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en primera líneaGonzalo Cabello de los Cobos

Europa sí, pero no así

Porque el verdadero problema no es Europa, sino un sistema que ha aprendido a ejercer el poder sin consecuencias y, por tanto, a gobernar sin exponerse al juicio real del votante

Cada vez resulta más fatigosa la aseveración, casi como una oración antes de dormir, de que, de no ser por Europa, España sería desde hace tiempo el patio de recreo de la izquierda en general y de Pedro Sánchez en particular. Y aunque algo de verdad encierra esa idea, no puede servirnos de coartada para aceptar sin resistencia que ese maremágnum burocrático, de apetito insaciable, termine por tutelar nuestras vidas sin apenas rendir cuentas.

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El Debate (asistido por IA)

Hemos olvidado con demasiada rapidez a los británicos y, sobre todo, las razones que los llevaron a abandonar la Unión Europea. Podrá irles mejor, pero lo relevante es que dieron un portazo a una forma de gobernanza crecientemente alejada del ciudadano, deficiente, opaca en su funcionamiento y cada vez más difícil de justificar políticamente.

Nuestra legislación depende en gran medida de Europa, y sospecho que no somos del todo conscientes de ello. Discutimos hasta la extenuación sobre lo que ocurre aquí, mientras ignoramos lo verdaderamente decisivo: lo que se decide allí. Gran parte de nuestro marco normativo, económico y regulatorio se define lejos del debate público nacional, en un entramado institucional que apenas ocupa espacio en la conversación política cotidiana, pero condiciona de forma directa nuestra vida diaria.

El poder europeo no reside en una sola institución, pero tampoco está verdaderamente controlado por ninguna. Se reparte, de forma cuidadosamente diseñada, entre la Comisión Europea, el Consejo Europeo, el Consejo de la Unión Europea, el Parlamento Europeo, el Banco Central Europeo y el Tribunal de Justicia de la Unión Europea. Y en muchas de estas instituciones determinantes para nuestras vidas, los ciudadanos ni siquiera podemos elegir a sus representantes.

Nada de esto es casual. El poder se fragmenta deliberadamente para que nadie pueda señalar con claridad a un responsable. Es el sistema perfecto para gobernar sin asumir el coste político de gobernar, para decidir sin responder y para regular sin exponerse al juicio ciudadano.

Como consecuencia, tampoco es casualidad que durante la última década muchas políticas públicas europeas hayan resultado arbitrarias, peligrosas y, en no pocos casos, francamente estúpidas. La cesión constante de terreno a determinadas ideologías (climáticas, identitarias o morales) ha tenido consecuencias muy reales (ver por ejemplo la central nuclear de Almaraz o la Tasa de Gestión de Residuos). Más allá del ya célebre tapón de las botellas, el balance en política económica, industrial y exterior es desolador y, sobre todo, errático. ¿Quién se acuerda hoy, por ejemplo, de la prohibición de vender coches nuevos con motores de combustión en 2035? Aspiramos a erigirnos en líderes morales de todas las causas perdidas y quimeras globales, sacrificando por el camino la escasa competitividad que aún conservamos.

Porque todo leviatán burocrático no solo necesita ser alimentado a base de impuestos; también debe justificar su propia existencia mediante una actividad constante, reguladora y expansiva. Regular no como medio, sino como fin. Legislar no para resolver problemas, sino para demostrar que la maquinaria sigue en marcha.

Europa se parece cada vez más a esas casas nobiliarias que, arruinadas y humilladas, siguen convencidas de que cuentan para algo más que para cumplir una función meramente ornamental. Y no nos engañemos: hoy solo somos eso, decoración elegante y decadente en un mundo que hace tiempo ya nos ha dejado atrás.

El péndulo global ha cambiado de posición y aquí seguimos actuando como si permaneciera en el lado contrario. El otro día me sorprendía, entre lo cómico y lo trágico, viendo cómo, a propósito del asunto Maduro, un telediario afirmaba con toda seriedad que la Unión Europea aspiraba a desempeñar un papel esencial en la transición de Venezuela. Nunca hay que olvidar que, a veces, conviene tener sentido del ridículo.

Trump, al menos, no ha escondido nunca su interés por el petróleo. Ha sido directo, explícito y honesto. Quien tiene la fuerza no se molesta en disimularla. Europa, en cambio, continúa parapetada en un discurso políticamente correcto que quizá surtiese efecto hace cinco años, pero que hoy suena irremediablemente rancio y, sobre todo, débil. No nos equivoquemos: en Venezuela Europa no va a hacer nada. Nuestro papel, fruto de la irrelevancia internacional a la que nos han conducido los burócratas, es sencillamente intrascendente.

Y así seguiremos indefinidamente hasta que acabemos por completo con los últimos resquicios de lo que fue un gran continente o, por el contrario, los ciudadanos, de algún modo, tomemos las riendas de un asunto tan trascendente como complicado. Porque el verdadero problema no es Europa, sino un sistema que ha aprendido a ejercer el poder sin consecuencias y, por tanto, a gobernar sin exponerse al juicio real del votante.

Europa sí, pero no así.

  • Gonzalo Cabello de los Cobos es periodista
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