Sucinta memoria del rojerío
El rojerío atraviesa horas bajas. El sanchismo, tocado, Podemos, jibarizándose. La situación es apurada con la división en el inicial Podemos. Sánchez se inventó Sumar con el sí 'bwana' de Yolanda. No iba a ser la primera vez que fuese leal a sus protectores
El término «rojo» como referencia política fue común en la Unión Soviética, empleándose en el mundo y, referido a lo que nos afecta, en uno de los bandos de la España en guerra. En la Unión Soviética existieron el Ejército Rojo, la Guardia Roja, el Socorro Rojo, la Internacional Roja Sindical, y la Orquesta Roja, nombre con el que se conocía a las redes soviéticas de espionaje en Occidente. Las principales condecoraciones de la Unión Soviética fueron las Órdenes de la Bandera Roja y de la Estrella Roja, y la principal plaza de Moscú fue y es la Plaza Roja, símbolo de poder. Los sucesores del comunismo, que procedían de él, mantuvieron el nombre. Y también Putin, antiguo jefe de la KGB. ¿Imaginamos en Madrid una Plaza Azul? A Bolaños le daría un patatús.
El color rojo para identificar a anarquistas, comunistas y socialistas, tanto como a movimientos revolucionarios obreros, llega del siglo XIX. En España se consolidó en la Guerra Civil, pero lo heredamos mucho antes. Existían las Milicias Rojas que dieron lugar al Ejército Popular de la República, llamado Ejército Rojo por la prensa internacional. Y el Socorro Rojo, copiado del soviético, tuvo importantes secciones como el Socorro Rojo de Cataluña. Entre esos llamados rojos, con su militancia a cuestas, estaban quienes operaron en las truculentas checas, palabra importada también de la Unión Soviética, y quienes vertieron no poca sangre inocente en la retaguardia republicana. Para los muchachos de ahora estos recuerdos acaso suenen a chino, pero también que el máximo líder socialista de aquella época, Francisco Largo Caballero, que fue jefe de Gobierno, era conocido como 'el Lenin español'. Sánchez se declaró su seguidor; no ha debido leer sus discursos. O sí.
Pasadas ya la guerra y sus sobrevenidas secuelas, sobre todo se consideraba rojo al sectarismo de izquierda. Por el giro radical de su política, zigzagueante, pero sin perder su rumbo, Sánchez es un rojo de libro. Muchos años después surgieron, desde un extremismo bastante despistado, grupos del más añejo estilo que se presentaron como «nueva política». Cayeron en las contradicciones sempiternas del izquierdismo de pega. Un ejemplo: Iglesias critica la propiedad privada, pero vive en un casoplón campestre; condena el gran sueldo de los eurodiputados, pero su pareja lo cobra; ataca la enseñanza no pública pero sus hijos asisten a un colegio privado; no le gusta que las mujeres dependan de sus parejas, pero a él la suya le debe todo lo que fue en política y lo que es.
Viví acciones de la izquierda radical hace ya años. El movimiento 15-M, la acampada en Sol, los varios asedios al Congreso, y la actividad de Iglesias, reconocida por él, en un cerco a la sede del Partido Popular. En 2012 Iglesias calificó a la Policía de «matones al servicio de los ricos»; años después le escoltó. También aseguró sentirse «emocionado» al ver a manifestantes enfrentarse a la Policía con heridos en ambas partes, y más en la Policía. Ya con Podemos en el panorama nacional como partido, asistí a la puesta de largo del entonces líder radical en un desayuno de Nueva Economía Fórum en el Palace, plagado de empresarios y gente poderosa.
Personalmente respeto a Iglesias, pero discrepo firmemente de sus supuestos planteamientos políticos y de su hipocresía vital. Hay mucho de falso entre lo que proclama y su realidad. No olvido, lo conté alguna vez, un debate televisivo entre Iglesias y el historiador Fernando Paz. Se analizaban hechos relevantes de la guerra, y quedó demostrado que el político no pasaba del catón casero, mientras el historiador arrasó sus argumentos con datos inapelables. Iglesias acabó convirtiéndose en otra víctima electoral de Ayuso. Pueden citarse muchos ejemplos de representantes de la izquierda radical que, a veces, nos sermonean con ideas de parvulario como si hablasen ex cathedra. Y hacen el ridículo, pero no ante sus auditorios acaso tan ayunos de conocimientos reales como los personajes a quienes escuchan embobados. Ocurre hasta en el Congreso.
En la larga lista de eruditos a la violeta, feliz expresión acuñada por José Cadalso en 1772, podría figurar Marisu Montero cuando aseguró que González era el creador de la educación y la sanidad públicas. O Irene Montero y su teoría del «reemplazo»: «tras la regularización hay que hacer que puedan votar, reemplazando a tanto fascista, racista y vividor, gente que llegue ya sea china, negra o marrona (sic)» O Ione Belarra que negó la existencia de la Guerra Civil; dijo que fue un golpe de Estado y un exterminio. Ignoraba que el golpe fracasó y dio lugar a una guerra precisamente porque España estaba dividida políticamente en dos, las dos Españas del XIX. Otra de sus perlas fue pedir «que ardan las calles» ante alguna medida tímida del Gobierno sobre vivienda. O Yolanda Díaz, una clásica del disparate; cito cuatro ejemplos, pero podrían ser innumerables: «Vamos a acondicionar las condiciones meteorológicas a los puestos de trabajo», «mi objetivo es incomodar a los poderosos», «los ERTE no son parados», «Espartaco fue el primer sindicalista». También le faltan lecturas.
El rojerío atraviesa horas bajas. El sanchismo, tocado, Podemos, jibarizándose. La situación es apurada con la división en el inicial Podemos. Sánchez se inventó Sumar con el sí 'bwana' de Yolanda. No iba a ser la primera vez que fuese leal a sus protectores. Miremos al futuro. Es un tema que habrá que seguir tratando.
- Juan Van-Halen es escritor y académico correspondiente de la Historia y de Bellas Artes de San Fernando