¿Europa ha muerto?
La otrora gauche divine se resiste a levantar la voz ante los atropellos a los que asiste en Venezuela o en Irán seducida por recuerdos revolucionarios del pasado
Hace un par de semanas, Donald Trump realizó un asalto sorpresa al palacio presidencial de Venezuela para secuestrar a Nicolás Maduro y a su esposa y ponerlos ante la justicia norteamericana. La excusa inicial era que el presidente sudamericano es un narcoterrorista cuyo régimen sembraba el terror. En un pueblo obligado a emigrar por millones, inicialmente no fueron muchas las voces que criticaron la acción del pelirrojo presidente impactadas por la osadía demostrada. La cosa cambió cuando el hortera de Florida declaró abiertamente que, tras el asalto, más que justicia lo que hay son ganas de gestionar el petróleo y la nación venezolana. Ahí sí que se levantaron numerosas voces denunciando el atropello. Se había cometido a la legalidad internacional escandalizadas por una acción que es ilegal desde el punto de vista jurídico, pero que al mismo tiempo retrata el silencio y la incapacidad de la comunidad internacional ante el sátrapa bolivariano.
Mientras escribo estas líneas, el régimen iraní está aplastando con una violencia desaforada la rebelión del pueblo persa, capitaneado por mujeres que están hartas de casi 50 años de velo, burka y persecución. Se han echado a las calles para pedir el fin de un sistema que las primera, que tiene empobrecido a un pueblo que fue cuna de la civilización. Y lo han hecho a pecho descubierto, quemando pañuelos y pidiendo la vuelta del Sha, que ya tiene que estar mal la cosa para que quieran que vuelva uno que fue igual de malo. Mientras, los ayatolás han decretado la persecución a muerte de los rebeldes, sofocan las manifestaciones a tiros en la cabeza y el pecho, mandan a la policía a los hospitales a rematar a los heridos y cuelgan a plena luz del día de grúas a los que ellos consideran líderes de esta revolución. Salvajismo, estatal, en estado puro.
Nuevamente solo el pelirrojo de la Casa Blanca ha vuelto a alzar la voz, ha dicho a los iraníes que mantengan su presión y ha amenazado con una intervención para frenar la cacería. Y parece que los ayatolás han frenado (algo) sus pistolas. Mientras, Europa mira hacia abajo y masculla bochornosas condenas en voz baja víctima de una dialéctica que justifica una dictadura como contraposición al imperialismo yanqui.
La otrora gauche divine se resiste a levantar la voz ante los atropellos a los que asiste en Venezuela o en Irán seducida por recuerdos revolucionarios del pasado. Por eso y porque poderoso caballero es don dinero si sirve para financiar a algún partido y medio de comunicación. Prefieren criticar el presunto salvajismo de Hernán Cortés y Francisco Pizarro y callar ante las violaciones, torturas y asesinatos de sus gobiernos amigos. Se justifican denunciando el insoportable dolor de las mujeres palestinas a la vez que abandonan a su suerte la valentía de las madres venezolanas ante las cárceles y de las iraníes que son asesinadas por quemar sus pañuelos. Se ve que a ellas no les alude el «amiga yo sí te creo».
Es más fácil echarle la culpa a Trump que mirarse en el espejo. Se duerme mejor contra el enemigo americano que frente a la conciencia propia. Es mejor ser un demagogo cuqui que un político comprometido.
El pelirrojo americano no sabemos hacia dónde nos lleva, pero frente a su osadía aquí permanecemos pasmados, víctimas de no se sabe qué complejos e incapaces de dar una respuesta. Al final va a ser verdad lo que cantará el añorado Jorge Martínez con Ilegales hace muchos años: «Europa ha muerto».