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Ojo avizorJuan Van-Halen

Sánchez, emperador

No debemos engañarnos. Quien está en el punto de mira, ya sin disfraces, no es el rey padre, ni Felipe VI. Es una institución, no una persona: la Monarquía. Y asistimos a este grave proceso sin apenas rechistar. ¿Qué hace la oposición? ¿No se entera? No está a la altura

Contemplé una vieja foto: Ábalos entrando en el Congreso del bracete de Marlaska. Recordé el comentario de Chateaubriand ante la llegada de Talleyrand, apoyado en Fouché, a una audiencia con Luis XVIII: «De repente entró el vicio apoyado en la traición». Los tiempos cambian menos de lo que creemos. Talleyrand era cojo y se apoyaba en Fouché; buscaban sobrevivir políticamente tras la caída de Napoleón. Se trataba de venderle al nuevo rey sus tenebrosas sabidurías. Poco son, obviamente, Ábalos y Marlaska comparados con el príncipe de Benevento y el duque de Otranto; además, ellos no sobrevivirán políticamente a la caída de su amo, mientras Talleyrand y Fouché mantuvieron su influencia desde la república, con el imperio y la restauración borbónica; traicionaron a todos.

Preocupa el estado de salud del rey padre. Se recordó últimamente tras la visita a Abu Dabi de Aznar y Carlos Herrera. Todo lleva a temer que el rey que trajo a España la democracia, que es lo importante y no sus lamentables errores privados, pueda morir en el destierro. Es un ciudadano disminuido en sus derechos por voluntad de un Gobierno impresentable y de un presidente taimado. Podrá decirse lo que se quiera, pero la realidad es la que es. En su día Carmen Calvo, entonces vicepresidenta, visitó Zarzuela para aconsejar al Rey que su padre saliese de España. Felipe VI lo asumió. Se entendió que ese sacrificio personal preservaba la Corona. Entonces acaso era en parte cierto. Don Juan Carlos lo aceptó, no lo eligió. Reitera su deseo de volver. No es la situación de hace años.

Resulta evidente que nada es imposible en la anómala situación que vivimos. Juan Carlos I está obligado, sin condena alguna, a no ser libre, mientras Txeroki, el que quería «poner muertos sobre la mesa cuanto antes», y un cada vez más crecido grupo de terroristas, andan por la calle. Un insulto a la Justicia y a la memoria de sus víctimas. Y todo decidido por una consejera socialista del Gobierno vasco; entre tantas cesiones, así mantenemos a Sánchez en Moncloa, aunque no pueda salir a la calle sin abucheos.

La última afrenta al rey padre fue un acto conmemorativo de la Constitución. Armengol pronunció un discurso ensalzando la Segunda República, para ella democrática, y la Constitución de 1931, no sometida al voto popular, y definida ante el Congreso por su principal autor, el catedrático socialista Jiménez de Asúa, como «una Constitución de izquierdas». Felipe VI en su intervención señaló que «el mejor modo de conmemorar la Constitución es cumplirla». Obvia verdad. Pero lo cierto es que se vulnera, cambiándola sin seguir la vía determinada en su texto. En el acto no se citó al rey que la firmó y que figura en ella con su nombre, caso único. Una vergüenza. La cita era de justicia. Como si la Constitución hubiese nacido por arte de magia.

No debemos engañarnos. Quien está en el punto de mira, ya sin disfraces, no es el rey padre, ni Felipe VI. Es una institución, no una persona: la Monarquía. Y asistimos a este grave proceso sin apenas rechistar. ¿Qué hace la oposición? ¿No se entera? No está a la altura. No entiende los riesgos y juega desde las normas democráticas que la izquierda no respeta. No defiende firmemente nuestros símbolos, que la izquierda arrasa. No proclama la verdadera memoria histórica, que la izquierda reescribe. No abre debate sobre este acoso con intención de derribo. La derecha, ciega, sigue tirándose los trastos a la cabeza, como si el futuro y la limpieza de unas elecciones estuviesen garantizados. Y con cientos de miles de nuevos votantes foráneos sacados de la chistera presidencial. Parece olvidarse que el pueblo votó en su día la Constitución, y con el mayor apoyo en Cataluña. La izquierda la desarbola mientras la conmemoramos.

Sánchez es un narcisista crecido. Se ve de gerifalte máximo y en el Palacio Real, acaso soñando proclamarse emperador. Su efigie figuraría en las monedas. Y seguiría sin poder pisar la calle. Pero eso no le quita el sueño mientras cuente con su Frankenstein. Y como la oposición siga en Babia, así será. ¿O es que la derecha piensa llegar a gobernar en el imperio de Sánchez?

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