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Un mundo felizJaume Vives

La Navidad que el corazón anhela

Qué importante es proteger esa inocencia para que se mantenga en el tiempo, tanto como sea posible. Unas pocas noches de toda una vida hacen mejor el corazón del hombre para el resto de su vida, especialmente en estas fechas

La Navidad tiene algo de inexplicable y misterioso, algo que queda grabado en nuestro cerebro y que deja una huella imborrable en él.

Cuando se acerca la Navidad, algo se despierta y agita en nuestro interior y, sin entender muy bien cómo y por qué, nos hacemos niños de nuevo.

No son las luces de calles y balcones, ni los mercadillos navideños, ni los trenecitos circulando por ciudades y pueblos, ni las pistas de hielo, tampoco los villancicos que suenan en los altavoces, ni el trajín de regalos y juguetes, ni las mejores galas reservadas para la ocasión ni tan siquiera ver Solo en casa junto a la familia… aunque sin todo ello seguramente nuestro corazón no despertaría ni se agitaría.

Todas esas cosas nos sirven estupendamente como recordatorio de algo que ni se ve ni se palpa.

En cambio, la bendita nostalgia, hoy tan menospreciada, nos recuerda algo que vimos y palpamos hace años, nos recuerda las Navidades pasadas rodeados de los abuelos, de una multitud de primos y tíos en torno a una mesa llena de turrón, y ese momento mágico cuando, subidos a una silla, recitábamos nuestro poema de Navidad confiando en la generosidad de tíos y abuelos que, emocionados, nos recompensaban con unas monedas y algún que otro billete.

La Navidad tiene tantas cosas especiales y entrañables que sería prolijo enumerarlas todas.

Pero de todas ellas una es la que destaca por encima de las demás, y no es otra que la llegada de los Reyes Magos, esa es la noche mágica por excelencia. Son pocas las noches de Reyes que habremos vivido a lo largo de nuestra vida con la inocencia y la ilusión incólumes. Pero esas cinco o seis noches (de los tres a los nueve años aproximadamente) de nuestra vida fueron suficientes para que todavía hoy nuestro corazón se acelere y se llene de melancolía cuando las recordamos.

Gracias a Dios esa ilusión la recuperamos con una intensidad, si no igual, sí muy parecida, cuando nuestros hijos la viven en su infancia. Hay que dejar mesa puesta para los Reyes y agua y pan a los camellos en el balcón. Los días previos hay que escribir la carta y hacerla llegar a los pajes reales. Son días de nervios y emociones para los niños y para los padres… más.

Qué importante es proteger esa inocencia para que se mantenga en el tiempo, tanto como sea posible. Unas pocas noches de toda una vida hacen mejor el corazón del hombre para el resto de su vida, especialmente en estas fechas.

Pero lo verdaderamente importante en Navidad, lo que celebramos, aun sin luces, sin regalos y sin nieve, incluso sin familia, es que todo un Dios se hizo Hombre y vino al mundo en un pesebre para morir por nosotros y darnos vida eterna. Y eso que decíamos al principio que ni se ve ni se palpa con la nitidez que quisiéramos –hombres de poca fe somos–, es lo que, en la medida en que ocupe la centralidad de esos días, convertirá las mesas familiares que celebran ese milagro en un torrente de gozo y alegría que serán bálsamo para el corazón ahora y dentro de cincuenta años cuando lo recordemos.

Es entonces cuando la Navidad no es una terrible carga que nos recuerda la soledad en que vivimos o nos abruma con una nostalgia insoportable, sino que es el gozo que el corazón anhela.

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