Ni el día ni la hora
¡Ojalá todos los fallecidos estuvieran preparados! A nosotros nos toca rezar y pedir por ellos, para que esas consecuencias eternas sean buenas. Y, por supuesto, exigir que se investigue qué fue lo que ocurrió y que los responsables, si los hubo, lo paguen debidamente
La tragedia ferroviaria ocurrida en Adamuz debería hacernos reflexionar acerca de algunas cuestiones sobre las que solemos pasar de puntillas, debido a que la inmediatez, el clic y el tuit, desgraciadamente, son los que mandan.
A nadie pasa desapercibido que el ser humano está sediento de morbo, reproches y culpables. Y algunos saben explotarlo muy bien, sea para desviar la atención, sea para sacar rédito a lo ocurrido.
La prensa carroñera que, cuando huele a muerte, es incapaz de disimular su atracción por lo malsano, lleva unos días haciendo gala de su comportamiento nocivo. Se cuentan por decenas los periodistas que están escribiendo y llamando a las personas que, desesperadas, escriben en redes intentando encontrar a familiares o amigos desaparecidos.
Les piden permiso para utilizar sus vídeos o las fotografías de sus seres queridos con la excusa de ayudarlos. En momentos así uno puede confundirse y, agradecido, pensar que esa es la ayuda que estaban esperando.
La realidad es que, aunque sea muy difícil y duro de sobrellevar, en estas circunstancias uno está obligado a la paciencia. Es evidente que la Administración debe poner todos los recursos disponibles y más para avanzar en las labores de rescate, para que sean lo más rápidas y eficientes posible.
La prensa, con esas fotos y vídeos lo único que hará es ejercer la pornografia informativa que necesita para conseguir más visitas. Son el interés malsano que tanto le gusta, y que sin ningún tipo de pudor se dedica a solicitar a las personas que, rotas, rezan para que todo quede en un susto.
En este caso, no se trata de un criminal buscado, ni de un desaparecido en extrañas circunstancias, se trata de alguien que, si no estaba en el tren, muy pronto aparecerá. Y si estaba, también y Dios quiera que esté con vida.
Bajo apariencia de ayuda desinteresada, se esconde un interés siniestro, incapaz de ayudar en absoluto. A veces todo queda muy disimulado, pero es tal la sinvergonzonería que la mayoría ni siquiera se esfuerza en disimular.
No tienen problema en avasallar con mensajes y llamadas a alguien que, todavía en el tren, intenta entender qué ocurrió. Alguien que todavía se palpa para asegurarse de que sigue vivo, de que no está herido y de que se encuentra dentro del grupo de los afortunados.
Luego están quienes, sin apenas información, pontifican, encontrando culpables indiscutibles que tienen que pagar por lo sucedido. Y desde luego que se tiene que investigar, y si esto no ha sido fruto de un fallo imprevisible sino de un error cuyo responsable tiene nombre y apellidos, tendrá que pagar por ello. Pero creo que, siendo importante que todo se esclarezca en aras al bien común, el momento no es media hora después del accidente.
Y lo más importante, estos acontecimientos deberían hacernos reflexionar y preguntarnos: ¿Qué habría ocurrido si yo hubiera viajado en ese tren? ¿Estoy preparado para la muerte? ¿Cómo he vivido hasta ahora? ¿Moriría reconciliado con la familia? ¿Con los enemigos? Y lo más importante, ¿Con Dios?
Aquí es donde nos lo jugamos todo. La diferencia entre morir preparados o no, tiene consecuencias eternas. Es perentorio. No hay cuestión más urgente en nuestra vida, nada más importante.
«En cuanto al día y la hora, nadie lo conoce» (Mateo 24, 36)
«Por tanto, estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor». (Mateo 24, 42)
¡Ojalá todos los fallecidos estuvieran preparados! A nosotros nos toca rezar y pedir por ellos, para que esas consecuencias eternas sean buenas. Y, por supuesto, exigir que se investigue qué fue lo que ocurrió y que los responsables, si los hubo, lo paguen debidamente.