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en primera líneaGonzalo Cabello de los Cobos

El 'wokismo' contra Harry Potter

Como comprenderán, no voy a entrar al trapo del «eres un racista» o «eres un machista». Estoy francamente cansado de sandeces de este tipo que no se sostienen. Yo, al igual que millones de personas, solo pido una cosa a las adaptaciones de obras originales: coherencia. Y, si no es mucho pedir, cohesión

Con la Navidad muy cerca, mi corazón, siempre generoso en estas fechas, está dispuesto a perdonar ciertas cosas. Por ejemplo, que Madrid se parezca más a un campo de batalla que a una ciudad, o que ir a por pan se haya convertido en una aventura trepidante, sorteando turistas, glovers, riders y toda suerte de fauna urbana deseosa de arruinarse en diciembre para quejarse amargamente en enero.

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El Debate (asistido por IA)

Lo que no perdono es que manipulen una obra literaria que me importa y la conviertan en una cagarruta woke. Ha ocurrido con demasiada frecuencia durante la última década, aunque, por suerte, la mayoría de estos experimentos de ingeniería cultural y adoctrinamiento de masas han terminado en un fracaso estrepitoso.

Lo hemos visto, por ejemplo, en la última «reinterpretación» de Blancanieves o en la lastimosa versión que Amazon Prime hizo del universo Tolkien en Los anillos de poder. Esta última me dolió especialmente porque, siendo un lector fervoroso del genial autor británico, esperé la serie con verdadera ilusión… hasta que vi el primer capítulo. Confieso que llegué a terminar la primera temporada, pero la decepción fue tan mayúscula que ni por asomo me planteé ver la segunda. Imposible. El tufillo de cuotas insertadas con calzador estaba por todas partes y lo que fue concebido y escrito como algo épico terminó convertido en un producto banal, como si lo hubieran fabricado sin pensar mucho en una cadena de comida rápida. Una verdadera pena.

Y ahora le llega el turno a Harry Potter. Y eso, sinceramente, también me toca de lleno. Cualquiera que me conozca sabe el enorme cariño que tengo por esa historia. Harry Potter es una de las razones por las que empecé a leer con voracidad: gracias a esa saga comprendí que la lectura puede ser un refugio, una forma de escapar, aunque sea por un rato, de este a veces desagradable lugar. Fue un compañero cuando lo necesité y una puerta de entrada a muchos otros mundos que vinieron después.

Por eso, ahora, cada vez que aparece alguna noticia sobre la nueva adaptación en formato serie que prepara HBO sobre las aventuras del niño mago, mi cabreo va en aumento.

Para empezar, estamos ante una producción que considero completamente innecesaria. La última película, Harry Potter y las reliquias de la muerte: parte 2, se estrenó en 2011; es decir, ni siquiera ha pasado década y media. ¿De verdad se ha quedado tan anticuada como para justificar una nueva adaptación? No lo creo.

Pero el negocio es el negocio, eso también es verdad. Harry Potter sigue teniendo millones de seguidores en todo el mundo. Y claro, HBO no es cualquier cosa: ha pensado que los nuevos niños son igual de rentables, o incluso más, que los que ahora somos padres. Así que nada, a por ellos.

Y entonces, como digo, los rumores empezaron a tomar forma. Al principio se hablaba de una adaptación fiel de los libros y, claro, todos tan felices. A cualquiera que adore una historia, por muy innecesaria que sea su enésima adaptación, siempre le ilusiona que le den un poquito más, aunque ya se la sepa de memoria.

Pero luego llegaron las polémicas con J. K. Rowling, la autora de la saga, que, en un ataque de libertad de expresión intolerable según los estándares morales de la Inglaterra de hoy, tuvo la osadía de dar su opinión sobre la comunidad trans. Entre otras cosas, se permitió decir: «me niego a someterme ante un movimiento que, creo, está causando un daño demostrable al intentar erosionar a la mujer como clase política y biológica y al ofrecer cobertura a depredadores como pocos lo habían hecho antes».

Pueden hacerse una idea del contratiempo que esta frase supuso para los socialmente hipersensibilizados creadores de la serie. Estoy convencido de que algún lumbreras de pelo morado tuvo a bien poner sobre la mesa los problemas que tendría la producción si no intentaban separar la imagen de la cancelada J. K. Rowling de la de Harry Potter, como si eso fuese remotamente posible. Pero ya saben: la estupidez humana, como ustedes bien conocen, no tiene límite, y ante la posibilidad de herir algún delicado corazón woke, los ejecutivos empezaron a dar la razón a los pelos morados y se lanzaron nuevamente a la piscina de lo políticamente correcto.

Y el resto será historia, ya verán. Como dicen los americanos, «Go Woke, Go Broke», o lo que es lo mismo, hazte woke y prepárate para arruinarte. Casos hay para aburrirse.

Para empezar, uno de los personajes troncales de la novela, Severus Snape, a quien Rowling describe como pálido y cetrino, y que en las películas fue interpretado por un actor blanco y extremadamente pálido, ahora será encarnado por Paapa Essiedu, un actor de raza negra. Esto ya está confirmado. Y para seguir, desde hace un par de meses circula el rumor de que el gran antagonista de Harry Potter, Lord Voldemort, podría ser interpretado por una mujer. Es decir: un personaje esencial del libro que se llama Tom Marvolo Riddle (más tarde Voldemort) va a pasar a llamarse Tomasa. Es muy poco serio. No estás cambiando a un personaje secundario sin más: estás cambiando la propia naturaleza de la historia.

Como comprenderán, no voy a entrar al trapo del «eres un racista» o «eres un machista». Estoy francamente cansado de sandeces de este tipo que no se sostienen. Yo, al igual que millones de personas, solo pido una cosa a las adaptaciones de obras originales: coherencia. Y, si no es mucho pedir, cohesión.

Me da igual que el actor sea blanco, negro, rojo o fosforito, siempre y cuando tenga sentido dentro de la historia. Lo que no estoy dispuesto a tragar es que nos encasqueten cambios forzados que no solo no aportan nada, sino que directamente empobrecen la historia original.

Admiro profundamente el trabajo de los buenos actores y creo que se les hace un flaco favor, exponiéndolos así a la indignación generalizada que inevitablemente provoca tocar algo tan querido por millones de personas como Harry Potter. Me parece injusto para ellos, y me preocupa sobre todo por los niños que darán vida a los personajes principales, especialmente Harry, Ron y Hermione, que no se merecen la marea de odio que les caerá encima cuando la serie se estrene.

Entiendo que, para la ideología woke que todavía domina los grandes estudios y plataformas de streaming, la oportunidad de manipular de forma masiva a toda una nueva hornada de niños resulta demasiado tentadora como para dejarla pasar. Pero lo que quizá no han calibrado del todo es que esos niños a los que se dirigen son hijos de quienes crecimos leyendo Harry Potter y vimos las películas originales. Y somos nosotros, no ellos, quienes tenemos la potestad de decidir qué ven nuestros hijos y qué no.

No me atrevo a afirmar con rotundidad que la serie será un fracaso, pero sí me atrevo a vaticinar que, si todos estos cambios se confirman (solo he mencionado alguno, pero imagínense los giros de guion que seguro nos tienen preparados una vez avance la trama), difícilmente alcanzará el éxito arrollador que lograron los libros y las películas. Y eso, por mucho que después intenten maquillarlo o reescribirlo, su especialidad, se traducirá en pérdidas millonarias. Veremos.

  • Gonzalo Cabello de los Cobos es periodista
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