De Azaña a Sánchez, nuestro Kerenski
También lamenta el cronista ampurdanés que «los españoles sólo podemos ser perseguidores y perseguidos», y asevera: «Se ha comprobado una vez más que si destruir está al alcance de todas las inteligencias, conservar es lo más elevado y noble que se puede hacer en este mundo»
Josep Pla es uno de los más sagaces, inteligentes y literariamente pulcros cronistas del siglo pasado. Escritor en catalán y castellano, desde que le descubrí muy joven no he dejado de aprender en su obra, amplia, diversa y siempre con aportaciones de humor, sencillez y claridad. Destaco El cuaderno gris, en la gran traducción de Ridruejo, y muchas páginas de sus Obras Completas, 47 volúmenes. De su producción literaria, seis décadas de trabajo y más de 30.000 páginas, nada sobra.
En esta ocasión me acojo a Madrid. El advenimiento de la Republica, nacido en su etapa de cronista parlamentario en Madrid. En 1925 había publicado sus primeros libros, Coses Vistes y Russia, este último tras pasar un tiempo en Moscú en casa de Andreu Nin, luego fundador del trotskista POUM, desollado y asesinado por agentes soviéticos, por orden de Stalin, en Alcalá de Henares en junio de 1937. Se desconoce dónde están sus restos. La peripecia vital de Nin merece atención.
El ampurdanés nos cuenta magistralmente la llegada de la República con la tragicómica ocupación del Ministerio de la Gobernación, hoy presidencia de la Comunidad de Madrid, por Miguel Maura, que se presentó ante el subsecretario y los atemorizados funcionarios como ministro del Gobierno Provisional sin serlo, mientras un Azaña pálido y sudoroso, se mostraba extraño y confundido ante lo que, de hecho, no era sino un golpe de Estado.
Pla estaba en Madrid como enviado de La Veu de Catalunya. Es curioso repasar sus opiniones de observador directísimo cuando vivimos una sublimación angelical de aquella República, a la que la izquierda atribuye una normalidad democrática que no tenía. Ganadas las elecciones por el centro-derecha en 1933, Pla opina: «El señor Azaña y sus amigos (se refiere a los socialistas) creen que por el hecho de no gobernar ellos ya no existe la República». Es esa supuesta inevitabilidad moral de que lo que no es socialismo o izquierda no es democracia, por lo que se atribuye una especie de derecho indiscutible a gobernar. O ellos o la nada.
Más de Pla sobre Azaña: «Es un hombre que improvisa, que se abandona a la corriente más favorable, que disimula su vaciedad esencial, su falta absoluta de plan» y «Azaña duda de todo, por eso los extremismos no hubieran podido desear nada mejor que encontrarse con un Kerenski de Alcalá de Henares al frente del Gobierno». Kerenski propició, sin tener ni firmeza ni altura de miras para evitarlo, el golpe de Estado de Lenin que llevó a Rusia a la dictadura soviética. Desde una realidad calcada, Sánchez no lo evitaría; acaso lo promovería.
Insiste Pla en la política vacía y peligrosa de Azaña y sus aliados socialistas: «A través de los enjuagues parlamentarios, el procedimiento para implantar su política se convertirá en un enorme excitante de las pasiones nacionales (...) y hará correr mucha sangre», Según Pla: «Se olvida de que la primera finalidad de un Estado como organismo de la vida en común es evitar que se devoren mutuamente los ciudadanos» ¿A quién nos recuerda estos juicios? Se lamenta Pla de un Estado «considerado como un establecimiento de beneficencia formidable» porque «estamos haciendo una política de país rico», y se pregunta: «¿Y quién paga todo esto?». Sobre la falta de autoridad del Gobierno, escribe: «Los hombres se gobiernan manteniendo, sobre los intereses opuestos, una autoridad permanente». Estas realidades y carencias nos trasladan a la actualidad.
También lamenta el cronista ampurdanés que «los españoles sólo podemos ser perseguidores y perseguidos», y asevera: «Se ha comprobado una vez más que si destruir está al alcance de todas las inteligencias, conservar es lo más elevado y noble que se puede hacer en este mundo». Inevitable recordar a Sánchez. El mayor destructor de pactos, acuerdos y compromisos, abriendo brechas y creando problemas dónde no los había. Inolvidable aquél «No es no ¿Qué no entiende?».
En abril de 1936 vuelve Pla a Barcelona y lo que teme no es un levantamiento militar sino la revolución que había anunciado Largo Caballero en incendiarios discursos si el Frente Popular ganaba las elecciones. Escribe Pla: «He vuelto de Madrid enormemente preocupado porque la revolución y la guerra civil son inminentes». Y apostilla: «La atmósfera de Madrid es asfixiante». Él había vivido la revolución de Asturias en octubre de 1934. Socialistas, comunistas y anarquistas contra un Gobierno de centro-derecha salido de las urnas. ¡No soportaban ministros de la CEDA, que había ganado las elecciones!
La tragedia de la experiencia republicana de 1931 se alza en que la izquierda moderada y el socialismo moderado quedaban en las orillas y el torrente de los extremismos arrasaba todo a su paso. Largo Caballero, «el Lenin español», había anunciado en un discurso electoral, en febrero de 1936: «La clase obrera debe adueñarse del poder político convencida de que la democracia es incompatible con el socialismo» y «la clase obrera tiene que hacer la revolución; si no nos dejan, iremos a la guerra civil». Así estaban las cosas y lo peor es que, de alguna manera, así están.
Pla fue observador y notario de un periodo convulso en magníficas crónicas, hoy frescas y actuales. Pasó el tiempo y, ya en la Transición, Plá recoge en sus Notas del capvesprol, en 1979, que la izquierda «se mantiene como siempre en su ignorancia antediluviana» (…) Quieren ante todo ganar las elecciones y, una vez sentados en sus poltronas, hacer todo lo contrario de lo que han prometido». Pla nunca perdió olfato.
- Juan Van-Halen es escritor y académico correspondiente de la Historia y de Bellas Artes de San Fernando