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Un mundo felizJaume Vives

Es una lástima que sea una alegría

Para muchos lectores todo eso será una anécdota sin la mayor importancia. Quizá no conozcan la realidad catalana en toda su profundidad. A diferencia de otros lugares de España, en Cataluña, acudir a misa al azar supone un riesgo demasiado alto que, quienes se toman las cosas en serio, prefieren no correr

El domingo pasado en misa tuvimos una alegría. Fue en la parroquia de una ciudad catalana, capital de comarca, ahora venida a menos y algo decadente.

No doy más señas porque, aunque estoy hablando de una alegría, podría poner en apuros al sacerdote en cuestión. Cataluña tiene esas cosas tan maravillosas para la vida de la fe.

Está la Iglesia tan pujante en la zona y hay tantos motivos para la esperanza que, sin desmerecer los que verdaderamente pueda haber en esa ciudad de más de veinticinco mil almas, acuden a misa los domingos poco más de un centenar de ellas.

Y de ese centenar, la mayoría, de edad avanzada, pertenecientes a esa generación que se va y que se ha mantenido fiel con el paso de los años. Por debajo de los cincuenta años, más bien pocos y los jóvenes y los niños brillan por su ausencia.

Y no hablo de una ciudad cualquiera, hablo de una ciudad que tiene en sus anales mártires, beatos, incluso fundadores de órdenes religiosas, posiblemente desconocidos para la mayoría de los que hoy pisan su mismo suelo.

El sacerdote que ocupó el cargo anteriormente era católico. Así es como en Cataluña nos referimos a los sacerdotes católicos que son católicos. No por ser más santos ni más virtuosos, sino por ejercer el ministerio como manda la Iglesia y por predicar y celebrar la liturgia como corresponde, sin convertirse en protagonistas que, inventándolo todo y hablando mucho de humildad y solidaridad, en realidad tienen un amor propio que no les cabe en el pecho ni bajo la casulla que suelen dejar colgada en la sacristía.

Cuando destinaron al anterior sacerdote a otra ciudad, hubo unos días de desconcierto (no en el ambiente, porque no lo hay, pero sí en la familia) preocupada por saber quién iba a ocupar su lugar. Habíamos tenido suerte una vez, presuponerla dos veces, ya era demasiado. En esta Cataluña moderna nos parecía todo un milagro. Pero hubo milagro.

La alegría en cuestión tiene que ver con la homilía del pasado domingo: una catequesis sobre la importancia de los diez mandamientos, como «política de mínimos (el católico tiene que aspirar a muchísimo más) que no ha quedado desactualizada», el sentido del sacrificio y las bienaventuranzas, como política de máximos, que nos invita a acoger la persecución y el escarnio público.

Antes de darnos la bendición, al final de la misa, el sacerdote dio un par de indicaciones referentes a la comunión. Dijo que se podía comulgar en la boca o en la mano –que no pongan impedimentos para comulgar en la boca por estos pagos ya es mucho–, y también dijo que las personas que desearan comulgar en la mano, debían consumir la sagrada forma, inmediatamente después de haberla recibido y delante del sacerdote. Pues para él suponía un desvelo y una preocupación constante estar pendiente de que alguien no lo hiciera así y se llevara la sagrada forma a su casa, por ignorancia o con intenciones poco santas.

¡Ojalá ese fuera el sentir mayoritario del clero! ¡Ojalá no tuvieran reparo en recordarlo siempre que fuera necesario!¡Qué alegría saber que para ese sacerdote la cuestión es tan importante! Son esos gestos, esas pequeñas catequesis, las que ayudan al pueblo fiel a tomar conciencia de quién se esconde bajo esa sagrada forma. Son esos hechos los que ayudan a que, feligreses que llevan toda la vida viendo como sus sacerdotes van arrebatando más sacralidad a la liturgia, poco a poco puedan ir recuperándola.

Al pueblo fiel le han arrebatado (y se ha dejado arrebatar) la buena doctrina, las celebraciones dignas, los ornamentos litúrgicos, el respeto por todo lo sagrado y los reclinatorios para poder desgastarse las rodillas.

Para muchos lectores todo eso será una anécdota sin la mayor importancia. Quizá no conozcan la realidad catalana en toda su profundidad. A diferencia de otros lugares de España, en Cataluña, acudir a misa al azar supone un riesgo demasiado alto que, quienes se toman las cosas en serio, prefieren no correr.

Y por eso las palabras de ese sacerdote fueron una alegría. ¡Lástima que sean una alegría! pero ¡Bendita alegría!

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