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en primera líneaGonzalo Cabello de los Cobos

Juan Roig o el pecado del éxito en España

Al final, el insulto es apenas el síntoma. Lo verdaderamente grave es el clima. Un país que convierte a sus empresarios más exitosos en sospechosos habituales envía un mensaje claro a los demás: cuidado con destacar

España es un país generoso. Generoso en sol, en bares y en sentencias morales. Aquí uno puede empezar colocando yogures y acabar levantando un imperio que da trabajo a miles de familias y, aun así, termina convertido en villano de tebeo desde la tribuna del Congreso.

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El Debate (Asistido por IA)

No es fácil. Pero lo hacemos. Somos constantes en nuestros odios.

El último ajusticiado se llama Juan Roig y ha sido elevado por Ione Belarra a la categoría metafísica de «ser despreciable». No empresario discutible. No actor económico con poder de mercado. No competidor feroz. No. Ser despreciable.

Lo interesante no es el exabrupto, España siempre ha tenido algo de sobremesa subida de tono, sino la serenidad con la que aceptamos que señalar al que más vende es una forma de justicia social. Bien lo sabe don Amancio. Si los huevos suben, que comparezca el señor de los huevos. Si el aceite aprieta, que traigan al olivarero. Y si el alquiler está imposible, que el casero desfile con capirote por la plaza pública.

Es cómodo y reduce la complejidad a una cara reconocible.

Porque el mundo real está lleno de cifras incómodas: inflación, energía, transporte, regulación, competencia internacional, impuestos, logística. Demasiadas variables para una frase de veinte segundos. Mucho estudio y poca épica. En cambio, elegir un culpable es mucho más sencillo. Hay un malo identificable, una audiencia ávida y una frase que cabe en un titular. En política siempre funciona.

Lo verdaderamente español es que el empresario solo nos cae bien mientras pelea por salir adelante. Cuando empieza es «emprendedor valiente». Cuando gana pasa sin transición a «especulador sin escrúpulos». La épica termina en el punto de equilibrio. A partir de ahí comienza la sospecha. Si prosperas demasiado, algo turbio habrá. Aquí el éxito necesita justificarse.

No se trata de canonizar a nadie. Las grandes empresas deben ser vigiladas, auditadas, discutidas. Naturalmente. Como también lo somos los ciudadanos. Pero una cosa es debatir cuotas de mercado en un espacio público razonable y otra declarar moralmente indecente al que ha sabido competir mejor que otros. Llamar monopolio a lo que simplemente funciona empieza a parecerse demasiado a llamar privilegio al talento.

Nos ocurre con los empresarios y nos ocurre con todo. El escritor que vende mucho es sospechoso. El deportista que gana demasiado, antipático. El político que destaca en su propio bando, traidor en potencia. Tendemos a rebajar lo que sobresale, no vaya a ser que nos obligue a medirnos.

Convertir al empresario en enemigo oficial no es solo una táctica discursiva. Es una forma de educar en la desconfianza. Es insinuar que el beneficio es aceptable cuando es pequeño y problemático cuando crece. Es convertir la sospecha en un reflejo automático. Y eso tiene consecuencias. Porque el talento, cuando se siente permanentemente señalado, no se queda a discutir. Simplemente se marcha.

Mientras tanto, la escena continúa. El Congreso convertido en un teatro carnavalesco. El empresario reducido a antagonista. Y el ciudadano, que bastante tiene con cuadrar la compra, observa la representación con ese cansancio tan nuestro, mitad resignación, mitad costumbre.

Lo inquietante es el aplauso que sigue al insulto.

El aplauso revela que hemos interiorizado que quien prospera debe pedir perdón. Que crecer es sospechoso. Que ganar dinero exige confesión pública.

En España no molesta que alguien tenga dinero; molesta que lo haya ganado convenciendo a millones de clientes sin pasar por la ventanilla correcta. Molesta que el éxito no nazca del despacho público sino del mercado libre.

Al final, el insulto es apenas el síntoma. Lo verdaderamente grave es el clima. Un país que convierte a sus empresarios más exitosos en sospechosos habituales envía un mensaje claro a los demás: cuidado con destacar.

Y cuando una nación advierte a los mejores que no destaquen demasiado, lo que está haciendo es premiar la mediocridad.

Y eso sí que sale caro.

  • Gonzalo Cabello de los Cobos es periodista
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