«Salou, la mejor playa de España»
Alguien sensato ha entendido que es mejor dirigirse al resto de los españoles amablemente y en su lengua que despreciarlos y alejarlos con muros excluyentes
Casi todos, incluso los que no somos muy playeros, tenemos un arenal favorito. La belleza del paraje importa, pero muchas veces nuestra elección responde más bien a motivos sentimentales. Si preguntásemos a Bieito Rubido cuál es la mejor playa de España, huelga decir que el embajador permanente de Cedeira ante todo el planeta se quedaría con una de su pueblo. Si le trasladase la cuestión a mi amigo José Manuel, tal vez citaría la Cortadura de Cádiz. Mi mujer, como buena donostiarra, elegiría la Concha (y de paso no perdería la ocasión de soltar su tradicional «es que donde esté Donosti…»). Y si me preguntasen a mí, quizá mentaría la playa de Mera (Oleiros), en su parte próxima a la villa blanca que la domina, por la sencilla razón de que por allí pasé muy buenos ratos en mi juventud (aunque el agua está a temperatura pingüino).
Al igual que en el resto de España, en Madrid llueve estos días como si fuese Cardiff y una cierta tristeza se apodera de muchos meridionales acostumbrados a la estimulante luz capitalina. Los que nos hemos criado bajo el agua no sufrimos tanto, pero aun así, sentí que se abría el día cuando, caminando bajo la lluvia madrileña, vi pasar un bus municipal engalanado con una enorme foto de las aguas clarísimas de una playa bruñida por el sol. Me llamó la atención la imagen y entonces me fijé en lo que anunciaba. «Salou, la mejor playa de España», rezaban unas grandes letras. Debajo aparecía una invitación al público de Madrid: «Ven y descúbrela».
Me quedé pensando: he aquí alguien inteligente, que se ha dado cuenta de que el afecto es un camino de ida y vuelta y que, si quieres que los españoles de todas partes que viven en Madrid te visiten, te tienes que dirigir a ellos en español y en tono amable.
El periódico 20 minutos ha invitado a sus lectores a elegir el mejor arenal de España y ganó la Playa Larga de Salou. El Ayuntamiento de la localidad tarraconense decidió aprovechar ese gancho para publicitarse y buscar visitantes del resto de España. Tal vez ese rapto de sentido común tenga que ver con que el alcalde de la localidad, Pere Granados Carrillo, nació en Albox (Almería) y sus padres emigraron, primero a Francia y luego a Cataluña, a donde llegó con nueve años.
Existe una importante cuestión en la que no se suele reparar: los primeros damnificados de la cerrazón excluyente del separatismo son los propios catalanes, antaño admirados en toda España y que ahora han perdido simpatías, y hasta oportunidades económicas. Muchos excelentes profesionales, que podrían aportar su talento a Cataluña, rechazan ir a trabajar allí porque no quieren soportar la murga nacionalista –que en Madrid se ahorran por completo–, ni que sus hijos tengan que hacer el sobreesfuerzo de hablar en catalán.
Un verano nos fuimos de vacaciones a la Costa Brava. Todo resultaba hermosísimo, sin duda. Pero me dije que no me volverían a ver por allí mientras no cambiase el clima político, porque me molestó ver esteladas y pancartas de aversión a España por todas partes y que muchas personas me hablasen en catalán –incluso con un puntito altivo a veces– cuando me dirigía a ellas amablemente en español. Yo no voy a un destino en mi país a sufrir, por bonito que sea, ni a soportar plomadas identitarias. Voy a disfrutar y a que me acojan bien.
El separatismo ha hecho un daño imperdonable a los catalanes al pasarse años insultando al resto de los españoles, señalándolos como unos pícaros gandules que robaban al probo pueblo de Cataluña. O tachándolos de gente tosca y polvorilla, carente del sagrado seny de la nación elegida. Por no hablar del cansino victimismo nacionalista, que oculta el dato de que no hay región que haya sido más primada por el Estado (desde el arancel textil que la puso en órbita a finales del XIX, a los Juegos de Barcelona, pasando por el detalle de que todas las financiaciones autonómicas han sido fijadas al dictado catalán).
Cataluña ha sido y es una parte importantísima de España y su contribución resulta fundamental. Pero en este siglo han aceptado ponerse un cepo en el pie al mostrarse ante el resto de España como un territorio hostil, empeñado en hipérboles «diferenciales» (por lo demás mendaces). Sacarte las orejeras y dirigirte a tus compatriotas españoles con los brazos abiertos y en el idioma que nos une a todos resulta bastante más rentable, honorable e inteligente que hacer el Junqueras y el Miriam Nogueras.
Estamos absolutamente imbricados. Nos unen siglos de historia común, por lo que el delirio xenófobo antiespañol es una estupidez. Y el que no lo crea, ahí tiene al seudo separatista Rufián, que ahora incluso pretende convertirse en la nueva Yolanda Díaz con tal de no tener que marcharse de un Madrid que lo fascina. El día que el partido lo haga regresar al paraíso identitario le dará una depre severa.