'Calvosotelismo'
Calvo-Sotelo fue un hombre de Estado. Tenía aires de líder internacional, como los impecables que han residido en Matignon, Chigi o Schaumburg. Trabajó duro para el ingreso español en el Mercado Común de entonces, que se concretaría años después de su salida de la Presidencia
Se puede ser calvosotelista por recuerdo a don José o a don Joaquín. Yo lo soy también por don Leopoldo, el que fuera presidente del Gobierno y bastantes cosas más. Tuve el privilegio de tratarlo un poco en mis veraneos juveniles, y aún recuerdo su chispa y categoría. Con el tiempo, he podido conocer a la prole que el añorado dirigente y su gran mujer, doña Pilar Ibáñez-Martín, trajeron a este mundo. Son muchos, y todos buenos. Hacen honor a sus ilustres apellidos, al representar lo mejorcito en sus distintos afanes. Y lo hacen, además, sin darse demasiada importancia, lo que tiene doble mérito.
No es justo valorar a Leopoldo Calvo-Sotelo solo por el año y nueve meses de su estancia en la Moncloa. Aunque en tan corto espacio de tiempo le diera para desarrollar tantas iniciativas que todavía disfrutamos –nuestra entrada en la OTAN, el cierre del mapa autonómico o la normativa sobre los emblemas nacionales–, no debiera olvidarse su decisivo y prolongado servicio a España como ministro de Comercio, de Obras Públicas, de Relaciones con las Comunidades Europeas o como vicepresidente económico. Por no citar su función al frente de Renfe y en la empresa privada, o como diputado en el Congreso y el Parlamento Europeo.
Calvo-Sotelo fue un hombre de Estado. Tenía aires de líder internacional, como los impecables que han residido en Matignon, Chigi o Schaumburg. Trabajó duro para el ingreso español en el Mercado Común de entonces, que se concretaría años después de su salida de la Presidencia. No hemos vuelto a tener en ese puesto a nadie de su nivel. Y no solo por su intensa trayectoria institucional, sino por su extraordinaria personalidad.
Pedro Calvo-Sotelo, que se parece a su padre en sus andares, expresión e inquietud intelectual, cuenta en su formidable obra sobre las innumerables lecturas de su progenitor, que este solía repetir que se había dedicado a la política por simple curiosidad acerca de la España que le había tocado vivir. Ese hondo interés se extendió a diferentes ámbitos, desde el musical al filosófico, pasando por el histórico o el literario. Era un portentoso devorador de libros, que acumuló por miles que se conservan en sus bibliotecas de Madrid o Ribadeo. Es difícil encontrar en nuestra democracia a alguien con tanto prestigio que se haya consagrado a la cosa pública. Y reunido una cultura tan vasta y completa. Desde luego, no lo busquen en nadie que hubiera presidido el Ejecutivo, porque Calvo-Sotelo daba mil vueltas a los que ocuparon ese cargo antes y después de él. Fue un lujo disponer de su generoso concurso en nuestra administración y una lástima que las circunstancias de su partido no le permitieran prolongar su mandato.
Mi calvosotelismo revive hoy en los frutos de la saga, a los que presto atención. Por ejemplo, el que Pedro, embajador de España, ha dado al editor. Se titula Salir al mundo. Guía práctica de vida diplomática, pero es mucho más que eso. En ochocientas treinta y nueve notas abre en canal su oficio, incluyendo reflexiones de suma utilidad para el interesado en esa cuestión y para el que no lo es. Y lo hace con soltura, lenguaje cuidado y salpimentado de citas de quienes han pensado y visto bien el quehacer profesional del autor, al que ha destinado su existencia. Pedro aborda ahí otros mil y un asuntos, algunos de enorme calado. Las anécdotas que relata al hilo de los cometidos del funcionariado en el exterior, aunque parezcan orientadas a las nuevas vocaciones –a las que aconseja como a hijos–, añaden sabias enseñanzas de orden general, no pocas procedentes de clásicos del pensamiento, las letras o las artes. Es una auténtica delicia de texto, profundo y ameno, que descubre a una mente amueblada al más genuino estilo calvosoteliano. Estamos aún a tiempo de captarlo para responsabilidades de relieve, de las que saldríamos ganando.
Un veterano plenipotenciario me comentó un día que cuando alguien le venía con un problema en el extranjero, solía responderle «tomo nota». Y, si era grave, con un «tomo buena nota». Pero sin pasar de ahí. Seguro que eso jamás ocurrirá con estas fértiles consideraciones calvosotelistas de Pedro, que merecen tenerse muy pero que muy en cuenta.
- Javier Junceda es jurista y escritor