Una cura de humildad desesperante
Pero incluso esa desgracia campestre tan desesperante es buena, porque enfrenta a uno con su limitación. Le recuerda que es el administrador, no el Creador, y que las cosas no salen a su antojo, que aunque haga todo lo que debe hacer, a veces el resultado no es el esperado
El campo es maravilloso, sobre todo cuando las cosas salen bien. Que los pollos den carne, las higueras, higos más dulces que la miel y las gallinas pongan huevos cada día, es pura delicia.
Que los espárragos trigueros nos solucionen las cenas en primavera, que las zarzamoras nos den una exquisita mermelada a finales de verano y que los olivos nos regalen en otoño sus aceitunas y un aromático y sabroso aceite para untar el pan y aliñar las ensaladas es un lujo muy económico y enriquecedor para la familia.
Pero cuando los almendros se confabulan para no dar fruto y te obligan a vivir de las reservas de años anteriores, cuando las gallinas se vuelven cluecas y conspiran para negarte los huevos de rigor, la cosa cambia y la frustración hace acto de presencia.
Cuando el huerto se subleva contra su dueño y lo deja a dos velas, entran ganas de hacer saltar todo por los aires.
Y más, después de haber mimado todos los tubérculos y hortalizas, librándolos de las malas hierbas, después de haber removido la tierra infinidad de veces para que se aireen y estén más frescos y lozanos que el mismo sembrador.
Y claro, después de tanto sudor, después de tanto remover la tierra con la azada, después de tanto mimo con el riego y la limpieza y después de contemplar el huerto tantas horas con ingenua admiración, el muy desagradecido decide quedárselo todo para él.
Al final, los tomates son pequeños, las cebollas, más todavía, las zanahorias, minúsculas y otras hortalizas ni aparecen, ni aparecerán.
Y para más inri uno ve el huerto del vecino donde los tomates son colorados y lustrosos, las cebollas turgentes y con todas sus capas y en ese momento aparece la frustración y una desatada rabia homicida.
Pero incluso esa desgracia campestre tan desesperante es buena, porque enfrenta a uno con su limitación. Le recuerda que es el administrador, no el Creador, y que las cosas no salen a su antojo, que aunque haga todo lo que debe hacer, a veces el resultado no es el esperado. La lluvia, el sol, el viento… no dependen de uno. Igual pasa en todos los órdenes de la vida.
Y aunque lo natural es la frustración y querer prender fuego a todo, solo hay un camino correcto: la humildad, que implica reconocer la grandeza de Dios y nuestra pequeñez. ¡Ni tan solo somos capaces de obtener un tomate hermoso y jugoso!
Imagino que los años le van dando a uno experiencia para conseguir cada vez mejores hortalizas, verduras, frutas, huevos y carne, pero hasta entonces —y seguramente también entonces— hay que aceptar esa cura de humildad que nos brinda el campo.