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En primera líneaPedro Fuentes

El fracaso de una sociedad

Mientras la naturaleza renace, mientras la luz vuelve a imponerse sobre el invierno, una vida se apaga por decisión propia, aceptada por una sociedad que ha normalizado la desesperanza. No es solo un acto individual, sino el reflejo de un fracaso colectivo

Escribir desde las lágrimas cuesta. A muchos no les gusta, pero hay que hacerlo. A izquierdas, derechas y «emperadores», no les gusta oír cuando se dice que no se puede vivir sin Dios. Deberíamos tener un gran funeral de Estado bajo la fe.

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epEl Debate

En una sociedad que ha decidido construirse al margen de toda fe espiritual, los cimientos, aunque aparentemente sólidos, comienzan a mostrar grietas invisibles pero profundas. Se ha privilegiado lo inmediato sobre lo trascendente, lo material sobre lo esencial, y en ese proceso silencioso se ha ido desdibujando el sentido último de la vida.

No se trata únicamente de religión en su forma institucional, sino de la pérdida de una dimensión interior que daba orientación, consuelo y propósito. El resultado es una cultura que avanza tecnológicamente, pero que retrocede en su capacidad de responder a las dudas fundamentales...

¿Para qué vivir?

¿Qué significa sufrir?

¿Dónde encontrar esperanza?

Los jóvenes, especialmente, son quienes más acusan este vacío. Crecen en un entorno saturado de estímulos, de posibilidades y de discursos sobre la libertad... También de ausencia.

Carecen de un horizonte que dé sentido a sus decisiones. Tienden a construir su identidad sin espiritualidad, sin raíces, sin tradición, sin una narrativa que los sostenga en momentos de crisis. Y cuando llega el dolor –inevitable en toda vida humana– no encuentran herramientas espirituales para atravesarlo.

Así, la ansiedad, la soledad y la sensación de desorientación se convierten en compañeros habituales de una generación que, paradójicamente, lo tiene todo menos certezas profundas.

En este contexto, la muerte solicitada y atendida de una joven en un día de primavera se convierte en un símbolo doloroso. Mientras la naturaleza renace, mientras la luz vuelve a imponerse sobre el invierno, una vida se apaga por decisión propia, aceptada por una sociedad que ha normalizado la desesperanza. No es solo un acto individual, sino el reflejo de un fracaso colectivo: el de no haber sabido transmitir que incluso en el sufrimiento puede haber sentido, que la fragilidad no anula la dignidad, que la vida, aun herida, merece ser acompañada y sostenida.

Ese día de primavera queda marcado por una paradoja: renacimiento en el mundo exterior, pero muerte en el interior de una cultura que ha perdido la fe, no solo en Dios, sino en el valor profundo de la existencia.

Tal vez este acontecimiento deba interpelarnos, no desde el juicio, sino desde la reflexión urgente. Porque una sociedad que no ofrece razones para vivir difícilmente podrá sostener a quienes, en silencio, están dejando de encontrarlas.

Descanse en paz.

  • Pedro Fuentes es humanista
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