Todos somos culpables
Como sociedad estamos criando una generación carente de referentes, volcada en las redes sociales, en el hedonismo más absoluto, en la supervivencia del día a día
La lectura de la prensa de esta semana nos ha dejado dos noticias espeluznantes que tienen como protagonistas al mismo perfil de personas, los adolescentes. En la primera de ellas, la más luctuosa, dos chicas de 15 y 16 años han sido encontradas muertas en Jaén en lo que podría ser un suicidio pactado. En la segunda, las más deleznable, unos chicos se dedican a quemarle el pelo a un indigente en Benacazón (Sevilla) mientras se ríen de manera zafia. Dos hechos distanciados por la magnitud de la tragedia, pero unidos por el protagonismo del mismo sustrato social.
Todos los que tenemos hijos adolescentes sabemos que lo que pasa por su mente no es fácil de descifrar. Rebeldía, incomprensión, ira, desarraigo, odio…. Miles de sentimientos pasan a la velocidad de la luz por sus mentes aún en formación y es nuestra labor, difícil, descifrarlas. Todos hemos pasado por ahí y todos tratamos de afrontar esos días de gruñido de la mejor forma posible. Eso en el ámbito familiar, donde intentamos no fracasar demasiado.
Luego está el ámbito social, el que conformamos los que andurreamos cada día por la calle. Y en ése, sin duda alguna, el fracaso colectivo es innegable. Como sociedad estamos criando una generación carente de referentes, volcada en las redes sociales, en el hedonismo más absoluto, en la supervivencia del día a día. Puede sonar excesivo, pero es real. Cualquier docente, policía, psicólogo, etc… puede dar fe de que lo que ve a diario es a jóvenes que carecen de los más mínimos valores, que no respetan lo que hasta ahora había sido sagrado, que no tienen interés más que en lo accesorio. Sí, puede ser que tomados uno a uno esto no sea así, pero cuando los juntamos ésta es la realidad.
Como sociedad fracasamos porque somos incapaces de darles una educación adecuada, algo de lo que culpamos a unos políticos que reciben nuestros votos cada 4 años y a los que nada exigimos. Fracasamos porque les dejamos vivir en un mundo irreal de redes sociales y culpamos a los móviles, pero somos nosotros los que ponemos en sus manos los teléfonos antes de que puedan andar para que no nos molesten cuando estamos en la calle. Como sociedad fracasamos porque no les dedicamos el tiempo que se merecen para comprender sus emociones y culpamos al estrés, pero ponemos por delante el trabajo, el ocio o el deporte porque también nosotros nos merecemos nuestros tiempo.
Somos una sociedad egoísta, irresponsable y carente de autocrítica. Delegamos en profesores, entrenadores y monitores la educación de nuestros hijos y les culpamos cuando estos sacan los pies del tiesto. Y si la cosa se va de madre, como en Jaén o en Benacazón, nos rasgamos las vestiduras, entonamos grandes promesas de mejora, derramamos alguna lágrima de cocodrilo y luego…. les volvemos a dar el móvil.
La realidad es ésta, no se engañen. Esta sociedad cada vez más deshumanizada y ajena ha renunciado a su obligación de velar por sus hijos. Y no es culpa de los políticos, aunque la tengan y mucha, es culpa suya y mía porque no nos paramos a pensar qué clase de mundo estamos creando. Y esto puede sonar apocalíptico, pero no hace falta más que asomarse a las noticias para darse de bruces con la realidad.
Eso sí, como ahora es Navidad, llenémonos todos de besos y parabienes. Que es tiempo de ser buenos antes de volver a la normalidad en enero. Todos tranquilos.