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Cómo convivir con Donald Trump y no morir en el intento

Trump ha tenido en este año munición, en sentido figurado y real, para demasiados (algunos merecida). Zelenski lo sufrió en su primera visita a la Casa Blanca, Irán con el bombardeo de sus laboratorios clandestinos para fabricar armas nucleares y los 80 soldados caídos, entre cubanos y venezolanos...

La Unión Europea, y medio mundo, se hace la misma pregunta desde hace un año. El presidente de Estados Unidos regresó a la Casa Blanca como un elefante a una pastelería.

El republicano llevaba cuatro años relamiéndose los labios pensando en volver al poder, ajustar cuentas con los que le quitaron el dulce de la boca y cocinar su venganza, a fuego intenso, contra todos los que se atrevan a decirle no.

Cuatro años haciendo el paseíllo por comisarías y tribunales dejaron una huella dolorosa en el magnate –condenado por violación– al que se le congelaron todas las querellas una vez que, esta vez sí, logró la reelección.

Trump no olvida ni perdona y en estos doce meses se ha despachado a gusto con los que considera sus enemigos (aunque fueran amigos) y aquellos que le esperan al final de este mandado.

Por el camino que va, no es descabellado pensar que, como en su primera legislatura, tendrá que enfrentarse a uno o más impeachment. Todo depende de lo que suceda en noviembre, el mes de la renovación del Parlamento donde, según los sondeos actuales, perderá sus dos mayorías.

Pase lo que pase en las urnas, el presidente de Estados Unidos no quiere volver a sufrir esa humillante experiencia judicial y presiona a su fiscal general, Pam Bondi, para dar, «por las buenas o por las malas», carpetazo definitivo a sus deudas pendientes con la justicia antes que concederse un auto indulto (anuló la última tanda de Biden).

El perdón para los condenados al asalto al Capitolio fue una de sus primeras medidas. Otra una batería de órdenes ejecutivas, equivalente a decretos, para poner firmes a los de dentro y a los de fuera de Estados Unidos.

De aperitivo, se sacó de la despensa de sus asignaturas pendientes de su primera legislatura su «palabra favorita: aranceles». El globo terráqueo asistió a una presentación que, por el formato, parecían los Diez Mandamientos en forma de impuestos a las exportaciones.

El baile de cifras y porcentajes había comenzado para todos y el «arancel» como arma de guerra tenía balas hasta en la recámara. También para Elon Musk, el hombre más rico del mundo, que pasó de entrar a los Consejos de Ministros como si fuera dueño y señor del local, a salir quemado y herido tras su purga en DOGE (Departamento de Eficiencia Gubernamental).

Trump ha tenido en este año munición, en sentido figurado y real, para demasiados (algunos merecida). Zelenski lo sufrió en su primera visita a la Casa Blanca, Irán con el bombardeo de sus laboratorios clandestinos para fabricar armas nucleares y los 80 soldados caídos, entre cubanos y venezolanos, que debían cuidar las espaldas al dictador Nicolás Maduro. Con su mujer, Cilia Flores, el matrimonio ya conoce, gracias a Trump, qué se siente al estar frente a un juez de Manhattan.

Con la sangre helada y sin límite para la brutalidad, también el ICE (Servicio de Control de Inmigración y Aduanas, por sus siglas en inglés) demostró ser de gatillo fácil. Los métodos provocan el horror hasta de los seguidores de MAGA y eso que sus deportaciones fueron menos que las realizadas por Barak Obama o su antecesor. Pero, las formas, el respeto y la vida importan.

Obsesionado con recibir el Premio Nobel, la personalidad adolescente de Donald Trump le llevó a declarar hace pocas horas que como no lo ha recibido ya «no siento la obligación de pensar únicamente en la paz». Previo reproche, el mensaje se lo dirigió al primer ministro noruego, Jonas Gahr Store, como si su gobierno fuera el responsable, y no la academia sueca, de haberle concedido ese reconocimiento a María Corina Machado.

La líder de la resistencia venezolana, víctima de su retórica, le entregó el suyo y logró convencerle de que ella también es alguien, aunque ahora él se entienda con Delcy Rodríguez y Diosdado Cabello. La transición con ellos está en marcha, pero el futuro de Venezuela no está escrito.

Poner fin a ocho guerras, verdad a medias, fue el argumento recurrente en estos 12 meses de hiperactividad de Donald Trump. Aparcada la paz para Ucrania, y de aquella manera en Gaza, el hombre que prohibió las pajitas de papel cartón y obligó a recuperar la presión adecuada del agua para la ducha, firmó –quizás con autopen, como Biden– 1.500 indultos para sus leales que entraron como una marabunta y hasta con cuernos al Capitolio en 2021.

A los 79 años, Donald J. Trump insiste en que es un salvador para sus seguidores de MAGA (Make America Great Again) y los que votaron su lema de America First, quizás para ellos, que siguen padeciendo la inflación y una economía en horas bajas, sea su obsesión de convertir Groenlandia en el estado 51 (con permiso de Puerto Rico).

El único problema es que la isla más grande del mundo (danesa) no está en venta y engrasar el Colt para entrar como el sheriff del pueblo, parece que sería demasiado hasta para él. En cualquier caso, siempre le quedará de postre para todos su palabra favorita: aranceles.

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