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Perro come perroAntonio R. Naranjo

¿Cómo que no politicemos?

Como con la pandemia, la dana, el apagón o los incendios, Sánchez solo quiere sobrevivir al accidente para poder llamar asesinos luego a sus rivales

Hay que tener la cara de hormigón armado, el alma de cartón y el hocico de un oso hormiguero para, con tantos muertos encima de la mesa por un accidente ferroviario previsible y digno del Tercer Mundo, hacerse la plañidera con lágrimas de cocodrilo y después pedir silencio en nombre de las víctimas, mientras muchas de ellas siguen atrapadas entre los hierros dos días después de la tragedia.

No hay más que ver que la contrición sanchista consiste en pedir solidaridad de todos al lado del presidente andaluz, acusado hace nada de provocar el cáncer a miles de mujeres, y en colar en la foto a María Jesús Montero, candidata socialista a la Junta, sin decoro.

O al mismo ministro que se reía de los incendios del verano en Castilla y León, publicaba fotos falsas del colapso del Metro de Madrid, presumía de trenes, despreciaba las evidencias del deterioro e insultaba a los críticos haciendo ahora pucheritos y pidiendo «no politizar» la tragedia.

«No politizar» supone dos renuncias inasumibles y consecutivas: la de aceptar la politización ajena de hechos luctuosos, sustentada en la mentira, además; y prescindir de la necesaria fiscalización del poder ante hechos que sí son ciertos.

La gestión de la pandemia, el gran apagón, la dana valenciana o el accidente ferroviario son catástrofes objetivas que no han provocado ninguna dimisión y que, en su totalidad o en parte, dependían del mismo Gobierno cuyos socios, amplificados por sus batallones sincronizados, sí llevan explotando el dolor con fines políticos desde la noche de los tiempos, utilizando bulos o inflando los hechos a su antojo para que toda tragedia parezca imputable personalmente a sus rivales.

Según ese relato Moreno indujo una enfermedad a las andaluzas, Ayuso asesinó a los ancianos, Mazón mató a los valencianos, Rajoy y Rita Barberá estrellaron trenes y Trillo aviones y Aznar provocó un atentado yihadista: ni un ápice de contexto y mesura; todo a brochazos infames, entre cadáveres y llantos, para obtener un rédito electoral a costa de reconstruir una versión veraz necesariamente más compleja que presentar a sus adversarios como unos psicópatas en serie.

En España hemos visto a la izquierda crear tribunales paralelos a los de verdad para que, cuando estos zanjaron una y otra vez las acusaciones contra Ayuso por la gestión de las residencias durante la pandemia, emitieran «condenas» ajustadas a su relato, que culpa a la presidenta madrileña de algo que desgraciadamente pasó en toda España, bajo la batuta de un Gobierno que a estas alturas no ha reconocido siquiera la cifra real de muertos. Y así con todo.

La diferencia es que esa «politización» se hizo deformando los hechos y esta, la que ahora exigen con sollozos falsos y culpables, ha de hacerse sobre realidades e indicios incontestables: que desde agosto se desoyeron los avisos de los maquinistas y las preguntas en el Senado; que un país sin Presupuestos Generales en toda la legislatura no puede organizar sus inversiones de manera razonable y que la agenda de Pedro Sánchez ha estado más centrada en atender a Puigdemont que a los españoles y la del Ministerio de Transportes en mantener a las novias de Ábalos, los amigos de Zapatero y los contratistas de Cerdán que en hacer eso mismo con el sistema ferroviario.

«Politizar» en este caso equivale, en fin, a examinar sin piedad, pero también con pulcritud, las consecuencias prácticas de un Gobierno de mentira, sustentado en una alianza espuria sin ningún proyecto en común y bloqueado hasta el infinito por el carácter estrictamente extorsionador de la artificial suma parlamentaria.

Que además ahora toca el área de un majadero bravucón que se hace la víctima con el único fin de sobrevivir y volver a ser el mismo matón dentro de cinco minutos. «No politizar» es humillar a las víctimas, en cuyo nombre habla en falso el mismo coro de malandrines que luego tilda de asesino a todo aquel que incomoda a su patrón.

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