Atlantic CityLuís Pousa

Tú al Consello y yo a la Academia

Si las «power couples» miden el nivel de una cultura, Galicia ha pasado de Rosalía y Murguía a Vilavedra y Monteagudo

Los anglosajones las llaman power couples. Más que un matrimonio, son una institución (a veces incluso operan como una corporación). Ambos son célebres, influyentes, ricos o poderosos (o todo esto a la vez). Entre esas parejas de titanes están las que formaron Julio César y Cleopatra (que luego hizo doblete con Marco Antonio), Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, y Marie y Pierre Curie. A partir de ahí, la cosa fue degenerando hasta llegar a dúos como Victoria y David Beckham. Ya se sabe que, desde Adán y Eva, la historia de la humanidad es la crónica de una eterna caída.

El análisis de estos consortes y sus ritos de apareamiento nos ofrece una magnífica oportunidad de comprender la evolución —o involución— de un país. No solo de su política y su economía, también de su cultura y su ciencia. Pensemos en España. A mediados del siglo XX, eran compañeros de vida Carmen Martín Gaite y Rafael Sánchez Ferlosio. Y Julián Marías y Lolita Franco (de la que también estaba enamorado Camilo José Cela). De esas cimas, la cultura nacional ha pasado a los Javis —¿siguen siendo los Javis o ahora hay que decir los ex Javis?— y a Elvira Lindo y Antonio Muñoz Molina. No sé a dónde nos dirigimos, pero se percibe una velocidad de descenso que ni Indurain cuando bajaba el Tourmalet a tumba abierta.

Por supuesto, Galicia también presume de sus power couples. Sin necesidad de rebobinar demasiado, hallamos esposos de la talla de Rosalía de Castro y Manuel Murguía. Casi nada. También tuvo altura poética la boda de María Xosé Queizán y Xosé Luís Méndez Ferrín. Ahora, en nuestro modesto siglo XXI, tenemos que conformarnos con cónyuges como Henrique Monteagudo y Dolores Vilavedra, dos solventes filólogos que están de actualidad por su afición a acumular cargos.

Sospecho que aspiran a ser algo así como los Rosalía y Murguía de 2026. Él ya ocupa la presidencia de la Real Academia Galega, que estrenó en 1906 don Manuel. Ella, a falta de escribir sus Cantares gallegos, se dispone a ser la nueva presidenta del Consello da Cultura Galega. Un puesto por el que pasaron en su día intelectuales del peso de Ramón Piñeiro, Xosé Filgueira Valverde y Carlos Casares.

Dolores Vilavedra y su marido Henrique Monteagudo

Dolores Vilavedra y su marido Henrique Monteagudo

Soy consciente de que las comparaciones son odiosas y de que las sociedades cambian (no siempre a mejor, qué le vamos a hacer). Si levanto la vista del teclado y miro a mi alrededor, es cierto que no veo por ahí ninguna Rosalía. Tampoco veo ningún Domingo García-Sabell —uno de los grandes pensadores gallegos, del que nadie se acuerda— ni ningún Casares. Pero, incluso aceptando las limitaciones y carencias de la época, tampoco creo que el país esté tan destartalado como para asumir que no disponemos de perfiles más estimulantes para dirigir dos de las grandes instituciones de nuestra cultura.

Monteagudo y Vilavedra son los ilustres representantes de una generación y un grupúsculo que, desde hace lustros, se reparten sin complejos presidencias, secretarías y otras merendiñas. Mientras ellos acaparan los recursos, los vapuleados obreros de la cultura miran a ver si cae alguna migaja de la comilona de los señoritos. Y todo esto lo hacen —eso sí que es glorioso— en nombre de un presunto progresismo (más bien un monoteísmo nacionalista y de izquierdas) en el que yo no soy capaz de apreciar el más mínimo progreso y sí veo, en cambio, grandes dosis de clasismo y amiguismo.

Me imagino a Vilavedra y Monteagudo aquella tarde de domingo de hace unos años, cuando planificaron cada uno de los pasos que los han llevado hasta aquí. Era la hora de la siesta y en la tele echaban esa ñoñería titulada Tú a Boston y yo a California. Justo ahí, directa desde el imperialista Hollywood, llegó a la mente de don Henrique su idea más brillante hasta la fecha:

—Dolores, tú al Consello y yo a la Academia.

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