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Luis E. Íñigo

Una generación perdida

Pero la que más me preocupa no es esta, sino las siguientes, la Alfa y la Beta, la de los niños nacidos en un mundo de pantallas, criados a los pechos de las tabletas y los teléfonos móviles, incapaces de concentrarse unos minutos

Está de moda hablar de generaciones. No, por supuesto, de las del 98 o la del 27; esas se las dejamos a los especialistas. Sino de las últimas, de las nuestras, a las que hemos dado en poner nombres extraños y, cómo no, escritos en inglés, que visten más. Así, llamamos boomers (un sustantivo curioso: a mí me recuerda un chicle de los años 80) a los que, como un servidor, hemos nacido en la época del Baby Boom, en nuestro país entre 1957 y 1977, aproximadamente en los años del desarrollo, entre el Plan de Estabilización (1959) y los inicios de la Transición, los de mayor crecimiento económico y demográfico de la historia de España. A los nacidos después, entre el 78 y el 85, los llamamos Generación X, y Millennials a los que vinieron al mundo entre el 86 y el 95. Después llega la Generación Z, entre 1996 y 2010), a caballo entre los dos siglos, nativos digitales que sufrieron la pandemia y se enfrentan en nuestros días a salarios bajos, empleos precarios y viviendas caras. Las últimas generaciones son todavía niños y adolescentes: la Alfa, entre 2011 y 2024, una generación muy pequeña debido a la caída de la natalidad, y la que acaba de dar comienzo, a la que denominamos Beta, llamada a crecer en un mundo cuyas reglas será difícil predecir.

Hay otras generaciones con nombres más sugerentes. La Generación Perdida es la que más me cautiva. Me evoca la vida bohemia, el alcohol, las drogas y la genialidad literaria. Me trae a la mente el París de los años 20; nombres como los de Scott Fitzgerald, Ernest Hemigway o T. S. Elliott, y novelas inolvidables, como Por quién doblan las campanas o El Gran Gatsby, pobladas por antihéroes desencantados que buscan la fe perdida en el fondo de un vaso de whisky o bailan como locos en suntuosos salones mientras el mundo se desmorona al otro lado de las ventanas. Otra existencia, en fin, libre, poética, trágica, de luz intensa y sombras oscuras alterándose imprevisibles, del todo distinta a la prosaica rutina burocrática que la mayoría de los seres humanos llaman vida.

Pero hay otras generaciones perdidas, con minúscula, anónimas… reales. Son las de aquellos jóvenes que tuvieron al desgracia de nacer en una mala época y vieron sus oportunidades de progreso individual cercenadas por la droga, el paro o la carestía de lo imprescindible. Algunas veces no fueron tanto como se dice. No hubo una Generación de la Heroína en los años 80 porque por entonces se consumiera esta droga mucho más que ahora. Ni los treintañeros de nuestros días se enfrentan a una vida mucho más dura que sus bisabuelos de la Generación Silenciosa, que hubieron de sufrir la represión y el hambre de la posguerra, aunque sí más frustrante, porque sus expectativas son mucho mayores.

Pero la que más me preocupa no es esta, sino las siguientes, la Alfa y la Beta, la de los niños nacidos en un mundo de pantallas, criados a los pechos de las tabletas y los teléfonos móviles, incapaces de concentrarse unos minutos en una tarea que requiera una breve lectura y escribir tan solo unas palabras, intolerantes a la frustración, hechos a tenerlo todo de inmediato, sin esperas, sin esfuerzos, sin constancia. Por supuesto, su futuro es imprevisible. Si todo siguiera como hace unos años, describirlo sería sencillo: fracaso y frustración; interminables horas en la consulta del psiquiatra y tratamientos perpetuos con ansiolíticos y antidepresivos. Sin Platón, solo les quedaría el Valium.

Pero la profecía es imposible. Lo es porque las reglas de juego están cambiando. La era en la que nos estamos adentrando ya no es la de la industria y las ciudades, ni siquiera la del comercio y los servicios. Avistamos ya la singularidad, el momento en el que, como predijera John von Neumann en los años 50 y confirma Ray Kurzweil en sus obras más recientes, las mentes artificiales superarán a la humana en inteligencia y capacidad de procesar datos. Lo que se oculta detrás de esa fecha es, con permiso de Hamlet, un país desconocido. Y quizá en ese país, de perfiles que podrían incluso resultar incomprensibles para los humanos actuales, el conocimiento sea inútil y lo sean también las habilidades manuales y todo aquello que ha permitido a los seres humanos situarse en el mundo y tratar de comprenderlo. Es probable, muy probable incluso, que los robots carguen con todo el trabajo y las inteligencias artificiales con todas las decisiones. ¿Qué lugar quedará entonces para nosotros?

Recuerdo una vieja novela de Arthur C. Clarke, La ciudad y las estrellas (1956), en la que la humanidad había alcanzado un nivel tecnológico tal que la había liberado del trabajo e incluso de la muerte. La existencia era fácil; los individuos vivían en un ciclo eterno de ocio y placeres virtuales, pero sin metas ni progreso. Para Clarke, una sociedad sin riesgos ni desafíos, es una sociedad muerta en vida. ¿Es esa la sociedad que nos espera al otro lado de la singularidad, apenas, según Kurzweill, en diez o veinte años? Si es así, nuestros nietos no necesitarán saber nada, pero ¿es para eso para lo que queremos prepararlos?

  • Luis E. Íñigo es historiador e inspector de educación
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