Yonquis de la actualidad
Experimento ansiedad cuando pienso en aquellas personas que, por trabajo o por mera adicción, necesitan cada día consumir ingentes cantidades de noticias, ya sea para pasearse por los platós haciendo gala de su mucho saber o para tener algo de qué hablar en la oficina
Iba el otro día en coche cuando sentí el impulso de poner la radio, pues llevo meses sin enterarme demasiado de lo que ocurre en el mundo. El hecho de no tener tele y también el escaso interés por la prensa diaria me lleva a desconocer buena parte de la actualidad.
Y ese primer impulso tenía que ver con el miedo a vivir desconectado, a no saber muchas cosas que la gente de tu entorno conoce. Lo que ha ocurrido con tal o cual político, esa o aquella ley que pretenden aprobar, la guerra de más allá o el fatídico suceso que ha conmocionado al pueblo de Villafranca del Esturión.
Claro que algunos acontecimientos es imposible que pasen inadvertidos, aunque sea echando un vistazo a Twitter, escuchando la conversación de dos mujeres en el supermercado o la tertulia de unos amigos en el bar.
Pero el miedo no fue suficiente para dejar que el impulso campara a sus anchas, y seguí el trayecto en silencio, cosa que además me dio las ideas necesarias para la redacción de este artículo.
Y es que los asuntos importantes, los que realmente a uno le afectan, los descubrirá en el hogar, en los maestros, en los amigos y en un buen libro. No hace falta escuchar el magazín matinal para saber que a las familias les cuesta tener acceso a una vivienda, que los salarios son precarios y que escasean los nacimientos. Basta con tener relación con unas pocas personas para ser conocedores de la realidad.
No hace falta escuchar las noticias para radicalizarse. En realidad, no escucharlas nos permite radicalizarnos lo justo y necesario y no en un exceso malo para nosotros e infructuoso para nuestra vida. Las injusticias que afectan a las personas las conocemos por el mero hecho de vivir y eso es suficiente para despertar en nosotros el deseo de justicia. Sospecho que la avalancha de inputs informativos nos radicaliza cada día un poco más pero de un modo menos eficaz. Solo visceralmente.
Experimento ansiedad cuando pienso en aquellas personas que, por trabajo o por mera adicción, necesitan cada día consumir ingentes cantidades de noticias, ya sea para pasearse por los platós haciendo gala de su mucho saber o para tener algo de qué hablar en la oficina con el resto de compañeros.
Me pregunto si, después de enterarse de todo lo que ocurre en el mundo, les quedará tiempo para saber qué es de su vida personal y familiar. Porque como decía, lo verdaderamente importante y lo que afecta a nuestra vida, lo descubrimos lejos de las pantallas, lejos de las ondas de radio y lejos de las antenas parabólicas.