Hace falta un poco de tila
El experimento autoritario y guerracivilista del sanchismo, los efectos de internet y el auge de la demagogia populista nos han enfadado a todos más de lo debido
Los que estamos chiflados por la música sabemos que es de lo poco que jamás te fallará. Te pueden echar del trabajo, puede atropellarte una enfermedad traicionera, tu vida sentimental se puede desmoronar, tu equipo de fútbol puede bajar a Tercera y tus inversiones, hundirse… Tu mundo podría desplomarse, pero hay tres cosas que siempre seguirán contigo: Dios, el cariño de los que de verdad te aprecian y la música. Aunque todo se nuble, ahí estarán, siempre leales y a tiro de dedo en el móvil, Tomás Luis de Victoria, Keith Jarrett, los Beatles o el gigante Bach, en cuyas partituras algunos sabios creen haber atisbado el rastro de la matemática divina.
Por todo lo anterior ha resultado una delicia, un regalo, la conversación sobre música que han ofrecido dos eruditos en El Debate. Son el expolítico, jurista y melómano Alberto Ruiz-Gallardón —entre cuyos antepasados figura Albéniz y que fue en su hora un niño cantor que entonó en el Palacio Real La Pasión según San Mateo—; y César Wonenburger, que es hoy el gran crítico musical español (entre otras cosas porque tiene la rara costumbre de decir la verdad).
Su charla es un ejemplo de la maravilla que supone la alta cultura cuando se despliega con claridad y sin pedantería. Dos personas que han dedicado toda su vida a estudiar y disfrutar de una materia han compartido con el público su entusiasmo y sus reflexiones, con un lenguaje rico y variado —extinto ya en nuestra política—, con sutiles pinceladas de humor y con un pensamiento articulado.
Pues bien, una vez publicado el vídeo de la encantadora charla, una conversación blanca que es un ejemplo de civilización, faltó tiempo para que cuatro o cinco energúmenos se lanzasen en los comentarios al gaznate de Gallardón, anulándolo en los términos más duros e intransigentes por su pasado político (donde, por cierto, obtuvo en su hora un notable respaldo electoral del pueblo libre y soberano). Es decir, un melómano se pone a hablar de música y de inmediato se le niega el derecho a ello por razones de fobias ideológicas. La persona queda anulada si no piensa como tú.
Es una anécdota, pero indicativa de un problema del tiempo presente: estamos demasiado enojados y sumidos en una creciente intransigencia, y me incluyo. Jamás había visto el temor generalizado que observo ahora a hablar de política en círculos familiares y amistosos. Se teme que, si sale «el tema», habrá gresca gorda. De política, mejor no hablar. Las disputas en la sociedad catalana por la lacra nacionalista, y los silencios obligados en el País Vasco durante tantas décadas de puro miedo, se han extendido ahora por toda España. Impera el esquema mental de «al enemigo, ni agua» y hasta se llega al extremo de rechazar por ideología el tomarte una caña con una persona.
Esta furia doctrinaria que nos salpica a todos creo que atiende a cuatro razones: 1.- El guerracivilismo y la situación de anomalía política provocadas por Sánchez, un irresponsable que ha dividido a conciencia a la sociedad española e intenta aferrarse al cargo bajo el lema «lo que sea con tal de que no gobierne la derecha». 2.- Los cambios psicológicos que han provocado internet y las redes, foros de reafirmación férrea de tu punto de vida, donde se niega cualquier posibilidad parcial de acierto a todo aquel que no piense igual que tú. 3.- Los populismos milagreros de izquierda y derecha, que parten de que son infalibles, de que ellos encarnan a todo el pueblo y de que el adversario es el enemigo, al que se le niega incluso su derecho a existir. 4.- El deterioro de la institución de la familia, lo que empeora la educación, y con ello, el civismo y la cortesía.
Imagino que algún día llegarán tiempos más serenos. Pero hoy la moderación, la conversación basada en hechos y la discusión respetuosa no venden un peine. Donde esté un buen insulto…