Al tenazónRafael del Campo

Adamuz: la muerte sale al encuentro

«Bien podemos decir que a todos nosotros también se nos ha muerto un poco (sólo un poco, gracias a Dios) un ser querido»

Vivimos como si vivir fuera una costumbre, una rutina que, a fuerza de repetirse, perdiese su trascendencia y su valor. Hoy la decadencia física se oculta; la vejez se desprecia; la estética alejada de los cánones preponderantes se corrige; la muerte se considera una hipótesis improbable o al menos muy lejana. Y en justa compensación, el vigor físico, la esplendidez, lo rutilante, se híper valoran. El hombre es hoy, más que nunca, opulencia y brillo. Y técnica. Y autosuficiencia. Y, sin embargo, periódicamente, con una inoportunidad reiterativa, la muerte sale al encuentro. No la muerte como hecho natural, como colofón de la existencia física, sino la muerte como absurdo sobrevenido; como tragedia que a todos iguala; la muerte como hecho inesperado y anti natural; la muerte como accidente. Y esta muerte, a la vez de que nos alecciona, nos rebela el sentimiento, porque en nuestra humanidad no somos capaces de entenderla. Ya lo dejó escrito Gracián: «La muerte es un puerto para los ancianos, pero un naufragio para los jóvenes».

Ayer, a la altura de nuestro querido y hermoso pueblo de Adamuz, la muerte se hizo presente. Un desgraciado accidente ha segado la vida de decenas de personas. Los cordobeses nos hemos sentido directamente afectados. Todos hemos sufrido, de inmediato, la palpitación del miedo, el frio sudor de la inquietud. Porque todos hemos hecho esa ruta miles de veces. Porque todos tenemos hijos, amigos, familiares, que toman el tren para ir a Madrid los domingos por la noche. O vuelven periódicamente de la capital. Todos hemos pasado lista de modo fugaz y, los más, hemos respirado aliviados al constatar que nuestro amigo no tomó ese tren; que nuestro familiar no volvía de Madrid en ese fatídico ferrocarril; que nuestro hijo había cancelado su viaje a última hora… Sin embargo, algunos, desgraciadamente, han sentido en el corazón la puñalada de un dolor ya infinito.

Los cordobeses, los que podemos sentirnos afortunados por no haber sido dañados directamente por esta tragedia, somos hoy vicarios de los fallecidos, de sus familiares, de sus amigos. Bien podemos decir que a todos nosotros también se nos ha muerto un poco (sólo un poco, gracias a Dios) un ser querido. Y de esa empatía ha surgido, como siempre pasa en las tragedias, un ciclón de humanidad, de compasión, de caridad: el pueblo entero de Adamuz se ha volcado con las víctimas, como otros pueblos se dedicaron generosos a socorrer a las víctimas de la Dana de Valencia, o a los damnificados del horror causado por el volcán de La Palma.

Y entonces, con el corazón rebullendo sentimientos encontrados, uno se pregunta por qué la caridad, la generosidad, la nobleza, no surgen con contundencia en el día a día, y hay que esperar a la tragedia, al desgarro, a lo irremisible, para que el ser humano muestre su magnífica dimensión, para que el ser humano muestre que está hecho a imagen y semejanza de Dios.

Es arriesgado (y sería imprudente e injusto) concretar las causas del accidente y columbrar ahora responsables concretos. Se apunta a una rotura de la vía como motivo más seguro. Pero es cierto que el funcionamiento del ferrocarril en España es deficiente y averías previas y reiteradas iban avisando de una posible tragedia. Si pasado un tiempo se concluyese que el accidente se debe a deficiencias en el mantenimiento de las instalaciones ferroviarias, un baldón de vergüenza mancharía a nuestras Administraciones. Porque el dinero del sufrido y maltratado contribuyente debe volver al contribuyente, en forma de sanidad, de educación, de seguridad... Y no ser, como tantos sospechamos, malgastado en estructuras administrativas ociosas e hipertrofiadas, en sueldos infructuosos y en vicios y lujos de nuestros (tantas veces indecentes) gobernantes.

Ahora (escribo con el corazón) es tiempo de oración, esa que nos pone frente a nuestra verdadera dimensión. También es tiempo de silencio, y tiempo de dolor y de compasión. Mas estos nobles sentimientos deben catalizarse y fructificar en un pensamiento sólido y determinado a cambiar las cosas y exigir ese cambio a nuestros gobernantes. No basta sentir. Hay que actuar. En su momento. Pero hay que actuar.

Imagino que cuando pase el tiempo, la tragedia, el recuerdo y la conmoción se irán borrando. Pero al pasar por Adamuz, viajero en cualquier tren, susurraré una breve oración, para que el Señor haya acogido a los muertos y consuele, en su día a día, a aquellos para los que este mundo es ya, y para siempre, un valle de lágrimas y ausencias. Y, sumido como estoy en el temblor de mi alma, imagino que atisbaré la sierra verdísima y, sobre ella, el cielo azul de Adamuz, rayado por el vuelo blanco de un bando de palomas, símbolo de una esperanza que nunca debiera abandonarnos.

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