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en primera líneaCarlos de Urquijo

España debe hacerse respetar

Defender a nuestro país no puede limitarse a portar una pulsera roja y gualda o dar un grito de Viva España. Defender la nación es algo más serio, se logra cada día cumpliendo y haciendo cumplir la ley, ni más ni menos

Hace unos días, Bieito Rubido, a cuenta de la final de la Copa del Rey de fútbol, citaba a André Gide «Todo está dicho, pero como nadie hace caso, hay que repetirlo mil veces». Sigo, pues, la estela del director de El Debate para denunciar el lamentable espectáculo de la pitada al himno de España, repetido en los últimos años cada vez que alcanza la final de la copa un equipo vasco. El himno, junto al escudo y la bandera, son los símbolos que nos representan a todos los españoles y tan merecedores de respeto que ofenderlos o ultrajarlos son delito. Así lo recoge el artículo 543 del Código Penal al inicio de su capítulo VI 'De los ultrajes a España' dentro del Título XXI 'Delitos contra la Constitución'. La pena aparejada por ofenderlos de palabra, por escrito o de hecho, se castiga con multa de siete a doce meses.

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El Debate (asistido por IA)

Durante demasiado tiempo, absurdas políticas de apaciguamiento, complejos autoritarios y, por qué no decirlo, políticos cobardes, han permitido, especialmente en el País Vasco y Cataluña, la quema de banderas o retratos del Rey con total impunidad. Todo ello por no hablar de los actos de enaltecimiento del terrorismo o los gritos en manifestaciones de «ETA mátalos», pero centrémonos en el deporte. Desconozco si la normativa de la Real Federación Española de Fútbol obliga a los clubes a participar en la Copa del Rey, como sí obliga a los jugadores profesionales a participar en la selección nacional si son convocados por su entrenador. En cualquier caso, se me ocurren algunas fórmulas, la primera poco novedosa, para evitar la vergüenza de ver al Rey puesto en pie soportando la pitada al himno nacional.

La primera respuesta la puso en marcha en 2008 el entonces presidente de la República Francesa, Nicolás Sarkozy. Fue un encuentro amistoso entre las selecciones de Francia y Túnez. Al arrancar los primeros compases de la Marsellesa, los aficionados tunecinos empezaron a pitar el himno, Sarkozy tomó nota y ordenó al día siguiente la suspensión inmediata de la celebración de aquellos encuentros en los que se repitiera la situación. Mano de santo. A esta respuesta, perfectamente válida para España, añadiría a la suspensión la celebración subsiguiente a puerta cerrada. Estoy convencido de que el lucro cesante para clubes y federación, contribuirían a contener las protestas que hasta hoy salen gratis.

Segunda respuesta más novedosa. Si es obligatorio participar en la competición –y pueden hacer lo mismo en la liga–, propongo a los clubes y aficiones molestos con su condición nacional lo siguiente. Jueguen todas las fases clasificatorias y, si alcanzan la final, en señal de protesta, bajen los brazos y permitan a su rival hacerse con la victoria. Sería una respuesta coherente para aquellos a los que les provoca alergia recoger un trofeo español de manos del Rey de España.

En cualquier caso, lo que no es de recibo es volver a repetir el bochorno. No sé si el Rey y los representantes de la Federación y del Gobierno debieran haber abandonado el palco, pero lo que está claro es que el ultraje debe impedirse. Solo hace falta que algunos políticos tengan, si no el valor, al menos la decencia de hacer cumplir la ley y recordar nuestro código penal. Si se monta un escándalo internacional porque unos energúmenos gritan en las gradas de un estadio «musulmán el que no vote» y hasta la UEFA pide cuentas a España, los españoles debemos exigir que nuestros símbolos sean respetados. Si se aduce que el reproche penal es complicado ante una masa anónima, existen otras medidas como las adoptadas en Francia para atajar estos comportamientos.

Llegados a este punto, conviene recordar aquello de que «una nación no se pierde porque unos lo ataquen, sino porque quienes la aman no la defienden». Parece bastante sencillo, pero por desgracia cada vez cuesta más encontrar entre nuestros representantes políticos demostraciones de amor verdadero a la patria. Defender a nuestro país no puede limitarse a portar una pulsera roja y gualda o dar un grito de Viva España. Defender la nación es algo más serio, se logra cada día cumpliendo y haciendo cumplir la ley, ni más ni menos.

  • Carlos de Urquijo fue delegado del Gobierno en el País Vasco
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