Mercosur, una gran idea que ahora nos arruinará otro poco
No puedes poner a competir a unos con bicicleta y a otros en coche salvo que el plan sea perder también en esto
Europa es muy buena en civilización, que desgraciadamente es al futuro lo que la Filosofía a las enseñanzas obligatorias: algo objetivamente positivo, pero a juicio de los torpes gestores secundario, irrelevante y con el tiempo perjudicial.
Qué es eso de preguntarse por todo, de discutir los límites del poder, de pretender que el sistema métrico del ser humano sea la libertad, de rehuir del Estado acaparador o de entender las incipientes fallas de la partitocracia, que permite sin ir más lejos que los votos de 60.000 militantes en una votación minoritaria y tal vez adulterada lleven decidiendo una década que un tipo como Sánchez gobierne con ánimo de perpetuidad.
Somos judeocristianos y grecolatinos, lo que conforma el mayor espacio de derecho, cultura, libertad, paz y trascendencia que haya alumbrado jamás la humanidad, aunque eso ya esté también en peligro: al parecer es anatema defender ese espíritu, esos orígenes, esos valores y no estamos tan lejos de que la barbarie prospere por la estúpida tendencia de los gobernantes a tolerar regresiones «culturales» en nombre de una muticulturalidad que tendría sentido si el derecho de admisión incluyera la suscripción innegociable de esa frontera ética, jurídica y social pero se convierte en un suicidio cuando derriba la aduana y castiga más a quien la recuerda que a quien la asalta.
El problema es que, en casi todo lo demás, Europa es mala: ha quedado rezagada en tecnología e investigación; no compite como antaño en industria; ha evolucionado a parque jurásico de la burocracia y el yugo fiscal; ha convertido causas nobles como la protección ambiental en una excusa recaudatoria y represora del progreso y se ha cargado el sector primario, que es el que da identidad a un país: sus agricultores, marineros y ganaderos no son solo los que nos alimentan; también nos definen, llenan las cada vez mayores porciones vacías de un país y estructuran una vida rural sin la cual simplemente nos transformamos en los países de las últimas cosas, como en la novela distópica de Paul Auster.
Esa coincidencia histórica entre la pérdida de valor para defender la civilización, el retraso tecnológico, la irrespirable regulación, la irrelevancia en sectores punteros, el declive industrial y el exterminio rural provoca que algo teóricamente tan saludable como ampliar el mercado y reducir las trabas administrativas y fiscales tenga pinta de tragedia.
Mercosur es una gran idea en un mal momento, pues coloca al último reducto de la España de siempre, por ejemplo, en una competición en la que, al mejor coche de origen, le han desinflado las ruedas, le han limitado la velocidad y le obligan a circular por el arcén para luego decirle que, eso sí, va a poder correr en Argentina, Brasil, Uruguay y Paraguay y a la inversa, con un matiz: sus coches no tienen todas esas limitaciones.
Que asuste en Europa poder ampliar sus expectativas comerciales es la mejor prueba de sus males, todos derivados de decisiones que, en Bruselas, Estrasburgo, Madrid o Berlín, han dejado al continente expuesto a perder en todas las disputas que una nueva era plantea: colocar cepos, bozales y balizas aquí, con distintas excusas no todas presentables; mientras el resto del planeta pelea sin normas, solo puede acabar con un resultado catastrófico.
Renunciar al motor diésel mientras China fabrica eléctricos a dos duros; admitir oleadas masivas de inmigrantes sin futuro mientras las potencias amplían sus fronteras sin recato; discutir solo sobre igualdad y clima a la vez que la humanidad lo hace sobre conquistas y desplazamientos o pedirle a un agricultor de Soria, que pierde su tiempo, dinero y energías en rellenar formularios y pagar impuestos, tiene un epílogo previsible: terminar colonizados desde dentro por la tibieza para defender que en este club no se puede estar si no cumples y haces cumplir sus normas; y colonizados desde fuera por correr a la pata coja en una carrera de pilotos sin frenos.
Ya si eso, cuando llegue otra pandemia, nos preguntaremos que dónde quedó eso de la «soberanía alimentaria» cuando nos hayamos cargado al campo y tengamos que esperar, sentados, a que nos llegue ternera argentina, pescado chino y naranjas sudafricanas a cambio de filípicas inanes de los todas las ursulinas de nuestros conventos. Seguro que aceptan el trato.