implosión o endurecimiento?
A pesar de 46 años de desgaste, desprestigio y barbarie, una implosión del régimen parece improbable a corto plazo. El hartazgo de la población es innegable, pero la maquinaria represiva y el control económico de los Pasdarán actúan como diques de contención. Si se produjera un cambio, lo más plausible sería un golpe palaciego que, lejos de liberalizar el sistema podría endurecerlo aún más, consolidando el poder de las facciones más radicales.
Una respuesta teatral
El régimen, consciente de su vulnerabilidad, ha optado por una estrategia de contención frente a los golpes recibidos. Su anunciada «respuesta implacable» a los ataques quirúrgicos de Estados Unidos contra instalaciones nucleares en Isfahán, Natanz y, especialmente, Fordow, resultó ser un ejercicio de teatro más propio de una ópera bufa que de una potencia regional. Este ataque, cuidadosamente calibrado y anunciado con antelación, buscó salvar la cara ante su base interna sin provocar una reacción devastadora de Washington. La prudencia iraní refleja un instinto de supervivencia que, como un fantasma en un castillo encantado, atormenta a los líderes del régimen.
La prudencia de Trump y el toque de atención de los ayatolás
Contrario a las predicciones de sus detractores, la política exterior del presidente Donald Trump ha mostrado una notable contención. Los ataques quirúrgicos contra las instalaciones nucleares iraníes, combinados con la clara advertencia de que Estados Unidos no seguiría golpeando salvo en caso de agresión directa, enviaron un mensaje inequívoco a Teherán. Los ayatolás, al ver «las orejas al padre de todos los lobos», parecen haber optado por andar con pies de plomo con los EE.UU.
El estrecho de Ormuz: un gesto vacío
El reciente voto del Parlamento iraní para cerrar el estrecho de Ormuz no es más que un gesto a la galería. De los 20 millones de barriles de petróleo que transitan diariamente por este paso estratégico, el 84 % se dirige a mercados asiáticos, principalmente China, India, Japón y Corea del Sur. Dado que el 45 % del petróleo que abastece a China proviene del Golfo, es inconcebible que Pekín permita a sus aliados iraníes jugar con su suministro energético, vital para su economía. Este amago, más retórico que práctico, subraya la impotencia de Irán para alterar significativamente el statu quo global.
Dejar que la fruta podrida se consuma
El régimen de los ayatolás, pese a su retórica grandilocuente, es una fruta podrida que se descompone lentamente. Su capacidad para proyectar poder regional se ha desmoronado, su maquinaria represiva sostiene un sistema cada vez más desprestigiado, y su miedo a la aniquilación le obliga a medir cada paso. La sólida y educada clase media iraní, asfixiada por décadas de opresión, aguarda su momento. A quienes comparan Irán con Libia o Irak, les convendría visitar el Bazar de Teherán, sus universidades o sus ciudades para comprender que este país, a diferencia de aquellos, cuenta con una sociedad vibrante y preparada para reclamar su futuro. La tarea de la comunidad internacional no es acelerar la caída del régimen, sino permitir que su propia podredumbre lo consuma, allanando el camino para que los iraníes recuperen su nación y su libertad.
Gustavo de Arístegui San Román es diplomático y fue embajador de España en la India