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Un mundo felizJaume Vives

La anciana del carrito de la compra

Desconozco cuál es la solución, en caso de que exista, pero tengo claro que lo que hay que hacer es proteger a esas ancianas para que puedan morir con dignidad en el barrio que las vio nacer, y no en uno completamente distinto que las ha convertido en unas intrusas

Los coches, como las personas, necesitan pasar revisiones cada ciertos kilómetros, aunque parezca que todo está bien. Por seguridad y para no perder la garantía que, si no, cuando de verdad algo falla, te dejan tirado.

El tema es que el taller donde decidí llevar el coche estaba a las afueras de Tarragona, lugar desconocido para mí. Y no negaré que me hubiera encantado que lo siguiera siendo.

El taller era muy bueno pero, cuando decidí salir a tomar un café mientras revisaban la furgoneta, me adentré en algo completamente distinto. La basura se acumulaba en las calles, el hedor era insoportable, las fachadas completamente desconchadas y los parques, impracticables para los niños.

No había comercios, tan solo carteles recordando que en el pasado sí los hubo.

El aspecto de abandono era tal que el impulso natural era tirar la cajetilla de puros vacía o el pañuelo usado al suelo, porque la calle se había convertido en un gigantesco vertedero.

Cuando por fin di con una cafetería, al momento descarté sentarme en ella, el aspecto del interior no era más salubre que el de las calles. La cafetería, como todas las que encontré luego, estaba regentada por un magrebí, también la mayoría de personas con las que me crucé.

El interior me recordó las cafeterías que conocí en mis viajes a Líbano e Irak: mismo suelo, mismo mobiliario, mismos olores, mismos productos ofrecidos a los clientes, con la diferencia de que en aquellos países estaba todo mucho más limpio y era más acogedor.

Al final no me quedó más remedio que sentarme en una de aquellas cafeterías, no había otra opción, y lo hice en una que tenía terraza. Esa terraza era una especie de puerta espaciotemporal que me condujo a un lugar inhóspito, donde la gente vestía diferente, hablaba otra lengua, tenía otras costumbres y unos estándares de higiene y estética muy distintos a los nuestros.

El café ni siquiera pude acabarlo porque el olor, el ambiente y el cansancio que arrastraba tras una fiesta familiar que acabó la noche anterior a las tres de la mañana después de cuatro días, me obligaron a volver al taller con la esperanza de no sentirme un intruso y pisar de nuevo suelo amigo.

De camino al taller me crucé con varias ancianas que iban con su carrito de la compra. Aquella estampa fue el único vestigio de lo que un día fue un barrio como tantos otros de nuestra geografía. Y me llevó a pensar que, aunque hablamos mucho de inmigración, sustitución y pérdida de nuestros barrios, no es hasta que uno se dispone a vivir en ellos, cuando descubre la magnitud del problema, que no es otro que haber abandonado a esas pobres ancianas, obligándolas a vivir rodeadas de escombros, de borrachos tumbados en los bancos de las calles a las nueve de la mañana y de comercios en los que no son bienvenidas.

Desconozco cuál es la solución, en caso de que exista, pero tengo claro que lo que hay que hacer es proteger a esas ancianas para que puedan morir con dignidad en el barrio que las vio nacer, y no en uno completamente distinto que las ha convertido en unas intrusas.

Un buen político debería tener en su horizonte a la anciana del carrito de la compra, antes de que sea demasiado tarde.

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