Niños, móviles y lobotomía generalizada
Volvamos a fomentar los juegos y la lectura, las construcciones y la creatividad. Hagamos que nuestros hijos desarrollen su imaginación y no los entreguemos, conscientemente, a los leones de las redes sociales y de la cultura 'mainstream'
Cada día soy más consciente de lo nocivos que son los móviles. Se han convertido en una lacra omnipresente, difícil de combatir, que nos afecta a todos. Si no fuera porque mi trabajo depende de él, hace tiempo que habría lanzado el mío por la ventana. Deshacerme del aparato se ha vuelto un deseo que crece en mí con la misma intensidad que las ganas de que me toque la lotería o de que Irene Montero guarde un discreto silencio. Pero las fantasías, salvo, por supuesto, las exitosas y siempre ejemplares utopías socialistas, suelen quedarse en los libros de texto.
Entiéndanme: echo de menos el mundo en el que crecí, aquel en el que los niños éramos niños y jugábamos a cosas de niños. No como ahora, que los niños juegan a ser padres y los padres juegan a ser niños. Y esto, que es una realidad palmaria, le parece normal a casi todo el mundo. A mí no.
Cuando vuelvo a casa después del trabajo o de una cena, siempre me encuentro al mismo grupo de chavales. Mismo corte de pelo y misma expresión de pánfilos. No entiendo cómo sus padres no les han advertido de que llevar un nido de cigüeña sobre la cabeza quizá no sea lo mejor para las cervicales a largo plazo. Pero su plan nocturno no mejora precisamente su estilo cigüeñil. Se sientan en un banco, vapeando nubes densas de humo artificial, mientras contemplan en silencio sus móviles. Es triste. De vez en cuando, alguno rompe la quietud zombi con un «¡Mira esto, bro!», o un «No me rents, bro», y el resto asiente como si aquello escondiera una revelación filosófica.
Y no digo que nosotros fuéramos mejores. Probablemente, cuando yo tenía catorce años, los cuarentones nos miraban y pensaban exactamente lo mismo. Pero nosotros, al menos, mirábamos a la cara a nuestros amigos y hablábamos con frases un poco más largas. En definitiva, éramos más conscientes del entorno. Lo vivíamos.
¿Por qué vivimos encadenados a un aparato? ¿En qué momento dejamos que ocurriera? Recuerdo que, cuando era pequeño, para hablar con un amigo tenía que llamar al fijo de su casa, y aquello era como jugar a la lotería: podía contestar cualquiera y nunca sabías qué personaje te encontrarías al otro lado. Incluso cuando querías ligar pasaba algo parecido: si te gustaba una niña, llamabas a su casa y corrías el riesgo de enfrentarte a hermanos o padres con ganas de pasarlo bien a tu costa antes de llegar a ella. Entre unas cosas y otras, hablar con alguien era una pequeña aventura compartida, con público alrededor y una emoción que hoy, con tanta pantalla, hemos perdido por completo.
Ahora los niños tienen acceso inmediato a un universo oscuro y perverso sin ningún tipo de supervisión. Quedan, hablan y se relacionan con desconocidos sin que nadie pueda evitarlo, por muchos filtros que nos creamos que tienen. Consumen mundos irreales creyendo que algún día podrán habitarlos y, cuando descubren que son inalcanzables, la frustración estalla y reaccionan de formas tan dispares como peligrosas.
¿De quién es la culpa? No lo sé. De todos y de nadie, supongo. Pero que no sepamos señalar al culpable no hace que el problema sea menor. Si fuéramos como Irene Montero, volviendo a mi pensadora de referencia, ya sabríamos que todo es responsabilidad de la judicatura patriarcal y machista que, incomprensiblemente, se dedica a hacer cumplir la ley. Pero no todos somos tan listos ni tan comunistas como ella.
Si todavía están a tiempo de hacer algo, háganlo. Sé que cuesta llegar agotado a casa y ponerse a trabajar en los hijos, pero merece la pena. Lo fácil es darles una pantallita para que se queden embobados, pero eso, a la larga, solo les hará daño.
Volvamos a fomentar los juegos y la lectura, las construcciones y la creatividad. Hagamos que nuestros hijos desarrollen su imaginación y no los entreguemos, conscientemente, a los leones de las redes sociales y de la cultura mainstream, cuyo único objetivo es engancharlos como a yonquis para seguir amasando dinero mientras lobotomizan, literalmente, a generaciones enteras.
Australia ya ha prohibido el acceso a las redes sociales a menores de 16 años y los grandes gerifaltes de la tecnología han empezado a enviar a sus hijos a colegios analógicos, casi sin acceso a la tecnología. Debemos ser conscientes de que lo que estamos consintiendo hoy nos pasará factura mañana en forma de aberraciones de las que todavía no somos conscientes.
Dejemos a los niños ser niños. Ese sería un gran comienzo para revertir esta locura. Ahora que se acerca la Navidad es un buen momento para empezar.
- Gonzalo Cabello de los Cobos es periodista