Cazar es enseñar
Solo espero que el profundo desconocimiento que estos políticos demuestran sobre lo que realmente significa esta actividad, y sobre su hondísimo arraigo cultural, social y familiar, acabe volviéndose en su contra y no les deje más opción que rectificar
Soy consciente de que este diario cuenta con una sección de Campo y Caza en la que voces mucho más autorizadas que la mía analizan la actualidad cinegética. No obstante, y aunque me siento mucho más cercano a lo que defendía Alfonso Ussía en su artículo Fusilamiento, donde se declaraba partidario de la «caza cómoda, de las buenas monterías, de las casas acogedoras, de las migas para desayunar y del cocido madrileño para comer», me veo en la obligación de expresar mi opinión ante un planteamiento que, de llegar a materializarse, supondría sin duda la extinción de una actividad que he practicado toda mi vida y que, sencillamente, me encanta.
Hace apenas unos días hemos sabido que el Ministerio de Juventud e Infancia (sí, existe un ministerio con ese nombre) pretende impedir que los menores asistan a jornadas de caza mediante una reforma de la Ley Orgánica de Protección Integral a la Infancia y la Adolescencia frente a la Violencia. La ministra Sira Rego (sí, también tenemos una ministra que se llama así), ya sea en busca de una efímera cuota de visibilidad mediática o siguiendo un planteamiento ideológico mucho más profundo, aspira de este modo a erradicar una tradición tan antigua como nosotros mismos.
Algunos de ustedes podrían pensar que una ocurrencia tan hiperbólica no tiene cabida en el más elemental sentido común. A esos pocos incrédulos que aún quedan les invito a repasar el decretazo de regularización de inmigrantes ilegales de la semana pasada. Con un gobierno amordazado y encadenado, todo es posible. A diferencia de Julio César, Pedro Sánchez cruzó hace tiempo el Rubicón, solo que lo hizo por la puerta de atrás. Hoy no gobierna: prende fuego a Roma.
Sinceramente, no sé si esta medida llegará finalmente a prosperar, pero lo cierto es que me preocupa, y mucho. La auténtica caza no se entiende sin la transmisión a nuestros hijos, desde la más tierna infancia, de un sistema de valores donde el respeto al campo y a los animales ocupa un lugar irrenunciable. Y eso, o se aprende desde niño, o difícilmente se interioriza después.
Cada vez es más frecuente toparse con tiradores profesionales de nuevo cuño cuyo único objetivo es matar: cuantos más y más grandes, mejor, con el peligro que ello entraña tanto para el campo y los animales como, por supuesto, para los propios cazadores. Precisamente por eso, enseñar a nuestros hijos a templar el impulso, a dominar la adrenalina y a evitar imprudencias en el campo es tan consustancial a la caza que, si se arranca de raíz, se habrá acabado con los auténticos cazadores: aquellos que, tras una vida de aprendizaje, entienden la actividad cinegética como un privilegio que va mucho más allá de colgar trofeos en una pared.
Y con esto no pretendo herir susceptibilidades, que en la caza son muchas y muy variadas. Con la actividad cinegética ocurre algo parecido a lo que sucede, por ejemplo, en el golf o en el tenis: basta con observar un instante para distinguir quién adquirió el swing desde niño y quién no. ¿Se puede llegar a jugar muy bien empezando más tarde? Sin duda. Pero lo aprendido en la infancia siempre aflora con una naturalidad espontánea.
Si se nos arrebata a los niños de la actividad, se nos arrebata la actividad misma. No habrá futuro para la caza tal y como hoy la entendemos, por no mencionar los enormes daños económicos que una medida tan contundente como absurda puede causar al medio rural a medio y largo plazo.
No nos engañemos. Aunque este proyecto pueda parecer ridículo, para quienes lo impulsan no lo es en absoluto. El error habitual consiste en minusvalorar al adversario político creyendo que todo responde al mero oportunismo o directamente a la idiocia. Conviene recordar, sin embargo, que la ministra Rego militó durante años en el Partido Comunista antes de incorporarse a Sumar, una tradición ideológica que nunca se ha distinguido por su apego a la libertad individual y que sigue teniendo, como vemos, su propia agenda.
Solo espero que el profundo desconocimiento que estos políticos demuestran sobre lo que realmente significa esta actividad, y sobre su hondísimo arraigo cultural, social y familiar, acabe volviéndose en su contra y no les deje más opción que rectificar.
La caza se aprende y se enseña. En eso reside su esencia, y por eso hay que defenderla.
- Gonzalo Cabello de los Cobos es periodista