Jordi Pujol se sale con la suya... una vez más
Hoy vemos cómo una banda de facinerosos se sale con la suya y, dentro de nada, veremos cómo Carles Puigdemont vuelve a España triunfante, desfilando por la avenida Diagonal con un siervo detrás que le repetirá constantemente: «recuerda que eres amigo de Pedro Sánchez»
Robar en España, a veces, parece no tener consecuencias. Si no, que se lo pregunten al molt honorable expresidente de la Generalitat de Cataluña, Jordi Pujol. La Audiencia Nacional lo ha eximido de su causa alegando que su estado de salud le impide defenderse. El viejo maestro, casi un Yoda de la política, ha vuelto, una vez más, a salir indemne.
No estamos ante un caso menor ni ante una anécdota judicial. Estamos ante el símbolo de un sistema que durante décadas permitió que Cataluña funcionara como un cortijo, donde el famoso '3%' dejó de ser un escándalo para convertirse en un peaje inevitable, casi institucional. No es solo lo que se hizo, siempre presuntamente, sino lo que se normalizó.
Y aquí es donde el contraste deja de ser incómodo para volverse insoportable. Porque mientras unos convierten la política en un negocio sin consecuencias, otros pagan con toda la dureza de la ley sus actos. El caso de José Lomas, por ejemplo, el anciano que mató a un ladrón cuando entró a robar en su casa de madrugada, no es una excepción: es la prueba de que el sistema sí funciona cuando quiere. Funciona con precisión quirúrgica, con rigor implacable, con toda la maquinaria del Estado desplegada. Lo que ocurre es que no siempre decide funcionar igual.
Los delitos económicos no son delitos de sangre. Nadie discute eso. Pero, cuando se producen desde el poder, cuando erosionan instituciones, cuando degradan la confianza pública durante décadas, son también muy graves. El problema no es solo la naturaleza del delito, sino la respuesta del sistema ante él.
Y ahí es donde aparece la grieta. No una grieta pequeña, sino una falla estructural que lo atraviesa todo. Porque, cuando la justicia parece selectiva, o directamente lo es, deja de ser justicia para convertirse en un instrumento. Y cuando eso ocurre, lo que se rompe no es una sentencia, sino la idea misma de igualdad ante la ley.
Qué agotamiento de país.
Es todo tan obsceno que da hasta pudor contarlo. Cataluña saqueada durante más de dos décadas con una sensación de impunidad casi pedagógica, como si el mensaje fuera claro: si lo haces desde arriba, no pasa nada. Y, como siempre, el principal responsable de la Cosa Nostra sin afrontar las consecuencias. No faltaba más.
Y sobre la lentitud de la justicia… mejor ni hablar. Porque aquí el tiempo no es neutro: el tiempo también decide. ¿Cuántos años llevamos con este asunto? Tantos que la memoria colectiva empieza a diluirse. La gente ve a Pujol por la calle, así, viejito y encorvado, y olvida lo esencial: que los actos no prescriben moralmente, aunque el cuerpo y la mente se degraden, si es que es verdad que se han degradado... La edad no borra los hechos.
Pero no nos engañemos: esto no es casualidad. El padrino y su prole no han llegado hasta aquí por azar, sino por una combinación de poder, tiempo y estrategia. Han jugado a largo plazo. Y, en cierta forma, han ganado.
El caso de José Luis Ábalos añade otra capa a esta misma lógica. Ilustra que la justicia actúa, sí, pero también cuándo y contra quién conviene. Si la banda de las Jessis hubiese sido imprescindible para Sánchez y el putiferio no hubiese sido tan evidente, muy probablemente Ábalos seguiría dándonos lecciones de moralidad en el Congreso de los Diputados y con su chiringuito de corrupción funcionando a toda máquina en el Ministerio de Fomento.
Esa es la verdadera asimetría: no la existencia de justicia, sino su dosificación. No su ausencia, sino su aplicación selectiva. Y eso es lo que termina erosionando la confianza. Porque la gente puede tolerar muchas cosas, pero no tolera la arbitrariedad.
Lo que queda después de casos como el de Jordi Pujol no es solo indignación. Es algo más peligroso: la sospecha convertida en certeza de que el sistema no mide a todos con la misma vara. Y cuando esa idea se instala, lo que se resquebraja no es un gobierno ni un partido, sino el crédito que la sociedad otorga a sus instituciones.
Hoy vemos cómo una banda de facinerosos se sale con la suya y, dentro de nada, veremos cómo Carles Puigdemont vuelve a España triunfante, desfilando por la avenida Diagonal con un siervo detrás que le repetirá constantemente: «recuerda que eres amigo de Pedro Sánchez».
- Gonzalo Cabello de los Cobos es periodista