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Vidas ejemplaresLuis Ventoso

Tertulianos expertos en virus de ratones

Es admirable la velocidad con que los comentaristas televisivos se han convertido en sabios epidemiólogos sobre una enfermedad que desconocían hace 72 horas

El pueblo español, que es viejo, sabio y está de vuelta de todo, sabe cuándo toca recurrir al humor zumbón y pitorrearse del panorama. Ante la crisis sanitaria del crucero holandés MV Hondius enseguida empezó a circular por todas partes el mismo comentario sarcástico: «Con Simón y Médico y Madre al frente del operativo, ¿qué puede salir mal?».

Muchos españoles sintieron que un pequeño calambre les recorría el espinazo cuando en el inicio de la crisis del hantavirus escucharon una voz inconfundible, mellada, aguda y tranquila, que intentaba aportar serenidad a la población. Era el mismísimo Fernando Simón Soria –¡pánico!–, que a sus 62 años sigue al frente del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias del Ministerio de Sanidad. Al oír su voz característica, todo volvimos a recordar sus visionarias palabras en el inicio de la crisis del covid-19: «El riesgo en España es relativamente bajo, no hay ninguna razón para alarmarse». Una luminaria el Doctor Simón, un genio de la medicina que fue incapaz de aprobar el MIR.

El 19 de febrero de 2020, con dos viajeros extranjeros infectados de covid en España, Simón daba el desafío por zanjado: «En España ya no hay casos y no ha habido transmisión del virus». También desdeñó la mascarilla durante largo tiempo e incluso puso en duda las informaciones iniciales sobre que el virus se transmitía por vía aérea.

La pregunta se vuelve inevitable: ¿Y cómo es que continúa en su importante puesto tan acreditado incompetente? Fácil: durante la pandemia, Simón hizo todo tipo de contorsiones para ajustarse al mensaje propagandístico de Sánchez. Su continuidad es un premio a su servilismo.

Además de Simón, con esta crisis un tanto inflada del hantavirus, donde Marruecos acaba de chulearnos de nuevo, ha regresado otro gran clásico español, que en realidad nunca se ha ido: el tertuliano reconvertido en experto de lo que toque. El primer gran alarde de estas fascinantes y enciclopédicas criaturas se dio en septiembre de 2021, con la erupción del volcán de La Palma. De repente, los periodistas de derechas e izquierdas que batallan en las televisiones se convirtieron por magia súbita en vulcanólogos. Hablaban de la lava y las erupciones con la misma soltura con que antes disertaban sobre Sánchez, Feijóo y Abascal.

Ahora asistimos al más difícil todavía. En solo 72 horas, las brigadas de tertulianos televisivos ya lo saben todo sobre el mal de los ratones. Aportan sesudas opiniones sobre el hantavirus, que proceden de lo que han leído a toda leche en la IA del móvil mientras iban en el taxi rumbo al plató. Los más osados han mutado además en ingenieros navales y aeronáuticos y disertan con impresionante soltura sobre las características del buque de la plaga y sobre los helicópteros que rescatarán a los pasajeros. Incluso he visto a una auténtica fenómena del tertulianismo que ofrecía el paquete completo: experta en hantavirus, en el barco, en los helicópteros y en Cabo Verde. Y si le llegan a preguntar por la fauna de la Patagonia también dominaría.

Las televisiones se han llenado de programas clónicos. Un profe listo (el presentador) se sienta en el medio de un mostrador, flanqueado por los tertulianos multiusos, cada uno con su etiqueta política en la frente y prestos a abordar el tema que se tercie. Son todos sabedores de la gran máxima paródica del oficio: «Los periodistas podemos hablar de cualquier cosa con soltura… pero nunca más de dos minutos y medio».

Se trata de unos programas –ahora los llaman «formatos»– de coste asequible, porque la verborrea de tertuliano es barata (y además cada vez se paga menos). En algunas franjas horarias vas cambiando de canal y casi todas las cadenas ofrecen esa fórmula, con las mismas caras gastadas de los gladiadores televisivos rotando por los diferentes platós. Ni siquiera ocultan ya su sopor. Mientras no les toca hablar permanecen ajenos y absortos en sus móviles, transmitiendo así la imagen de que el programa es un coñazo incluso para los que participan en él.

Para intentar mantener la atención en una época de dispersión digital, la imagen se atiborra de rótulos, o se parte en varias escenas superpuestas. Se intenta estimular al público con una sensación de acción trepidante. Carteles de «urgente», o «última hora», saltan y chisporrotean para referirse a noticias que han sucedido hace ya varias horas (o días). Si un tertuliano intenta argumentar de un modo sereno y profundo y se extiende un poco, el presentador comienza a ponerse nervioso, se revuelve incómodo en su sillón y acaba cortándole.

El espectáculo televisivo aconseja no pensar demasiado y poner la máxima carne ideológica en el asador. Mañana será otro día y del hantavirus pasaremos a sentar cátedra sobre el estrecho de Ormuz, la misión espacial a la Luna, la IA, las relaciones de la secta de Junqueras con la secta de Puigdemont, las vacaciones piratas de Mbappé... lo que haga falta... Y no soy inocente, que yo también lo he hecho.

(PD: Hablar del hantavirus todas horas le viene muy bien a Sánchez. Ni palabra del escándalo de los fondos europeos desviados a pensiones y de las golfadas del juicio a Ábalos. Todo con la ayuda de un PP que ha enmudecido como partido opositor para no enturbiar la campaña de súper moderación de Bonilla en Andalucía).

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