Pedro Sánchez, Oscar al mejor actor de reparto
¿Qué pasaría si mañana Marruecos decidiera tomar Ceuta, Melilla o incluso las Islas Canarias? ¿A quién acudiríamos entonces? En Europa bastante tienen con sus propios frentes abiertos y, además, nos ven cada vez más como ese vecino moroso. ¿Y Estados Unidos? Ya saben la respuesta…
Después de la declaración institucional de Pedro Sánchez el pasado miércoles, ya no me queda ninguna duda: el presidente del Gobierno cree firmemente que él es el protagonista de la película.
«Queridos y queridas compatriotas», dijo el bueno de Pedro al comenzar, como si estuviese dirigiéndose a la nación en pleno clímax de Independence Day. La pena es que nadie en su equipo le advirtió de que la escena recordaba más a Mars Attacks! Y no me refiero al gran Jack Nicholson cuando habla al país, sino al emperador extraterrestre cuyo idioma se limitaba a tres sílabas: «Ack, ack, ack».
Con gesto grave y mirada compungida, Sánchez leyó lo que algún asesor iluminado debió de considerar la última gran baza para levantar una situación política que ya parece difícilmente remontable. Una vez removido Franco, literalmente, de su tumba, el presidente y su nutrido consejo de estadistas han decidido desempolvar otra de las banderas clásicas para movilizar al electorado de izquierdas de cara a las próximas citas electorales, que es en realidad en lo único que piensa Pedro.
El ensayo general tuvo lugar en los premios Goya, esa epopeya de la mediocridad subvencionada. En la Moncloa debieron concluir que la cosa de las soflamas y los pines funcionó razonablemente bien.
Como el miedo a Vox ya no produce el efecto deseado, el nuevo truco consiste en desempolvar el viejo 'No a la guerra' y, de paso, agitar el fantasma de Aznar. Todo ello para justificar lo que, más allá de los eslóganes, constituye una de las decisiones más incomprensibles en nuestra política exterior reciente. Y no me refiero solo a Estados Unidos, sino también a la propia Unión Europea.
Bastaba observar la escena en la reunión entre el canciller alemán Friedrich Merz y Donald Trump. Tras el reproche del presidente estadounidense a España por su posición y notable morosidad, el alemán se limitó a una frase diplomática que lo decía todo: «Estamos intentando convencer a España» de que pague la cuenta, como todo el mundo.
Lo cierto es que, a estas alturas, a Pedro Sánchez ya se le ve demasiado el plumero. Eso de «Gobierno de coalición progresista» no es más que un eufemismo heredado del zapaterismo más creativo. Pero claro, tanto monta, monta tanto…
Porque claro, cuando tu estabilidad política depende de antisistemas de manual, izquierdistas de pancarta y nacionalistas con querencias peligrosas, que te tienen permanentemente agarrado por la bragueta, la factura acaba llegando. Lo que nadie imaginaba es que pudiera ser tan desorbitada.
La obsesión de Sánchez por mantenerse en el poder ha terminado por convertirse en el único eje de su política. Todo lo demás, la coherencia exterior, la credibilidad internacional o la propia seguridad del país, parece quedar subordinado a ese objetivo.
España ya no es un socio fiable. Incómodo para Europa y totalmente prescindible para Estados Unidos. Y eso no es un problema menor. Las alianzas internacionales funcionan, en buena medida, sobre la base de la confianza y de las responsabilidades compartidas.
Las cuentas, como en cualquier comunidad de vecinos, hay que pagarlas. Y España lleva demasiado tiempo intentando escaquearse de la derrama mientras, al mismo tiempo, se permite el lujo de dar lecciones al vecino que sostiene el edificio. Un vecino que, por cierto, es también el único que tiene la llave de la manguera si algún día el edificio empieza a arder de verdad.
Pedro Sánchez se ha convertido en un problema serio para España y en un riesgo evidente para los españoles. El inefable José Manuel Albares, ese señor con cara y maneras de Néstor, aunque con bastante más pelo, asegura que no habrá consecuencias por impedir a Estados Unidos utilizar sus bases en nuestro país. Puede que tenga razón. O puede que no. Porque, según Donald Trump, decisiones como esta podrían terminar con Washington cortando las relaciones comerciales con España o imponiendo represalias económicas.
En el entorno del Gobierno dicen que Trump amenaza mucho pero luego no actúa. Bueno. Que se lo pregunten a Nicolás Maduro, al Mencho o al ayatolá Jameneí. Me temo que ellos no comparten esa teoría.
¿Qué pasaría si mañana Marruecos decidiera tomar Ceuta, Melilla o incluso las Islas Canarias? ¿A quién acudiríamos entonces? En Europa bastante tienen con sus propios frentes abiertos y, además, nos ven cada vez más como ese vecino moroso. ¿Y Estados Unidos? Ya saben la respuesta…
Alguien debería decirle a Sánchez que él no es el protagonista de la película. Aunque, visto lo visto, su interpretación bien merecería un Óscar.
- Gonzalo Cabello de los Cobos es periodista