Fundado en 1910
En primera líneaRafael Gil

España, el país que olvidó que sabía inventar

Marcas como Panrico, La Seda de Barcelona o Fagor Electrodomésticos han cerrado, se han desmantelado o han sido absorbidas por multinacionales. Cuando la industria se pierde, no desaparece solo un edificio: desaparece empleo estable, tejido productivo, formación técnica, inversión tecnológica...

España ha sido, históricamente, un país de ingenio, de audacia y de iniciativas capaces de transformar el mundo. No es una frase hecha: es un dato. Nuestra nación protagonizó el descubrimiento de América, quizá el acontecimiento más determinante desde el nacimiento de Cristo. Aquella empresa, fruto de ciencia náutica, visión y determinación política, situó a España en el centro de la historia universal. Y no es que antes del descubrimiento de América España no haya hecho nada, pero la longitud de un artículo obliga a acotar porque no se puede ser exhaustivo. Sigamos

ep

El Debate (asistido por IA)

Ese impulso creador no se agotó en los albores de la modernidad. Juan de la Cierva, con la genialidad intuitiva de los grandes inventores, desarrolló el autogiro, precursor directo del helicóptero moderno. Isaac Peral, cartaginés al servicio de España, construyó el primer submarino eléctrico plenamente operativo. Y en pleno siglo XXI, Domingo Ochoa y un equipo enteramente español alumbraron el GTA Spano, un superdeportivo capaz de poner en aprietos a Ferrari y Lamborghini. España, cuando quiere, puede competir con cualquiera.

Nuestros trenes Talgo batieron récords en la Transportation Technology Center de Pueblo (Colorado, EE. UU.) y en el Halle–Leipzig High-Speed Test Center (Alemania), acreditando que la ingeniería española estaba entre las más avanzadas del planeta. Mientras tanto, inventábamos soluciones cotidianas cuya genialidad hoy pasa casi desapercibida: la fregona, el chupachups o los desarrollos industriales que dieron lugar al yogur moderno. Empresas como Balay y Fagor, nacidas del esfuerzo español y referentes durante décadas en la industria de electrodomésticos, se convirtieron en símbolos de un país capaz de manufacturar excelencia.

Tampoco faltaron gigantes de la ciencia: Severo Ochoa, Premio Nobel de Fisiología y Medicina, abrió las puertas de la biología molecular moderna; Gregorio Marañón encarnó al científico y humanista integral; Ramón y Cajal fundó la neurociencia; Blas Cabrera brilló en el magnetismo; y Jorge Juan, eminente marino español, corrigió la forma de la Tierra con una precisión que obligó a replantear los cálculos europeos y diseñó modelos navales tan avanzados que Inglaterra no tuvo miramiento en imitar. España no sólo producía talento: lo proyectaba sobre el mundo.

Y España no solo inventó: España ayudó. Ningún país europeo tiene tantos misioneros repartidos por el mundo –miles de españoles entregando su vida en los lugares más olvidados del planeta– ni tantas comunidades de clausura rezando por todos desde nuestros monasterios. Cuando ocurre una tragedia internacional, España se encuentra, casi instintivamente, entre los primeros en llegar: desde terremotos hasta crisis humanitarias, nuestro país ha respondido siempre con generosidad, eficacia y una vocación profundamente humanitaria. Esta dimensión –tan poco mencionada y tan nuestra– es también parte esencial de nuestro carácter como nación.

Y, sin embargo, aquí estamos: un país convertido en un gran prestador de servicios, una nación que vive de sectores legítimos y valiosísimos –entre ellos un turismo que es motor económico y orgullo internacional–, pero cuya estructura depende cada vez más del sol y cada vez menos de la industria. España ha pasado de inventar el futuro a alquilar sombrillas. No porque falte talento –que lo hay–, sino porque faltan visión, ambición y, quizá, algo de memoria. Hemos permitido que nuestra industria se marchite, que las fábricas cierren, que los jóvenes investigadores emigren, que el talento se disperse y que la innovación dependa de capital extranjero. Hemos perdido músculo tecnológico mientras otros construyen su futuro a base de inversión, ciencia y manufactura avanzada.

Este retroceso industrial es especialmente visible allí donde España un día fue un motor continental. Cataluña y el País Vasco, dos regiones que durante más de un siglo simbolizaron la vanguardia industrial española, han visto desaparecer empresas que un día fueron orgullo nacional. Marcas como Panrico, La Seda de Barcelona o Fagor Electrodomésticos han cerrado, se han desmantelado o han sido absorbidas por multinacionales. Cuando la industria se pierde, no desaparece solo un edificio: desaparece empleo estable, tejido productivo, formación técnica, inversión tecnológica y posibilidades reales de futuro para nuestros jóvenes. La desindustrialización no es un concepto estadístico: es una amenaza directa al paro, a la cohesión social y a la fortaleza del país.

A todo ello se suma un fenómeno menos visible, pero igual de revelador: la venta de empresas emblemáticas y grupos hoteleros españoles que durante décadas llevaron sello nacional. Parte de nuestra hotelería –que llegó a ser un referente mundial por calidad, formación y profesionalidad– ha pasado a manos extranjeras. La enseña histórica Tryp terminó bajo la propiedad de Wyndham (Estados Unidos); NH, símbolo de la modernización turística española, pasó a control del gigante tailandés Minor International; y numerosos complejos emblemáticos forman ya parte de fondos de inversión procedentes de Qatar, Emiratos, Estados Unidos o China. En la industria alimentaria y de consumo ocurrió lo mismo: Freixenet acabó en manos de Henkell (Alemania), Codorníu fue adquirida por Carlyle, y Deoleo –propietaria de Carbonell y Koipe– terminó dominada por capital extranjero. Cada una de estas operaciones resta soberanía económica, desplaza beneficios fuera de nuestras fronteras y erosiona un tejido empresarial que antes generaba empleo, estabilidad y futuro.

Pero este artículo no pretende fomentar el desaliento ni la nostalgia inútil. España no necesita lamentos: necesita despertar. Necesita recordar que este país fue capaz de inventar, de construir, de innovar y de sorprender al mundo. Que cuando hemos creído en nosotros mismos, hemos hecho cosas extraordinarias. Que no somos una nación condenada a vivir solo del turismo –por más que sea un sector admirable que debemos seguir cuidando y potenciando–, sino una nación llamada a liderar, crear y avanzar.

La cuestión no es si podemos reconstruir una industria fuerte, moderna y ambiciosa. Podemos. La pregunta verdadera es si queremos hacerlo. Ojalá y querramos recuperar el orgullo sereno –no arrogante– de ser un país que no se conforma con sobrevivir, sino que aspira a ofrecer a sus hijos un futuro más grande que su presente.

Eso implica pensar en clave de nación y de patria, no de escaños y de asegurar puestos; implica invertir en lo que se debe invertir en vez de multiplicar funcionarios y crear ministerios ridículos con presupuestos desorbitados.

España inventó el futuro una vez. Hoy en día hay muchos factores que van más allá de las fronteras. Pero sin duda, nuestra contribución en Europa y en el mundo, puede y debe ser mucho mayor. ¿Estamos dispuestos a hacerlo?

  • Rafael Gil es director del máster en Teología del Cuerpo de la Universidad Francisco de Vitoria y Egresado del TOB Institute de Philadelphia, EE.UU.
comentarios

Más de Rafael Gil

Más de En Primera Línea

tracking

Compartir

Herramientas