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Perro come perroAntonio R. Naranjo

Funerales laicos con los Reyes de coartada

Una cosa es no poder enfrentarse al inmoral Sánchez y otra blanquearle, Majestad. Y también vale para Juanma Moreno

Toda la indecencia inhumana de Sánchez se resumió en su precipitada convocatoria en Huelva, el próximo sábado, de un «funeral de Estado laico», la estúpida fórmula woke que se han inventado para adaptar los homenajes públicos a su infantil universo ideológico, y no a las necesidades espirituales de los homenajeados, con un único objetivo: desviar la atención sobre sí mismo, a ver si conseguía que alguien picara y le viera como el primer afectado y no como el máximo responsable de la tragedia.

Y toda su miseria moral se condensa, a continuación, en la supresión de ese mismo acto, tras constatar probablemente que el recibimiento espontáneo para él, Óscar Puente y María Jesús Montero iba a ser el mismo que en Paiporta, donde nació el merecido apodo que le acompañará de por vida.

Ese «galgo» definitorio de alguien que tiene que huir siempre que sale de su jaula de oro, donde convive con pelotas a sueldo y él ejerce de Madrastra de Blancanieves, preguntándole al espejo cada cinco minutos si él es el más guapo para recibir una respuesta afirmativa inviable en la vida real.

Lo cierto es que Sánchez no puede pisar la calle sin recibir el merecido reproche por su comportamiento, sus decisiones, sus olvidos, sus prioridades y su actitud cada vez que la vida da un mordisco, a menudo derivado de todo lo anterior: la gente no le ve como un simple responsable de todo, incluso de lo que no lo es; le percibe como el culpable de todos los males, como si él solo encarnara la explicación de todas las plagas de Egipto sufridas en España de unos años para acá.

Al líder del PSOE no le preocupan las víctimas antes de serlo, como demuestra la pavorosa imprevisión en Adamuz, kilómetro cero de las infamias del sanchismo, y tampoco después: antepone la fórmula de homenaje que enlaza con sus desvaríos ideológicos y con su miedo a los ciudadanos; despreciando un oficio religioso abierto y pisoteando la evidencia de que esa es la única manera de dar algo de calor público a los seres queridos de los muertos, necesitados de que alguien les diga que hay algo más allá, de que su historia no ha terminado en una vía abandonada por el Ministerio de Ábalos, Cerdán, Blanco, Zapatero, Jésica y Puente.

Perseguir el hecho religioso, cuando se es consciente de que la fe es el calmante del mayor dolor imaginable, para imponerle a las víctimas una fórmula menos útil, era una bellaquería que Huelva compensó convocando un funeral de verdad dos días antes del previsto, y ahora aplazado, por Su Sanchidad, capaz de pisar una mezquita pero no una catedral, salvo para pasarle el IBI.

La escena de Paiporta II hubiera sido insostenible incluso para él, y felizmente el pueblo llano se lo ha vuelto a dejar claro, pese a las múltiples ayudas que El Galgo ha recibido desde el primer minuto de la catástrofe para que pareciera algo ajeno a él.

Desde luego la de la Junta de Andalucía, que no ha encontrado la manera de combinar la fantástica humanidad de Juanma Moreno con el elegante desprecio a los responsables de la tragedia y se ha tragado, un poco de más, el despliegue propagandístico del Gobierno, con la candidata Montero intentando sacar partido del momento con posados fotográficos infames.

Pero también de los Reyes, por cierto: han pasado de dar una lección de dignidad en Paiporta, en contraste con la fuga llorona de Sánchez; a aceptar sin rechistar el modelo de contrición que él ha impuesto. Como él no puede ni rozarse con las víctimas reales de nada sin que le estallen los tímpanos, solo acepta formatos a techo cubierto, con un casting previo para elegir a los asistentes y que le dejen tranquilo y a ser posible piten a Mazón, a Moreno o a Ayuso.

Esta vez han ido demasiado lejos don Felipe y doña Letizia: además de acatar esa fórmula y meterse, por tanto, en la misma jaula de Sánchez, han repetido irresponsablemente su versión del accidente como un infortunio imprevisible, han regañado a los medios de comunicación por buscar la verdad y se han adherido a la doctrina oficial destinada a salvar al pobre Puente.

Y no, Majestad: una cosa es el respeto institucional y otra prestarse a un burdo montaje sin otro objetivo que salvar a una recua de negligentes no muy lejos, también por esto, de tener que rendir cuentas en un tribunal. Podemos entender que no tire de las orejas al Gobierno, claro, pero no que además nos las tire a los demás entre posados insólitos con un tren reventado al fondo, una estampa ya imborrable y algo más que desafortunada.

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