Por derechoLuis Marín Sicilia

La emoción del recuerdo

«Hay gentes tan mezquinas que son incapaces de aparcar, aunque sea por unos días, la inquina al adversario y la batalla política»

Y embargado por la emoción del momento, se rompió. El día en el que se resaltaban las virtudes de un pueblo de larga trayectoria histórica, comprometido con sus raíces y con su identidad solidaria, el presidente de todos los andaluces no pudo contener la emoción mientras las lágrimas inundaban sus mejillas. Andalucía había sufrido, como un solo hombre, un trágico accidente ferroviario y múltiples borrascas traicioneras. Y él había estado en primera línea, viviendo la magnitud de los desastres, el dolor de los afectados y una fraternidad desinteresada del conjunto de la población.

El Día de Andalucía, tras saludar a todos sus conciudadanos, Juanma Moreno, plenamente identificado con todo lo que vivió, no pudo mantener la frialdad institucional de un discurso complaciente al rememorar imágenes de cuerpos rotos, ansiedades incontroladas y abrazos solidarios de unos días que pasarán a la historia como expresión, una vez más, de la verdadera identidad del pueblo andaluz, alejada de esa visión folclórica e indolente que tantos quieren atribuirle, quizá porque no entienden que la alegría y la tristeza son compartidas fraternalmente por un pueblo milenario, sin necesidad de buscar con ello elementos disolventes o sectarios con otras identidades tan legitimas como las suyas.

El presidente andaluz estuvo con su gente y, sin buscar protagonismo de ninguna clase, movilizó todos los servicios públicos de su competencia, los coordinó con los de ámbito estatal, provincial y local, le dio a cada responsable su sitio y, sobre todo, acompañó a las víctimas y a los familiares con desprendimiento y humanidad, sin más afán que el de darles calor humano y apoyo moral en su desgracia. Por eso se vino abajo, por eso no podía articular palabra cuando el recuerdo, no de lo que le contaran sino de lo que experimentó en primera línea, hizo frágil su emoción y se puso de manifiesto que todavía hay políticos que, por encima de todo, son personas que sufren como propias las calamidades humanas.

Hay gentes tan mezquinas que son incapaces de aparcar, aunque sea por unos días, la inquina al adversario y la batalla política, atribuyendo intenciones perversas a la sinceridad de un comportamiento. Quizá subyace en tales personajes su visión excluyente de la actividad pública y esa obsesión maniquea de dividirnos en buenos, ellos, y malos, los demás. Triste futuro el de un país incapaz de superar esos planteamientos polarizadores. Y triste, aún más, cuando ese afán se lidera desde las más altas instancias.

Hemos vivido episodios donde, incomprensiblemente, se da las espaldas a actos institucionales que resaltan la identidad andaluza, y antes de ello, vimos cómo el máximo responsable político nacional se ausentó de duelos dolorosos para honrar la memoria de tantas víctimas inocentes, mientras ahora acude a galas de una pretenciosa progresía subvencionada donde homenajean a víctimas foráneas pero no hacen ni una leve referencia a las de su propia nacionalidad. Quienes así actúan solo tienen en mente los cálculos electorales que el evento en cuestión pueda producirle. Son personajes que se retratan a sí mismos y dejan patente que, por desgracia, hay políticos incapaces de sentir el verdadero pulso emocional de su pueblo. No saben que la emoción del recuerdo los haría más humanos, mejores personas y verdaderos líderes políticos. En el pecado llevan la penitencia.

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