Tolerancia cero
Hemos conocido, a través de unos mensajes redactados con una grosería que avergüenza mencionar, que varios expertos de la REE alertaron sobre la inminencia del desastre. No se les hizo caso, para qué. Ha pasado un año y nadie ha dimitido –¿dimitir, ha dicho usted?– ni respondido por aquel cúmulo de errores
La postura oficial a propósito del «caso mascarillas», cuyo juicio se inició el día 7 de abril en el Supremo, se ha concretado en una precisa, clara y rotunda declaración sobre la actitud del Gobierno en ese y otros temas: «tolerancia cero». Es la misma posición que Moncloa ha mantenido respecto de una serie de episodios bochornosos, de los que voy a mencionar, muy brevemente, sólo tres.
1.-El 28 de abril del pasado año, me encontraba, con mi esposa, en nuestro apartamento, situado en una tercera planta. Bajamos a la calle y, al atravesar por el primer semáforo, vi que la luz no funcionaba. Una avería puntual, pensé yo. Luego supe la verdad: era el «apagón», el corte de fluido que afectaba al país entero. Por sólo unos segundos, el fallo no me había sorprendido en el ascensor. Me adornaban entonces noventa años (ahora calzo un añito más) y me dan escalofríos sólo de pensar que pude quedarme suspendido entre dos pisos durante horas, a mi edad, cuando se fue la luz.
Otros tuvieron menos suerte. Sobre todo, los que estaban recibiendo cirugía o tratamientos delicados, en centros de salud donde no se disponía de grupos electrógenos o ayudas supletorias para casos de emergencia, y pagaron con su vida aquella gran calamidad. ¿Fueron muchos, fueron pocos? Nunca lo sabremos. Hemos conocido, a través de unos mensajes redactados con una grosería que avergüenza mencionar, que varios expertos de la REE alertaron sobre la inminencia del desastre. No se les hizo caso, para qué. Ha pasado un año y nadie ha dimitido –¿dimitir, ha dicho usted?– ni respondido por aquel cúmulo de errores. Ni por sus fatales consecuencias, víctimas mortales incluidas. En cuanto a las máximas autoridades, sólo se han limitado a conservar sus bien pagados puestos y mantener, con la ya consabida contundencia, la cansina cantinela: «tolerancia cero».
2.-El 18 de enero de este año tuvo lugar la tragedia ferroviaria de Adamuz. Aquí sí sabemos el número de fallecidos: 46. Y, de la mano de expertos competentes y honestos, vamos conociendo el conjunto de errores, falsedades y culposas actitudes («negligencias criminales», opinaba ayer un analista) que se fueron sucediendo, increíbles en pleno siglo XXI. Y eso en un país que llegó a disponer del sistema de Alta Velocidad más moderno, eficiente y confortable de toda Europa. Hoy, gracias al esfuerzo y a la profesionalidad de los especialistas, y frente al muro de silencio y disimulos tras el que se ha querido encubrir esta tragedia, vamos conociendo la verdad.
Y esa verdad acabará por poner sobre la mesa –de eso no les quepa duda– las responsabilidades que se vienen ocultando, incluso las penales. El momento llegará, inexorablemente, una vez que la magistrada que actualmente instruye el caso acabe de reunir las pruebas, informes, testimonios y evidencias para esclarecer todo lo que afecta a este tremendo drama. Y por mucho que los encargados del «relato» estén ya manipulando las pruebas conocidas y las que se han de revelar, pasarán por el banquillo quienes, de acuerdo con la ley, deban pagar por todo esto. Ya no cuela que vuelvan a escudarse en la manoseada consigna: «tolerancia cero».
3.-El tercer punto que deseo analizar es el ya citado al inicio de este artículo: el «caso de las mascarillas». Tenemos tema para rato, así que sólo voy a presentar mis primeras impresiones. Vaya por delante que, para una persona que comparte los principios que gobiernan nuestra democracia europea y occidental, es duro tener que trapalear por semejante cenagal. Pero es lo que hay. Afortunadamente, el tema no afecta al presidente del Gobierno, que, como declaró ante la comisión del Senado, según creo recordar, apenas conocía al ministro Ábalos y sólo tuvo algún contacto ocasional con el otro imputado, señor Koldo García. Menos mal.
Como digo, estamos al comienzo de un proceso que se va complicando con el paso de las horas. El primer día, comparecieron unas chicas que manifestaron que habían recibido prebendas sustanciosas, en pisos gratuitos y en dineros, además de unos puestos de trabajo «liberados»: no tenían que pasar por el engorro de tomar asiento en la oficina. Esa lata. Una no quiso precisar cómo llenaba sus horas; la otra sí lo dijo: leía libros de trenes. Mire, en eso me supera. Yo, que me he echado al coleto unas tres mil novelas, desde mi primer Salgari hasta mi último Pérez-Reverte, pasando por las cien de mi amigo y paisano Juan Eslava Galán, jamás he leído un libro de trenes.
El segundo día fue abundoso en testimonios sobre bolsas con billetes, comisiones millonarias, envíos a ultramar y otras minucias que se irán manifestando. Y asomó la oreja la financiación irregular. Ahí sí vimos algo muy revelador en otro foro, al margen del Supremo, pero coincidente en el tiempo. Fue el gesto de su señor que, a pesar del ejercicio habitual de transparencia y colaboración con la justicia que practican todos los sanchistas cuando son interrogados –«me acojo a mi derecho a no declarar»–, dejó ir ante la Comisión una suave cabezada de tenue asentimiento, cuando se le preguntó por el destinatario de unos cuantiosos fondos.
Y es que sobre la financiación irregular de los partidos hay mucha tela que cortar. Recuerdo que, durante mi estancia como embajador en Canadá, se produjo la incriminación del Canciller Kohl por apoyo ilegal a la CDU. Todavía tengo en la retina la imagen de aquel gigante (en todos los sentidos), postrado en una silla de ruedas, con un rictus de amargura reflejado en su rostro envejecido. «¿Cómo es posible que los tribunales hayan condenado al canciller más importante desde los años de Adenauer, por algo de lo que no es directamente responsable?», pregunté a mi colega alemán. «¿Sabes por qué?, porque en mi país nadie puede estar por encima de la ley. Ni siquiera él». Qué envidia. Esa es la respuesta que da la democracia cuando hay financiación bajo cuerda y sobres con «chistorras» de por medio. Aquí no lo hemos exigido ni lo vamos a exigir. Sólo nos limitaremos a aplicar, de forma muy solemne y contundente, el lema de siempre: tolerancia cero.
Y termino. Otro día les hablaré de los etarras que, condenados a cientos de años de cárcel por crímenes abominables, niños incluidos, se pasean tranquilamente –esa infamia pactada– por las calles de San Sebastián. Son ya varios, y los que se van añadiendo cada día. También a ellos, como en los casos precedentes que acabo de mentar, los que mandan les aplican la doctrina de moda: tolerancia cero.
- José Cuenca es embajador de España