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Un mundo felizJaume Vives

La ropa sucia se lava en casa

Lo ideal es mantener una distancia de seguridad muy grande respecto a las redes sociales porque, se demuestra a cada día que pasa, que los personajes más reputados y notables se envilecen o sacan a relucir la podredumbre que ya habitaba en ellos aunque escondida

Asusta ver con qué facilidad las redes sociales abstraen a las personas de su condición económica, de sus capacidades intelectuales, de su realidad familiar, de su edad y de un mínimo decoro ético y estético.

Lo más evidente, sin duda, es lo relacionado con la imagen personal. Vanidad de vanidades, todo es vanidad. Pobres vistiendo, comiendo y divirtiéndose como si fueran ricos, mujeres camuflando la belleza natural que Dios les dio bajo infinidad de filtros para acercarse a estándares más aceptados, jóvenes bregando por proyectar un estilo de vida que ni es el suyo ni el que quisieran probablemente. Pero es el que toca, el que se asemeja al de otros también en su misma situación. Un pez que se muerde la cola.

Las redes sociales a veces nos muestran una realidad que no es tal: familias felices, cuentas corrientes abultadas, amistades a porfía… pero otras, sacan a relucir, normalmente de manera involuntaria, las miserias que, evidentemente, todos nos esforzamos en ocultar. Pues el mismo poder que tienen para abstraernos de nuestra realidad proyectando otra irreal y, convenciéndonos, aunque superficialmente, de la gran farsa, también lo tienen para sacar nuestras miserias a flote, a la vista de todos, sin que nos demos cuenta.

Y así, creyendo que somos más listos de lo que realmente somos, o creyéndonos más caballerosos de lo que la realidad demuestra, y abstraídos de la realidad por una pequeña pantalla que nos separa del mundo, muy a pesar nuestro, se descubre que somos inmaduros, maleducados, y algo menos intelectuales de lo que presumimos.

Y a eso segundo me refiero cuando hablo de la aterradora capacidad que tienen las redes sociales de abstraernos de nuestras capacidades intelectuales, de nuestros modales e incluso de nuestra edad. Porque así, de primeras, podría parecer algo bueno que muestren involuntariamente lo que realmente somos, pero la ropa sucia mejor lavarla en casa.

Y pasaba por aquí para hablar precisamente de ello. En los últimos días ha habido dos polémicas que han sacado a relucir esas miserias humanas. Una, relacionada con un sacerdote con presencia en redes, que ha tenido problemas con el movimiento al cual pertenece, la otra, relacionada con un famoso actor quien, al opinar sobre el ganador de las elecciones en Argentina, ha recibido una lluvia de insultos, muchos de ellos de personalidades de reconocido prestigio internacional.

En el primer caso, el problema está en llorar en redes, lamentarse, victimizarse, poner ojitos y esparcir mierda (no entro a valorar si con razón o sin ella) ante un público virtual. El espectáculo es dantesco. No imagino a ningún adulto serio y funcional haciendo eso mismo, pero nos rodea una generación infantilizada. Es como ponerse solo en medio de la calle ante una multitud de desconocidos, con un cartel gritando que hemos sido víctimas de una injusticia. Demuestra desesperación y, en la mayoría de los casos poca madurez, pues hay maneras más adecuadas y efectivas de hacerse oír.

Y en el segundo caso, al actor, le han caído insultos y reproches en tromba por sus declaraciones. Sacando a relucir, los atacantes, títulos académicos, conferencias impartidas, ideas influyentes, pensamientos eminentes y una sarta de argumentos a cuál más absurdo. Una discusión más propia de jovenzuelos empollones que de adultos con notable influencia en ambientes supuestamente de orden.

Dicho lo cual, estoy cada vez más convencido de que, en la medida de lo posible, lo ideal es mantener una distancia de seguridad muy grande respecto a las redes sociales porque, se demuestra a cada día que pasa, que los personajes más reputados y notables se envilecen o sacan a relucir la podredumbre que ya habitaba en ellos aunque escondida. Conviene ir con cuidado no vayamos a ser nosotros los siguientes en sacar a relucir nuestra poca educación y nuestras miserias.

Y no es que tengamos que esconder nuestras miserias (la amistad es precisamente abrir el corazón sabiendo que el otro nos acogerá también en nuestra debilidad) y tampoco alejarnos de las redes va a curar nuestra falta de educación, pero puede no acrecentarla y sobre todo no pasearla pornográficamente ante el mundo entero.

La ropa sucia mejor lavarla en casa. Las redes sociales, desgraciadamente, nos empujan a salir a la plaza pública a lavarla a la vista de todos.

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