Elogio de la normalidad
En un país tan poco dado a premiar el trabajo de la gente normal, tan entregado a la alabanza de deportistas en pantalón corto o al latrocinio de señores enchaquetados, reconocer a ciudadanos de a pie por su trabajo y valentía es una osadía
El 8 de agosto a todo cordobés de bien se le encogía el alma cuando comenzaron a viralizarse las imágenes del incendio en la Mezquita Catedral. Superada la idea inicial de que era un montaje hecho con inteligencia artificial, todo el mundo se llevó las manos a la cabeza temiendo que el emblema de la ciudad ardiese como lo hizo Notre Dame unos años atrás. Afortunadamente eso no fue así y la rápida aplicación del plan de autoprotección del edificio hizo posible que en apenas cuatro horas de las llamas sólo quedase el recuerdo del olor a quemado y el hueco de un techo hundido por el agua que aguantó. Tan es así, que a la mañana siguiente los turistas ya pudieron entrar y admirar la magnificencia de un monumento que es orgullo del mundo civilizado.
Para que esto fuera así se hizo necesario el trabajo rápido y eficaz de los bomberos, los cuerpos y fuerzas de seguridad, la Policía Local, los servicios de Protección Civil y, sobre todo, del personal de seguridad y mantenimiento del edificio. Personas que andaban de cena familiar, en pantalón corto y chanclas y no dudaron en coger el coche y volver corriendo a ponerse a disposición de cuanto se tuviera que hacer. Personas que primero lidiaron con las llamas del templo y después con las del sol abrasador de agosto para que en apenas tres semanas el recuerdo del 8 de agosto sea apenas perceptible en la Catedral.
Y a todas esas personas -con uniforme y sin él- es a las que el Cabildo ha querido reconocer el miércoles pasado en un acto cargado de emotividad y agradecimiento. No sólo el de los canónigos, sino el de todo el pueblo de Córdoba hacia unas personas que se jugaron el tipo para poner a salvo el orgullo de esta ciudad. Individuos normales y corrientes como esos con los que se cruza uno a diario por la calle sin reparar demasiado en ellos.
Y ahí radica lo importante del reconocimiento. En un país tan poco dado a premiar el trabajo de la gente normal, tan entregado a la alabanza de deportistas en pantalón corto o al latrocinio de señores enchaquetados, reconocer a ciudadanos de a pie por su trabajo y valentía es una osadía. Mientras algunos se han dedicado durante meses a emponzoñar con polémicas pasadas y argumentos insostenibles, otros se han dedicado a reconocer los valores de esfuerzo, entrega y dedicación de muchos cordobeses que cada día hacen que la Mezquita luzca como lo hace.
He leído en la prensa que hay quien los trata de héroes y de salvadores y he echado en falta que quienes viven de la polémica y el ruido sean capaces de aplaudirles como se merecen en lugar de avivar los rescoldos de lo que afortunadamente no fue. Porque es la gente normal la que hace que gire el mundo, que las cosas se arreglen y que las personas disfrutemos. Y es gente normal, currante de toda la vida, la que hace falta ahora mismo. Que para escuchar chorradas de mamarrachos, papagayos y loros ya tenemos los telediarios. Yo me quedo con la gente normal, la que no duda cuando hace falta y con la que te ríes tomando una cerveza o un café por la mañana. Gente normal a la que esta ciudad debe que su Mezquita siga brillando.